Cómo Venezuela pasó de ser más rica que España a hundirse en la pobreza pese a su tesoro petrolífero
El punto de inflexión venezolano llegó con Hugo Chávez en 1999. Creó un régimen que confundió redistribuir la riqueza con destruir los mecanismos que la generan
El entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero (i), saluda a su homólogo venezolano, Hugo Chávez, en 2009
Venezuela y España representan hoy una de las grandes paradojas económicas del mundo hispano. Hubo un tiempo —no tan lejano— en que millones de españoles miraban a Venezuela como una tierra de oportunidades. Entre los años 40 y 70, Venezuela disfrutaba de uno de los niveles de renta más altos de Hispanoamérica gracias al petróleo. Mientras España trataba de dejar atrás décadas de atraso económico. Caracas era entonces una ciudad moderna, dinámica y cosmopolita. Y, para muchos españoles, emigrar allí significaba acceder a salarios impensables en nuestro país. Hoy ocurre exactamente lo contrario: son millones los venezolanos que han abandonado su país, muchos de ellos rumbo a España, huyendo de la pobreza, de la inflación y del colapso institucional.
La pregunta es inevitable: ¿cómo un país con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, enormes recursos minerales, tierra fértil, agua abundante y salida estratégica al Caribe ha terminado siendo más pobre que España?
La explicación no está en la falta de recursos naturales. Tampoco en una supuesta maldición geográfica. La historia de Venezuela demuestra que los recursos naturales, sin instituciones sólidas, sin seguridad jurídica y sin una política económica razonable, pueden convertirse más en una maldición que en una bendición.
La dependencia del petróleo
Durante buena parte del siglo XX, Venezuela vivió del petróleo. Y vivió muy bien. El descubrimiento de enormes yacimientos convirtió al país en una potencia energética mundial. Aquella riqueza permitió construir carreteras, universidades, hospitales e infraestructuras modernas. El bolívar llegó a ser una de las monedas más fuertes de la América Hispana. En los años setenta, con el boom del petróleo tras las crisis energéticas, la sensación de prosperidad parecía ilimitada.
Pero bajo aquella aparente riqueza se escondía un problema: Venezuela dependía casi exclusivamente del petróleo. El país fue abandonando progresivamente otros sectores productivos. La industria perdió peso. La agricultura se deterioró. Las exportaciones no petroleras se debilitaron. El Estado se acostumbró a financiarlo todo con los ingresos procedentes del crudo.
España, en cambio, siguió una trayectoria muy distinta. Se apoyó en otros factores: atracción de inversión extranjera, industrialización, turismo, exportaciones, integración europea, educación y acumulación de capital humano. Mientras Venezuela dependía cada vez más de un solo producto, nuestro país construía una estructura económica más compleja y resistente.
Fotografía de la sede del Ministerio del Petróleo y de Petróleos de Venezuela (PDVSA), en Caracas, Venezuela
El chavismo
El punto de inflexión venezolano llegó con Hugo Chávez en 1999. Creó un régimen que confundió redistribuir la riqueza con destruir los mecanismos que la generan.
Al principio, la subida espectacular del precio del petróleo generó entradas gigantescas de divisas. El Estado gastaba sin límite. Se multiplicaron los subsidios, las nacionalizaciones y los programas sociales financiados con petrodólares. Parecía que el modelo funcionaba. Pero, en realidad, el país se estaba haciendo cada vez más vulnerable.
El chavismo fue debilitando progresivamente las instituciones económicas. La seguridad jurídica se deterioró. Se persiguió al sector privado. Se introdujeron controles de precios. Las expropiaciones se multiplicaron. Muchas empresas dejaron de invertir. Otras directamente cerraron. El capital comenzó a huir del país.
Uno de los episodios más decisivos fue la transformación de PDVSA, la gran petrolera estatal venezolana. Durante décadas había sido una compañía profesionalizada y técnicamente eficiente. Pero tras la llegada del chavismo, miles de trabajadores cualificados fueron despedidos y sustituidos por personas leales al régimen.
El edificio El Helicoide, sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), en Caracas
El deterioro económico
El resultado fue devastador. La producción petrolera empezó a caer. Y, cuando el petróleo dejó de cotizar en máximos, el modelo explotó. El Gobierno ya no tenía suficientes dólares para sostener el gasto social y gigantesco que había construido. Entonces recurrió a imprimir masivamente dinero.
Ahí comenzó la hiperinflación. Una de las más graves de la historia moderna. Los salarios perdieron valor a velocidad de vértigo. Los supermercados empezaron a vaciarse. Médicos, ingenieros, profesores, empresarios y trabajadores cualificados abandonaron el país.
La comparación con España resulta especialmente reveladora
La comparación con España resulta especialmente reveladora. Nuestro país tiene muchísimos problemas: baja productividad, exceso de burocracia, elevada deuda pública, envejecimiento demográfico o dificultades de acceso a la vivienda. Pero conserva algo esencial: instituciones relativamente estables, separación de poderes, integración en Europa y, aunque cada vez menos, seguridad jurídica suficiente para atraer inversión y generar actividad económica.
La gran lección venezolana es precisamente ésa: la riqueza de un país no depende únicamente de sus recursos naturales. Depende, sobre todo, de la calidad de sus instituciones. Noruega también tiene petróleo y le va muy bien.
La tragedia venezolana demuestra, además, que el populismo económico puede generar una ilusión temporal de prosperidad. Mientras destruye lentamente los fundamentos productivos de una economía. Repartir riqueza es mucho más fácil que generarla Para crear riqueza se necesita, entre otras cosas, tener un clima de confianza. Y, como se sabe la confianza es difícil de conseguir, fácil de perder y casi imposible de recuperar.