Productos en un mercado en una imagen de archivo
Pagar más por alimentos eco ¿merece la pena? La verdad que a veces oculta el marketing
Una cesta de productos con sello eco cuesta un 62 % más, y no siempre son la opción más saludable
Entender las etiquetas nutricionales sigue siendo un deporte de riesgo si no se es experto en la materia. Y la confusión se multiplica cuando entran en juego calificativos como «eco», «bio» o sistemas como el NutriScore, cuya lógica sobre lo saludable a veces contradice lo que creíamos saber. En este laberinto de certificaciones y percepciones, lo ecológico ha ganado prestigio y parece elevar moralmente a quienes lo consumen. Sin embargo, sigue teniendo precio de lujo, aunque no esté firmado por Chanel ni el packaging sea de oro. De hecho, casi 8 de cada 10 españoles aumentarían su compra si no fuesen más caros que los habituales.
Una cesta de productos con sello eco cuesta un 62 % más que la formada por artículos convencionales, según la OCU —y, además, tal como denuncia la propia organización, no siempre son la opción más saludable—. «Lo ecológico puede aportar un valor añadido, pero no garantiza automáticamente una mayor calidad nutricional», explica la dietista-nutricionista Laura Pérez Naharro. No se trata, por tanto, del sello, sino del tipo de producto. Aun vistiendo de verde, «puede ser un ultraprocesado con gran cantidad de azúcar (aunque proceda de agricultura sostenible), aceites refinados o harinas de baja calidad», añade.
El término «ecológico» se ha convertido en un potente reclamo comercial y el marketing ha inflado su valor, creando expectativas que no siempre se traducen en beneficios nutricionales o medioambientales proporcionales. En esta línea, la dietista-nutricionista alerta de la confusión que existe en torno a los aditivos de estos alimentos. «La creencia de que lo «eco» está libre de aditivos es errónea: la legislación permite ciertos aditivos autorizados también en la producción ecológica. Además, no todos los aditivos son negativos ni innecesarios. Por ejemplo, un antioxidante como el ácido ascórbico (E300) es fundamental en una conserva de verduras para preservar nutrientes y garantizar seguridad alimentaria».
Según la Asociación de Usuarios Financieros (Asufin), llenar un carrito bio supone un desembolso de 280 euros, mientras que una compra media de alimentos convencionales vale 140 euros. Los cálculos no engañan y revelan que seguimos ante un modelo de consumo reservado a los pocos que pueden pagar —y les merece la pena— el sobrecoste de lo verde. Esta exclusividad se vuelve aún más evidente si se tiene en cuenta que, desde 2004, el precio de los alimentos ha subido un 72% y los hogares españoles han perdido cerca de un 15% de capacidad adquisitiva en alimentación.
Del nicho al lineal
Durante años, los productos ecológicos estuvieron asociados a tiendas especializadas y consumidores con alto nivel educativo y renta media-alta. Actualmente, el terreno bio ha ganado hectáreas de la vida cotidiana y su consumo ha crecido por encima del convencional, desplazándose de los herbolarios a los supermercados. La realidad de hoy —profundamente ligada a mantener una imagen y status— es más compleja: «Muchas personas consumen «eco» como forma de compensación, sin una base sólida de educación nutricional. Por ejemplo, pacientes que compran exclusivamente verduras o carnes ecológicas al tiempo que beben alcohol todos los días. O quienes eligen snacks ultraprocesados «bio», siropes o azúcares morenos con sello ecológico al considerarlos una mejor alternativa por llevar ese distintivo, cuando el impacto fisiológico del azúcar añadido es el mismo, proceda de donde proceda».
El último informe anual de Ecovalia, que representa a operadores del sector, determinó que cada español gastó una media de 66 euros en productos ecológicos en 2024, un 2,8 % más respecto al ejercicio anterior. La mitad de los catalanes, por ejemplo, ya los compra de forma habitual, tal y como refleja el barómetro de Percepción y Consumo de los Alimentos Ecológicos en esta comunidad. A nivel nacional, más del 80 % los consumen al menos una vez por semana. No obstante, aun con todos estos datos, el consumo ecológico solo representa el 3,3 % del gasto alimentario nacional.
La sostenibilidad interesa, pero el precio disuade y las cadenas de distribución respondieron a esta coyuntura ya en 2017 con una estrategia clara: ampliar sus surtidos eco a través de marcas blancas, ajustando los márgenes para competir en precio. Alcampo, El Corte Inglés, Carrefour y Eroski han llevado la delantera y ofrecen una cesta de la compra básica con al menos el 50% de referencias etiquetadas como eco, de comercio justo o sostenibles, según análisis de la OCU. Lidl, por su parte, lidera como alternativa económica: sus productos bios son hasta un 54% más caros, mientras que en Carrefour se paga un 133% extra, seguido de Alcampo, con un incremento del 85,7%.
El valor de lo ecológico varía
Entonces, ¿merece la pena el sobreesfuerzo económico? Díaz Naharro no apuesta por una única respuesta correcta. Y es que todo «depende» del tipo de producto, la frecuencia de consumo y el objetivo del comprador. Así, la nutricionista encuentra el sentido del gasto adicional en el caso de las frutas, las verduras, algunos cereales o los productos de origen animal, donde ser selectivo tiene ventajas saludables. «La exposición a residuos de pesticidas en frutas y verduras que solemos comer con piel puede ser más alta, especialmente si provienen de cultivos intensivos. También en el caso de cereales integrales, ya que al conservar el grano entero es más probable que retengan estos residuos en la cáscara. En productos de origen animal como los huevos, la leche o la carne, el valor añadido ecológico está más vinculado al bienestar animal, la trazabilidad y el tipo de alimentación del animal, lo que puede influir en la calidad final».
La exposición a residuos de pesticidas puede ser más alta
En paralelo, «elegir la versión ecológica de alimentos con baja carga química (como aguacates o piñas) o productos muy procesados es menos evidente». El potencial beneficio adicional de estos últimos productos está más en duda, mientras que pagar el doble (y hasta 4 veces más) es siempre una realidad en los lineales. La clave está en escoger con criterio aun entre tanto ruido y, sobre todo, «no fomentar una idea que equipara lo saludable a lo ecológico, porque eso desplaza y culpabiliza todavía más a quienes ya hacen un esfuerzo por comprar fruta, verdura o legumbre convencional», reivindica la dietista.