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Francisco Javier Rodríguez Lozano

La Autoridad de Defensa del Cliente Financiero: ¿Solución o laberinto normativo?

Su tramitación ha estado marcada por numerosas prórrogas en la fase de enmiendas, el rechazo de la enmienda a la totalidad del Partido Popular y críticas sobre su impacto en la supervisión financiera y la gobernanza del sistema

La Autoridad de Defensa del Cliente Financiero es una reforma clave del Gobierno para reforzar la protección de los consumidores en el sector financiero. El ministro de Economía, Carlos Cuerpo, ha defendido que supondrá un ahorro en costes, tiempo e incertidumbre, garantizando un sistema más eficiente y equitativo.

Su tramitación ha estado marcada por numerosas prórrogas en la fase de enmiendas, el rechazo de la enmienda a la totalidad del Partido Popular y críticas sobre su impacto en la supervisión financiera y la gobernanza del sistema.

Al margen de la confrontación política, esta medida atiende una reivindicación de largo recorrido por parte de los consumidores y se enmarca dentro de las reformas acordadas con la Comisión Europea como requisito para desbloquear el cuarto tramo de los fondos Next Generation EU.

Este organismo busca centralizar la resolución extrajudicial de reclamaciones financieras, eliminando la fragmentación existente entre el Banco de España, la CNMV y la Dirección General de Seguros y Fondos de Pensiones. Aunque el proyecto ha cobrado protagonismo en esta legislatura, no es una iniciativa nueva. En la anterior, el Gobierno ya la impulsó, pero la propuesta decayó antes de su aprobación final. De hecho, en mayo del año pasado, la Cámara Baja respaldó la iniciativa, pero el adelanto electoral frustró su entrada en vigor al quedar pendiente de ratificación por el Senado.

El proyecto está en la fase de informe de ponencia, antes de pasar a ser debatida en Comisión

El proyecto está en la fase de informe de ponencia, donde los grupos parlamentarios analizan el texto y las enmiendas presentadas. Tras esta etapa, pasará a debate en Comisión, donde aún podrán introducirse modificaciones antes de su envío al Pleno del Congreso. Si se aprueba, se remitirá al Senado, que podrá ratificarlo, modificarlo o vetarlo. En caso de cambios o veto, volverá al Congreso, que tendrá la última palabra antes de su publicación en el BOE. La rapidez del proceso dependerá de la estrategia del Gobierno y de la Mesa del Congreso, que puede acelerarlo o retrasarlo según sus intereses.

El Banco de España y la CNMV han expresado su preocupación por la transferencia de competencias a un organismo independiente sin una coordinación clara con los supervisores actuales. La principal inquietud del Banco de España es la posible pérdida de información sobre la conducta de las entidades al dejar de gestionar directamente las reclamaciones. Como alternativa, considera más eficaz un modelo Twin Peaks, donde la supervisión prudencial y de conducta permanezcan en los organismos actuales, o un sistema de resolución de litigios basado en la adhesión voluntaria de las entidades, similar a los códigos de buenas prácticas. También insiste en que la inclusión financiera debe abordarse a través de la colaboración con el sector y las administraciones, en lugar de depender de una única Autoridad.

Por su parte, la CNMV, aunque más prudente en su valoración, advierte sobre posibles solapamientos con otros organismos y la falta de claridad en la coordinación. Ambos supervisores insisten en que la transición debe realizarse con criterios bien definidos para evitar problemas operativos.

El sector financiero, en cambio, ha sido más directo en su oposición. Asociaciones como AEB, CECA, Inverco y Unespa, entre otras, rechazan que la Autoridad tenga facultades para aplicar criterios sobre códigos de buenas prácticas y normativas sin rango de ley, lo que, a su juicio, podría derivar en resoluciones arbitrarias o difíciles de impugnar. También cuestionan su constitucionalidad, especialmente por el carácter vinculante de sus decisiones y la suspensión automática de litigios en curso, lo que afectaría la seguridad jurídica del sector. Por ello, piden restringir su ámbito de actuación y evitar que intervenga en disputas contractuales ya resueltas judicialmente o registradas en sistemas normativos oficiales.

Uno de los cambios más relevantes en la versión final del proyecto es la eliminación de las compensaciones económicas para clientes afectados por incumplimientos normativos sin impacto económico directo.

Inicialmente, el anteproyecto contemplaba indemnizaciones de entre 100 y 2.000 euros para casos como la denegación de cuentas de pago básicas o la falta de información precontractual, pero el informe de Estado advirtió que podían tener un carácter sancionador, lo que exigiría mayores garantías procesales. En respuesta, el Gobierno optó por suprimirlas. A partir de ahora, la Autoridad solo determinará si se ha vulnerado algún derecho y remitirá el caso al Banco de España o la CNMV, que decidirán si procede una sanción.

Otro punto controvertido es su financiación mediante una tasa a las entidades financieras y aseguradoras por cada reclamación recibida. Inicialmente fijada en 250 euros por queja, independientemente de su resultado, el cálculo se ajustó tras negociaciones parlamentarias: ahora, el 60 % dependerá de las resoluciones favorables al reclamante y el 40 % del número total de reclamaciones recibidas por la entidad. Este sistema busca penalizar a las entidades con más reclamaciones estimadas, incentivando mejores prácticas de atención al cliente. Sin embargo, el sector financiero sigue viéndolo como una carga desproporcionada y no descarta recurrirlo ante el Tribunal Constitucional. Además, La Autoridad podrá sancionar reclamaciones fraudulentas con multas de hasta 250 euros, aplicando sanciones progresivas en caso de reincidencia.

Por otro lado, el umbral de 20.000 euros que determina cuándo una resolución es vinculante podrá ajustarse mediante decreto, permitiendo mayor flexibilidad en su aplicación.

Con su aprobación prevista antes del verano, la Autoridad de Defensa del Cliente Financiero encara su recta final en el Congreso, donde aún podrían introducirse ajustes clave para fortalecer su eficacia y disipar las dudas sobre su operatividad. La supresión de compensaciones económicas limita su capacidad para actuar como un verdadero mecanismo disuasorio, dejando en manos de los supervisores la eventual sanción de incumplimientos. Aún persisten interrogantes sobre su coordinación con los organismos reguladores, la sostenibilidad de su financiación y el riesgo de que su funcionamiento derive en un aumento de litigios, poniendo a prueba la solidez de este nuevo modelo de protección al consumidor financiero.

Francisco Javier Rodríguez Lozano, jurista y politólogo, Associate en Kreab, especialista en asuntos públicos y regulación, enfocado en el análisis de políticas de mercados financieros, banca, finanzas y fintech.

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