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La falta de mantenimiento convierte las infraestructuras públicas en una trampa

La obsesión por inaugurar obras frente a su conservación acaba deteriorando la inversión pública y generando riesgos económicos y sociales

Obras de reparación de las vías en Adamuz.EP

El 2 de febrero de 1936 –hace ahora 90 años– se publicó el libro La teoría general de la ocupación, el interés y el dinero (en adelante, la Teoría General) de John Maynard Keynes (1883-1946). No se trata de un nuevo tratado de economía, sino de un intento por comprender por qué el capitalismo había dejado de funcionar como prometía la Escuela Clásica de Economía. De ahí que, aunque la Teoría General nace de una crisis histórica concreta, que comienza con el crac de la Bolsa de Nueva York de 1929, plantea preguntas que van más allá de esa época.

Keynes no fue un economista de laboratorio, sino un intelectual inmerso en su tiempo: la Gran Depresión, las quiebras bancarias, el paro masivo y el descrédito del liberalismo clásico. Frente a una teoría económica que seguía afirmando que el desempleo era transitorio, el británico se atreve a formular una hipótesis radical: el desempleo puede ser permanente, no una anomalía que se corrija por sí sola.

¿Por qué se llama Teoría General? Keynes pensaba que la teoría clásica solo describe un caso particular, válido bajo supuestos muy restrictivos, mientras que él desarrolla una teoría de carácter general. No niega que el mercado pueda funcionar; niega que funcione siempre y, sobre todo, que lo haga de forma automática.

Por expresarlo de forma gráfica, no es cierto que haya una «mano invisible» –como decía Adam Smith– que regule el mercado, ni que haga que cada persona persiga su propio interés, y, al mismo tiempo, se genere bienestar y eficiencia económica para todos.

En el marco keynesiano, la inversión ocupa un lugar central. Para Keynes, el nivel de empleo depende del volumen de inversión, y ésta depende de las expectativas empresariales. Que, a veces, son frágiles y están sometidas a la incertidumbre. Cuando la inversión privada se retrae (por miedo, pesimismo o un colapso financiero) no hay ningún mecanismo automático que garantice su sustitución. Aquí aparece uno de los puntos más incómodos de la Teoría General: si la inversión falla, el sistema económico puede quedarse estancado durante largos periodos de tiempo.

Es en este contexto en el que Keynes otorga un papel decisivo a la inversión pública. No como gesto ideológico ni como excepción temporal, sino como instrumento necesario para sostener la economía cuando la inversión privada no responde. Como señaló Luis Ángel Rojo, el keynesianismo no es una exaltación de la intervención gubernamental sin criterio, sino una teoría que entiende la inversión como un proceso continuo y no como un acontecimiento puntual.

Y aquí es donde aparece una metáfora que resulta inevitable sobre la típica chapuza española: plantan el jardín, pero se olvidan de regarlo. Keynes nunca defendió la inversión como simple inauguración, como acto visible y políticamente rentable. Lo que importa no es solo iniciar proyectos, sino mantenerlos, gestionarlos y sostenerlos en el tiempo. La inversión que no se conserva, que no se acompaña de mantenimiento, organización y personal cualificado, termina perdiendo su función económica y social.

Desde esta perspectiva, cada fallo grave en infraestructuras esenciales no es solo un accidente aislado. Es un fracaso de la gestión política. La seguridad –diría Keynes con sus palabras– no se mide en anuncios ni en grandes cifras presupuestarias, sino en mantenimiento efectivo, señalización adecuada y capacidad técnica. Cuando se prioriza la inauguración sobre la conservación, no tenemos como resultado el crecimiento, sino el riesgo.

Este enfoque conecta con la idea keynesiana de que el Estado no debe limitarse a intervenir de forma esporádica. Al contrario, tiene que asumir una responsabilidad permanente en la estabilidad del sistema. Si la inversión pública sustituye a la privada cuando ésta falla, también debe garantizar su calidad, continuidad y rendición de cuentas. Si falla, alguien debe dar explicaciones. No como castigo moral, sino como condición de un sistema económico, que no puede permitir la irresponsabilidad de que mueran viajeros.

Advertencia constante

El verdadero legado de Keynes no es una receta cerrada, sino una advertencia constante: el capitalismo no se mantiene solo. Requiere inversión sostenida, expectativas razonables y una acción pública que no confunda visibilidad con eficacia.

Noventa años después, La Teoría General sigue siendo un libro incómodo. Porque nos recuerda algo esencial: invertir no es solo gastar, es cuidar. Y cuando se deja de hacerlo, el coste no es abstracto; lo pagan los ciudadanos.

Liliana Sáenz, hija de una de las fallecidas del accidente de tren de Adamuz lo expresó con mucha dignidad en el funeral del viernes: «Lucharemos por saber la verdad». El esclarecimiento de las causas del accidente no sólo es el mejor homenaje a las víctimas. Es la respuesta más eficiente ante la catástrofe. Y para que no vuelva a haber una tragedia como ésta.

  • Rafael Pampillón Olmedo es catedrático en la Universidad CEU San Pablo y de la Universidad Villanueva.