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Una alumna, durante la PAU 2025 en Madrid.EP

El mercado inmobiliario limita el acceso a la universidad, mientras se convierte en un refugio seguro para inversores

La concentración universitaria en zonas muy concretas de metrópolis como Madrid, Barcelona, Valencia o Salamanca dispara el precio de los alquileres de estudiantes

El centro de Madrid se vacía cuando el calor aprieta –y no solo por los madrileños con casa en Conil, Santander o Gandía–. Junio y septiembre están marcados por flujos migratorios de la ciudad al campo y del campo a la ciudad, respectivamente, a lo largo de todo el territorio nacional. Hablamos del colectivo de estudiantes que abandona sus localidades de origen para buscar en otras ciudades una formación que les garantice –o eso esperan– cierto grado de seguridad futura.

El 56 % de los más de 1,5 millones de matriculados en grado, máster o doctorado cambia de municipio para estudiar, el 34 % se desplaza a otra provincia y un 18,3 % se muda a otra comunidad, según data el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Sin embargo, lo que durante años funcionó casi como una ley natural, hoy se ve condicionado por un mercado saturado y cada vez menos hospitalario, marcado por la sombra de los alojamientos turísticos. Y es que los universitarios migrantes han visto como la vivienda se ha convertido en un factor más por el que la universidad –fuertemente sensible a la renta y al nivel educativo del barrio en el que se vive– no llega a todos. «La crisis de la vivienda está afectando también al derecho a estudiar una carrera universitaria», denunciaba la responsable de Ciencia, Innovación y Universidades, Diana Morant, el pasado año.

La concentración universitaria en zonas muy concretas de metrópolis como Madrid, Barcelona, Valencia o Salamanca dispara el precio de los alquileres de estudiantes y, en consecuencia, estos han dejado de estar al alcance de una clase media que antes sí podía permitírselo. «Los precios en el mercado estudiantil suelen estar más inflados que en otros segmentos –y no porque los propietarios estén especulando más, sino por una cuestión simple de oferta y demanda–», explica Alberto Añaños, CEO de la plataforma online de alquiler para jóvenes LIVE4LIFE.

Una oferta muy limitada y apenas renovada, cuyo precio medio por habitación ha escalado hasta los 550 euros en Madrid este mismo año; un 10 % más que en el curso anterior, según datos de la propia compañía. Valencia, por su parte, experimenta un incremento del 14 %, situándose en los 400 euros. No obstante, es la vecina Alicante quien lidera la tendencia al alza: su alquiler medio por habitación asciende un 23 % durante el último ejercicio y alcanza los 340 euros.

«Los estudiantes, además, suelen buscar estancias amuebladas, de corta duración y con buena conexión a los centros de estudio, lo que incrementa el precio», añade Añaños. Las residencias tampoco son una alternativa ya que, en el mejor de los casos, duplican el coste de una habitación en piso compartido. Así, el mercado se aprovecha de quienes tienen poco margen de elección: «los estudiantes suelen pagar más que los jóvenes profesionales o emancipados», afirman en LIVE4LIFE. La clave está en que este último perfil tiene más flexibilidad geográfica y busca estabilidad a largo plazo, lo que facilita el acceso a precios más competitivos.

Oasis para inversores

En un contexto de hiperregulación, inseguridad jurídica y topes de precios, el alquiler a estudiantes se ha consolidado como un refugio atractivo para los inversores, siendo ya uno de los segmentos con mayor potencial de desarrollo y retorno.

A diferencia del alquiler residencial tradicional, este mercado ofrece una mayor agilidad en los procesos, menor exigencia documental y una rentabilidad más elevada –entre el 7 % y el 9 %–. «Cada habitación de un piso compartido suele estar respaldada por una familia comprometida con la educación de sus hijos, lo que reduce drásticamente el riesgo de impago», subraya el CEO. Esta estructura hace del alquiler estudiantil un oasis de confianza entre propietarios –quienes, por otro lado, pueden gozar de un control más cercano sobre el inmueble–.

Paralelamente, el interés inversor se ve impulsado por la posición de España como país receptor líder de estudiantes Erasmus y por la escasez de producto adaptado a las nuevas necesidades, como los colivings. La dupla entre «demanda creciente y falta de oferta especializada crea un terreno fértil para la inversión y sitúa nuestro país entre los destinos académicos de referencia».

El camino hacia el deshielo

El concepto de vivienda centrado en la vida en comunidad y conocido como coliving –donde los residentes comparten espacios comunes y experiencias, manteniendo su propia habitación privada– se perfila como una de las soluciones más eficaces para moderar el coste del alquiler. A diferencia de las residencias de estudiantes –que requieren grandes inversiones iniciales, largos plazos de desarrollo y operativas costosas–, el coliving combina agilidad constructiva con gestión profesional.

«Es una alternativa que puede ofrecer habitaciones a tarifas similares a las de un piso compartido, pero siendo un producto de mayor calidad y flexibilidad. Se trata de un modelo adaptable, con menos barreras de entrada y que responde a las nuevas formas de vivir, estudiar y trabajar. Su potencial para penetrar rápidamente en el mercado lo convierte en uno de los grandes protagonistas del llamado flex living (vivienda flexible), una tendencia en expansión que puede aliviar tensiones sin necesidad de esperar a la construcción de grandes infraestructuras», concluye Añaños.