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Todo gasto público se financia mediante tributosEl Debate / Asistido mediante IA

El Estado, para sostener su expansión, no puede limitarse a recaudar. El poder público no solo recauda: gestiona percepciones. Y una de las formas más eficaces de modular la percepción consiste en ocultar el coste real de su acción. Nada lo oculta mejor que la apariencia de gratuidad.

Cuando un servicio se presenta como «gratuito», el ciudadano deja de percibirlo como un sacrificio y comienza a verlo como un derecho natural, casi como un don que brota espontáneamente de la maquinaria estatal. La percepción sustituye a la contabilidad; la ilusión, a la realidad.

Pocas ideas han calado tan hondo en la cultura política contemporánea como la noción de que determinados bienes y servicios públicos son «gratuitos». La sanidad, la educación, las prestaciones sociales o el transporte subvencionado se presentan como derechos universales cuyo acceso no tiene coste directo para el ciudadano. Esta percepción es una de las ilusiones más eficaces que el Estado moderno ha construido para sostener su legitimidad.

Presentado un servicio como gratuito, el ciudadano tiende a valorarlo positivamente, a defenderlo políticamente y a no cuestionar su coste real. Pero conviene recordar: nada es gratuito. Todo gasto público se financia mediante tributos presentes, tributos futuros o inflación.

La gratuidad como construcción narrativa

La capacidad de presentar como «gratis» aquello que en realidad se financia colectivamente se sostiene en tres mecanismos principales:

· Impuestos indirectos, que se pagan sin sentirlos y diluyen la relación entre coste y servicio.

· Deuda pública, que permite disfrutar hoy de bienes cuyo coste se trasladará a generaciones futuras.

· Inflación, que actúa como un impuesto silencioso que erosiona el poder adquisitivo sin votación parlamentaria.

Estos mecanismos permiten que el ciudadano perciba el servicio, pero no el coste. El Estado gasta sin que el ciudadano sienta que paga. Esa disociación es la esencia de la ilusión fiscal.

El lenguaje como herramienta de legitimación

Imagen de la cola para ser atendido en uno de los centros de salud de BurrianaMarian Moncho

La ilusión de la gratuidad no se sostiene solo con instrumentos financieros, sino también con lenguaje. El Estado utiliza expresiones como «derechos adquiridos», «servicios esenciales» o «protección social». No habla de gasto, sino de «inversión pública»; no habla de impuestos, sino de «contribuciones»; no habla de recortes, sino de «ajustes»; no habla de deuda, sino de «apalancamiento responsable».

El lenguaje es el barniz que embellece la carga. Y el ciudadano, seducido por las palabras, acepta como natural lo que debería examinar con rigor. Tales términos no describen la realidad contable, sino la percepción deseada: transforman el gasto en virtud, la financiación en solidaridad y el coste en abstracción.

Este uso del lenguaje es una forma de ingeniería perceptiva: el poder se legitima no solo por lo que hace, sino por cómo lo nombra.

La paradoja del ciudadano satisfecho

La ilusión de la gratuidad genera una paradoja: el ciudadano se siente beneficiario de servicios que él mismo financia, pero cuya financiación no percibe. Esto produce dos efectos políticos relevantes:

1. Aumenta la adhesión al Estado, que aparece como proveedor generoso.

2. Reduce la exigencia de eficiencia, porque el coste real queda oculto.

Esta dinámica puede conducir a un crecimiento del gasto público sin un debate proporcional sobre su sostenibilidad.

La ilusión en el siglo XXI

Hoy, la ilusión de la gratuidad se ha sofisticado. La digitalización permite que muchos servicios públicos parezcan aún más inmateriales, más inmediatos, más «naturales». Un clic basta para recibir una prestación, una beca, un abono, un subsidio.

La facilidad del acceso refuerza la sensación de que el Estado provee sin esfuerzo y sin coste. Así, la tarjeta sanitaria, la beca automatizada, la subvención directa o el abono transporte digital consolidan la idea de que el Estado provee sin fricción.

Pero la realidad es otra: la gratuidad es una percepción, no una categoría económica. Y cuando la percepción sustituye al análisis, el debate público se empobrece. Toda gratuidad aparente esconde un coste real, y la salud de una sociedad depende de su capacidad para mirar ese coste sin velos ni eufemismos.

La ilusión de la gratuidad no es un engaño deliberado, sino un mecanismo estructural del Estado moderno. Comprenderlo no implica rechazar el Estado social, sino entender sus costes, sus límites y sus narrativas.

Porque, al final, nadie vive del cuento, sino a cuenta de alguien.