Xi Jinping, el hombre del que depende el siglo XXI
El líder chino no se considera simplemente el presidente de una república: se ve a sí mismo como el dirigente que debe devolver a China la posición que cree que le corresponde en el mundo
El presidente chino, Xi Jinping.
Durante décadas dimos por hecho que el hombre más poderoso del mundo era el presidente de Estados Unidos.
Tenía sentido. Estados Unidos era la mayor economía del mundo, la primera potencia militar, tecnológica y aeroespacial y la nación que garantizaba la seguridad de Occidente. Además, la revolución energética de las últimas décadas lo ha convertido también en el mayor productor mundial de petróleo y gas.
Sin embargo, hoy esa respuesta ya no es tan obvia.
Donald Trump ocupa la Casa Blanca. Vladimir Putin continúa amenazando la seguridad europea. Narendra Modi gobierna el país más poblado del planeta. Pero, si hubiera que señalar a una sola persona cuya influencia puede determinar la evolución del siglo XXI, probablemente habría que mirar hacia China.
Ese hombre es Xi Jinping.
No gobierna únicamente un país de 1.400 millones de habitantes. Dirige la segunda economía del mundo, el mayor exportador mundial de mercancías, el principal fabricante industrial del planeta y, lo que es más relevante, la única potencia que aspira seriamente a competir con Estados Unidos en todos los terrenos: tecnología, industria, comercio, defensa, inteligencia artificial y exploración espacial.
Lo verdaderamente singular de Xi no es solo el tamaño de China. Es el horizonte temporal con el que gobierna.
Los líderes occidentales viven atrapados por los ciclos electorales. Piensan en los próximos cuatro años. A veces, como demuestra la inestabilidad de la política británica de los últimos tiempos, ni siquiera llegan a doce meses de mandato. Xi piensa en décadas.
Su gran objetivo consiste en culminar lo que denomina el rejuvenecimiento nacional chino. Xi no se considera simplemente el presidente de una república. Se ve a sí mismo como el dirigente que debe devolver a China la posición que cree que le corresponde en el mundo.
Eso explica por qué ha concentrado más poder personal que cualquier dirigente chino desde Mao Zedong. Explica por qué eliminó los límites de mandato. Explica por qué ha impulsado una gigantesca campaña anticorrupción que, además de castigar abusos reales, le permitió consolidar su autoridad sobre el Partido Comunista, el ejército y la administración. Explica también por qué insiste una y otra vez en la autosuficiencia tecnológica, la disciplina nacional y la capacidad de resistencia frente a las presiones exteriores.
Xi está convencido de que China ha entrado en una competición histórica con Estados Unidos. Y cree que solo un país tecnológicamente independiente podrá ganar esa batalla.
Ningún otro gobierno moviliza tantos recursos con objetivos tan definidos
Por eso China está invirtiendo cantidades colosales en educación, semiconductores, inteligencia artificial, computación cuántica, circuitos integrados, robótica, vehículos eléctricos, baterías, energía nuclear avanzada y exploración espacial. Ningún otro gobierno moviliza tantos recursos con objetivos tan definidos.
El resultado es que decisiones tomadas en Pekín terminan afectando a millones de personas. Si Xi decide acelerar la producción de vehículos eléctricos, las fábricas europeas lo sufren. Cuando impulsa nuevas inversiones en inteligencia artificial, Silicon Valley reacciona. Si restringe la exportación de minerales críticos, las cadenas de suministro mundiales se debilitan. Y si cambia la política respecto a Taiwán, los mercados financieros mundiales tiemblan.
Ningún dirigente contemporáneo dispone de una capacidad semejante para influir, simultáneamente, sobre la economía, la tecnología y la política mundial.
Sin embargo, el poder de Xi tiene riesgos. La economía china atraviesa dificultades importantes: el hundimiento del sector inmobiliario, una fuerte dependencia del petróleo, la elevada deuda local, una abultada cartera de créditos impagados, el bajo nivel de los salarios y el debilitamiento del consumo. Además, el creciente control político sobre empresas y ciudadanos puede terminar limitando la innovación que el propio Gobierno desea impulsar.
La gran incógnita consiste en saber si el modelo de Xi será capaz de combinar disciplina política con dinamismo económico
La gran incógnita consiste en saber si el modelo de Xi será capaz de combinar disciplina política con dinamismo económico. Si lo consigue, China podría convertirse en la principal potencia mundial durante las próximas décadas.
Por eso Xi Jinping es probablemente el hombre más importante del mundo. No porque sea el más popular. Ni porque sea el más admirado. Ni siquiera porque sea, necesariamente, el más poderoso.
Lo es porque hoy ninguna otra persona reúne tanta capacidad para influir, al mismo tiempo y a escala mundial, sobre la economía, el comercio, la inteligencia artificial, la transición energética, el equilibrio militar y la competencia tecnológica.
Hasta donde hoy podemos prever, el siglo XXI estará marcado por cuestiones decisivas: quién dominará la inteligencia artificial, quién controlará los semiconductores y los circuitos integrados más avanzados, quién asegurará el acceso a los minerales críticos, quién liderará la exploración espacial y qué modelo político y económico terminará imponiéndose. En todas ellas aparece, de una u otra forma, la figura de Xi Jinping.
En 1929, Ortega y Gasset publicó su ensayo ¿Quién manda en el mundo? Casi un siglo después seguimos haciéndonos la misma pregunta. Y hoy la respuesta podría ser: Xi Jinping.
- Rafael Pampillón es profesor de la Universidad CEU San Pablo y del IE Business School.