La llegada del coche eléctrico se ha convertido en una pesadilla para las marcas
La fiebre del cobre amenaza con encarecer la vivienda, la luz y el coche eléctrico
Coface calcula que el metal podría duplicar su precio en la próxima década ante una demanda que crece casi el doble que la oferta
El cobre lleva miles de años acompañando el desarrollo de la humanidad, pero puede terminar convertido en uno de los principales cuellos de botella de la economía del futuro. La electrificación, el despliegue de energías renovables, la expansión de las redes eléctricas, el vehículo eléctrico y la construcción de centros de datos están disparando las necesidades de un metal cuya producción no puede aumentar al mismo ritmo. El resultado es una brecha creciente entre oferta y demanda que, según Coface, podría llevar al cobre a duplicar su precio durante la próxima década.
La aseguradora de crédito advierte en su último informe Metales industriales: regreso al futuro de que la oferta mundial de cobre crecerá a un ritmo medio de apenas el 1 % anual, mientras que la demanda lo hará alrededor de un 1,8 %. Una diferencia pequeña que, acumulada durante los próximos años, puede desembocar en un déficit de varios millones de toneladas y convertir al cobre en uno de los grandes puntos débiles de la transición energética.
El problema terminaría llegando mucho más allá de los mercados de materias primas. El cobre se encuentra en las instalaciones eléctricas de las viviendas, las redes que llevan la electricidad hasta los hogares, los parques eólicos y solares, los centros de datos y los vehículos. Su encarecimiento añade, por tanto, presión sobre tres de los principales gastos de las familias: la vivienda, la factura eléctrica y el automóvil.
La construcción y las infraestructuras absorben actualmente alrededor del 42 % del consumo mundial de cobre. Buena parte termina literalmente escondida dentro de los edificios, fundamentalmente en las instalaciones eléctricas y determinadas conducciones, debido a su elevada conductividad, resistencia y durabilidad.
La vivienda es así uno de los primeros lugares donde podría sentirse una subida prolongada de las cotizaciones. El cobre representa solo una parte del coste total de levantar un inmueble, donde pesan mucho más factores como el suelo, la mano de obra, la financiación o los impuestos, pero un encarecimiento estructural del metal elevaría el coste de las instalaciones necesarias para cada nueva promoción.
Esta situación se produce, además, en un momento en el que la construcción residencial española se enfrenta ya al incremento del precio de diferentes materiales y a unos costes de ejecución elevados. Una duplicación del precio del cobre no supondría, ni mucho menos, duplicar el coste de construir una vivienda, pero sí aplicar más presión sobre los presupuestos de obra que las promotoras tendrían que absorber o trasladar parcialmente al precio final.
Además, la electrificación de los propios edificios amenaza con aumentar la cantidad necesaria. La extensión de bombas de calor, puntos de recarga para vehículos eléctricos, instalaciones fotovoltaicas y sistemas de almacenamiento implica nuevas conexiones, cableado y equipos que elevan la intensidad eléctrica de las viviendas.
El cuello de botella de la electricidad
El problema adquiere una dimensión todavía mayor en el sistema eléctrico. Cerca de tres cuartas partes del cobre utilizado en el mundo están vinculadas de una u otra manera a aplicaciones eléctricas, una dependencia que aumentará a medida que avance la electrificación de la economía.
Producir electricidad mediante un parque solar o eólico es solo una parte del desafío. Después hay que transportarla, distribuirla y conectarla con los lugares donde será consumida. Todo ello requiere kilómetros de cableado, transformadores, subestaciones y nuevas conexiones en las que el cobre continúa siendo una materia prima esencial.
Además, la carrera por la inteligencia artificial está multiplicando las necesidades de capacidad eléctrica precisamente cuando numerosos países necesitan acometer enormes inversiones para adaptar unas redes diseñadas para una economía mucho menos electrificada.
La paradoja es que uno de los materiales necesarios para abandonar los combustibles fósiles puede terminar encareciendo las propias infraestructuras que deben permitir hacerlo. Cuanto más rápidamente se desplieguen renovables, vehículos eléctricos, almacenamiento y centros de datos, mayor será también la necesidad de ampliar y reforzar las redes.
En España, las inversiones realizadas por las compañías de transporte y distribución forman parte de un sistema de retribución regulada. El encarecimiento de los materiales necesarios para ampliar las redes puede elevar, por tanto, las necesidades de inversión reconocidas por el sistema, aunque su eventual traslado a la factura de los consumidores dependerá de la regulación y de cómo se distribuyan esos costes.
Hasta cuatro veces más cobre en el coche eléctrico
El tercer frente se encuentra en el automóvil. El transporte representa actualmente alrededor del 13 % de la demanda mundial de cobre, pero la transformación del parque automovilístico promete multiplicar sus necesidades.
Un vehículo eléctrico puede necesitar entre tres y cuatro veces más cobre que uno equipado exclusivamente con un motor de combustión. El metal aparece en el motor eléctrico, los sistemas electrónicos, inversores, conexiones y, sobre todo, en los numerosos metros de cableado necesarios para transportar la electricidad por el vehículo.
A ello se añade toda la infraestructura que rodea al automóvil. La sustitución de millones de coches de combustión por eléctricos exige desplegar puntos de recarga públicos y privados y reforzar las redes encargadas de alimentarlos. El cobre necesario para electrificar el transporte, por tanto, no termina en el propio vehículo.
Coface calcula que las tecnologías asociadas a la transición energética, entre ellas los vehículos eléctricos y las energías renovables, podrían llegar a absorber alrededor del 35 % del cobre mundial en 2035. Una escalada del precio del metal encarecería los costes de fabricación y podría dificultar el proceso de reducción de precios que necesita el vehículo eléctrico para competir sin ayudas con los modelos de combustión.
Un agujero de hasta 6,5 millones de toneladas
La gran pregunta es por qué la industria minera no puede simplemente producir más cobre para aprovechar unos precios más elevados. La respuesta está en los enormes plazos necesarios para poner en funcionamiento nuevos yacimientos.
Desde que se identifica un recurso hasta que una nueva mina comienza a producir pueden transcurrir entre 15 y 20 años. Los proyectos requieren exploración, financiación, permisos ambientales, construcción de infraestructuras y, finalmente, explotación, lo que provoca que la oferta tenga enormes dificultades para reaccionar rápidamente ante un incremento de la demanda.
Para 2035, los diferentes escenarios manejados por Coface apuntan a una demanda mundial de entre 33,4 y 38,3 millones de toneladas frente a una oferta que rondaría los 31,9 millones. El agujero podría alcanzar así los 6,5 millones de toneladas en el escenario más exigente, equivalente aproximadamente al 17 % del cobre que necesitaría la economía mundial.
China controla la mitad del refinado
A todo esto se le suma que China controla cerca de la mitad de la capacidad mundial de refinado de cobre, lo que concede a Pekín una posición estratégica en una cadena de suministro esencial para las economías occidentales.
La competencia por los minerales críticos está provocando, además, una proliferación de medidas proteccionistas. Coface cifra en 1.138 las restricciones comerciales que afectan actualmente a minerales industriales, frente a las 357 contabilizadas una década atrás. Exportaciones, procesamiento y acceso a materias primas forman ya parte de una batalla industrial que trasciende el funcionamiento tradicional de los mercados.