El Zorro y el Dragón, fábula geopolítica
Como bien dijo Napoleón Bonaparte: «China es un gigante dormido. Dejen que China duerma, porque cuando China despierte, el mundo entero temblará»
Una versión caricaturesca del Monte Rushmore muestra a Vladímir Putin, Xi Jinping, Kim Jong Un y Donald Trump en un centro comercial de Tailandia
Durante medio siglo, el corral de Occidente vivió convencido de su estabilidad. El Gallo (la democracia liberal) marcaba el ritmo del amanecer y las gallinas, diligentes, ponían huevos dorados que alimentaban la prosperidad liberal y democrática. El pienso era abundante y las cercas del gallinero aparentaban ser firmes: era el Viejo Orden Económico Occidental.
Hasta que un día apareció el Zorro (pensemos en un presidente estadounidense disruptivo). No vino del bosque, estaba dentro de los muros del corral de Occidente. Prometió devolver a las aves su orgullo perdido y restaurar la grandeza del gallinero. Su estilo era ruidoso, su mirada astuta, sus palabras ardían con el fuego del agravio. No traía un proyecto, sino una emoción: la del agravio.
El populismo occidental, liderado por el Zorro, ha agitado los cimientos de una estabilidad que ya mostraba grietas. Lo que antes era hegemonía política, cultural y económica, ahora es un terreno resquebrajado por la polarización y la desconfianza interna.
Desde entonces, el gallinero no volvió a ser el mismo. Las gallinas comenzaron a dudar: unas dejaron de poner huevos, otras se negaron a comer. El Gallo perdió el compás. El aire se llenó de plumas, rumores y sospechas. Nadie sabía ya si obedecer al canto de siempre o al nuevo ruido del intruso: el populismo del Zorro que se disfrazaba de salvador y cuyas ideas reforzaban a los partidos políticos de la derecha radical. Una situación que no ha hecho más que revelar la fragilidad de Occidente.
El Dragón y el horizonte
Más allá del corral, en el oriente del mapa, un Dragón (una superpotencia asiática) despierta. Su movimiento no es violento, sino calculado. Mientras el Zorro agita el gallinero, el Dragón tiende caminos. Se mueve con lentitud y constancia. No hace ruido, no discute con sus vecinos, no necesita proclamar su grandeza: simplemente construye.
El Dragón conquista con contratos, no con cañones. Bajo la bandera de la Franja y la Ruta (la Ruta de la Seda) se desliza por Asia Central, África, América Latina y los Balcanes, que hoy se ven unidos por esa red de arterias: carreteras, puertos, ferrocarriles, aeropuertos, préstamos, satélites, tecnología. Y la diplomacia comercial sustituye a la intervención militar
En este nuevo tablero, Rusia sirve de aliado circunstancial, África como campo de expansión y América Latina como territorio de oportunidades. La geografía del poder se desplaza, lentamente, pero con dirección definida, hacia un eje asiático, africano y latinoamericano en el que el gallinero occidental parece cada vez más periférico.
Mientras el gallinero occidental discute, el Dragón dibuja el mapa del siglo XXI.
Las gallinas y la incertidumbre
En el gallinero revuelto de Occidente reina ahora un extraño vértigo. Las certezas del progreso se han desvanecido; las ideologías que organizaron el siglo XX parecen ruinas de museo. Las gallinas, antes seguras de su destino, ya no saben qué significa poner huevos: ¿para quién, con qué propósito, hacia qué futuro?
La democracia liberal, fatigada, se defiende de sí misma; el capitalismo, al borde de su propia saturación, busca redención en discursos morales. Mientras tanto, la conversación pública se convierte en espectáculo, y la política en un teatro de emociones.
El silencio del Dragón
El Dragón observa y actúa. No levanta la voz, porque no lo necesita. Su estrategia es geográfica y geológica: lenta, continua, inevitable. El Zorro, en cambio, sigue ladrando, convencido de su grandeza.
El siglo XXI pertenece, quizá, a quienes entienden que el poder no se declama, se construye. La hegemonía no será de quien grite más fuerte, sino de quien sepa expandirse en silencio.
El crepúsculo y la niebla
Los imperios no caen en una batalla. En uno de sus ensayos, Ortega y Gasset escribió que las civilizaciones no mueren de vejez, sino de falta de proyecto. Occidente, más que derrotado, parece hoy desorientado. Su tragedia no es la pérdida del poder, sino la pérdida de la fe en el sentido de ese poder.
Mientras el Dragón avanza bajo la lógica de la expansión, el gallinero occidental busca un relato que lo salve del ruido. Pero ningún mito se construye en la confusión: hace falta claridad, horizonte y disciplina, virtudes que el Zorro desprecia y el Dragón cultiva. En el gran teatro geopolítico, los imperios no caen por asalto, sino por ruido.
Por eso, quizá estemos, como en los grandes ciclos históricos, en el ocaso de una forma de civilización. No un fin abrupto, sino un lento atardecer que tiñe el cielo de incertidumbre. El gallinero todavía canta, pero el eco suena lejano. Y en el silencio del Este, el Dragón sonríe.
Moraleja: El ruido es el disfraz del poder que se desmorona; el silencio, el de aquel que se consolida. Como bien dijo Napoleón Bonaparte: «China es un gigante dormido. Dejen que China duerma, porque cuando China despierte, el mundo entero temblará».
- Rafael Pampillón Olmedo es catedrático en la Universidad CEU San Pablo y de la Universidad Villanueva.