Diego Velázquez - La rendición de Breda (1634 - 1635)
Los juros: la revolución que convirtió al Imperio español en pionero de la deuda pública
Cinco siglos antes de las emisiones del Tesoro, la Monarquía Hispánica ya financiaba su gasto con unos títulos que pagaban intereses, podían venderse en un mercado secundario y anticipaban el funcionamiento de los actuales bonos del Estado
Cuando hoy el Tesoro español emite bonos para financiar el gasto público, está utilizando un mecanismo con más de cinco siglos de historia. Mucho antes de que existieran los mercados financieros tal y como los conocemos, la Monarquía Hispánica ya captaba recursos mediante los llamados juros, títulos de deuda que pagaban un interés anual y podían transmitirse entre particulares.
Como recuerda el historiador Carlos Álvarez Nogal, de la Universidad Carlos III de Madrid, «la monarquía española fue pionera en la emisión de títulos de deuda a cambio del pago de un interés anual». En un artículo publicado en el último número de la revista Índice del INE, el investigador repasa cinco siglos de deuda pública española y muestra cómo muchos de los principios que siguen rigiendo hoy los mercados financieros ya estaban presentes durante los reinados de los Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II.
Los juros nacieron inicialmente como una merced concedida por los reyes a personas e instituciones en recompensa por los servicios prestados. Sin embargo, a finales del siglo XV la Corona comenzó a vender estos derechos como fórmula de financiación. Fueron los Reyes Católicos quienes recurrieron a ellos para sostener su proyecto político, aunque serían Carlos I y Felipe II quienes los convertirían en una pieza esencial para financiar la expansión del Imperio español.
Su funcionamiento guarda sorprendentes similitudes con los actuales bonos del Estado. Quien adquiría un juro tenía derecho a cobrar un interés anual, mientras que la devolución del capital solo se producía si el monarca decidía amortizar el título. Si el propietario necesitaba recuperar su dinero antes, podía vender el juro en un mercado secundario, donde existía una elevada demanda por este tipo de activos.
Aquella posibilidad de comprar y vender los títulos convirtió a los juros en un instrumento mucho más flexible que un simple préstamo al rey y favoreció el desarrollo de un auténtico mercado de deuda pública.
La confianza era la verdadera garantía
El éxito del sistema no descansaba únicamente en la capacidad recaudatoria de la Corona. «La confianza de los inversores fue otro elemento indispensable», explica Álvarez Nogal, especialmente en una época en la que el soberano ejercía un poder absoluto y los acreedores apenas disponían de mecanismos para obligarlo a cumplir sus compromisos.
Esa confianza se construyó gracias al cumplimiento de los pagos. Como destaca el historiador, «la puntualidad con la que se efectuaron los pagos durante décadas permitió a la monarquía consolidar esa confianza y colocar grandes paquetes de deuda a tipos de interés cada vez más bajos».
A finales del siglo XVI, la deuda castellana estaba cerca de alcanzar el 60 % del PIB, un nivel extraordinario para la Europa de la época que, lejos de interpretarse como un síntoma de debilidad, reflejaba el prestigio financiero alcanzado por la Corona.
Además, cada juro estaba respaldado por un impuesto concreto y por los ingresos de una ciudad determinada, de modo que el inversor conocía exactamente cuál era la fuente de ingresos que garantizaba el pago de los intereses. Con la llegada de los Borbones, este modelo descentralizado fue sustituido por otro en el que toda la deuda pasó a estar respaldada por el conjunto de los ingresos de la Hacienda Real.
La reputación también podía perderse
La historia de los juros demuestra que la confianza era tan difícil de construir como fácil de perder. Durante el reinado de Felipe IV comenzaron a retrasarse los pagos de intereses, se aplicaron retenciones sobre algunos títulos y la inflación provocada por la masiva acuñación de moneda de cobre redujo el valor real de la deuda. El resultado fue un progresivo deterioro de la reputación financiera de la Monarquía.
A partir del siglo XVIII, los juros fueron sustituidos por los vales reales, que incorporaban una fecha de vencimiento y el compromiso de devolver también el capital invertido. Desde entonces, la deuda pública española atravesó etapas muy distintas, marcadas por bancarrotas, reestructuraciones, inflación y profundas reformas institucionales hasta desembocar en el actual mercado de bonos del Estado.