Algunas de las asistentes al encuentro para reflexionar sobre el concepto de edadismo en el Centro Social para Personas Mayores El Llano, en Gijón
Encuentros «sin edad» contra el edadismo: jóvenes y mayores se unen para cambiar la mirada sobre la vejez
En Gijón, personas mayores y jóvenes han compartido talleres y conversaciones para detectar y prevenir el edadismo. La Fundación ”la Caixa” impulsa estas acciones intergeneracionales para que la experiencia de unos y la mirada de otros se conviertan en una herramienta de cambio social
Hay conversaciones que cambian la manera en que miramos a los demás y, a veces, también a nosotros mismos. En el Centro Social de Personas Mayores El Llano, en Gijón, una sesión intergeneracional ha reunido a mayores y jóvenes para hablar de edadismo, desmontar prejuicios y recordar que la edad no debería convertirse en una frontera social. La iniciativa forma parte del programa de Personas Mayores de la Fundación ”la Caixa”, que desde 2023 viene construyendo espacios de reflexión para convertir la experiencia compartida en una herramienta de transformación.
El punto de partida no es menor: según la experta internacional en envejecimiento saludable Vânia de la Fuente-Núñez, alrededor del 50 % de la población española percibe que existe discriminación por edad hacia las personas de 55 años o más. Frente a esa realidad, la Fundación ”la Caixa” impulsó primero un Glosario sobre edadismo, elaborado con personas mayores para identificar expresiones y hábitos cotidianos que perpetúan estereotipos. Más tarde, en 2025, puso en marcha el taller Edadismo: cómo detectarlo y prevenirlo, ya presente en la red de centros propios y conveniados en todas las comunidades autónomas.
Nombrar el problema
La clave del proyecto está en algo tan simple como poderoso: poner nombre a lo que antes pasaba inadvertido. El edadismo, recuerdan los expertos, se alimenta de estereotipos, prejuicios y discriminación en función de la edad. Y precisamente por eso, el taller no se limita a explicar el concepto, sino que invita a los participantes a reconocerlo en el lenguaje, en los gestos y en las relaciones cotidianas.
Un asistente hablando con una señora durante el encuentro intergeneracional en el Centro Social para Personas Mayores El Llano, en Gijón
Las imágenes usadas durante la sesión ayudan a hacer visible lo invisible. En una de ellas, una mujer aparece aislada en medio de un entorno que la ignora; en otra, un médico se dirige a los supuestos hijos en lugar de a la paciente mayor. «Son escenas habituales, no les damos importancia, pero son edadistas», señala María José Alonso, de 66 años. Esa toma de conciencia es el primer paso para cambiar hábitos que, aunque normalizados, dañan la dignidad de las personas.
También el lenguaje ocupa un papel central. Sheila Carreira, estudiante de 22 años del Ciclo Formativo Superior de Integración Social del IES Roces, lo resume con claridad: «El lenguaje crea realidades». Su reflexión conecta con la de Montse Celdrán, psicogerontóloga y experta en psicología del envejecimiento, que participó en la creación del glosario y recuerda que el edadismo nace, en parte, de cómo la sociedad organiza la vida en compartimentos separados por edades.
Cuando aprenden juntos
Lo más valioso de la jornada quizá no sea la teoría, sino la conversación. Mayores y jóvenes se sientan a compartir experiencias, recuerdos y referencias culturales que van desde Rosalía de Castro o Clara Campoamor hasta historias familiares o viejos trabajos. Ese intercambio crea un terreno común en el que las etiquetas pierden fuerza y la curiosidad gana espacio.
Germán Menéndez, de 74 años, lo expresa con una idea sencilla: «El empoderamiento es imprescindible porque te da confianza y fe para llevar a cabo propósitos y que lleguen a buen fin». Para él, la transformación empieza en uno mismo: «Cambiar uno mismo acaba por cambiar la sociedad». Rubén, de 70, reconoce que una de las mayores enseñanzas del taller ha sido comprobar que todavía puede aprender y salir de su propia barrera edadista al relacionarse con los jóvenes.
Imagen del encuentro intergeneracional para hablar de edadismo en el Centro Social para Personas Mayores El Llano, en Gijón
La sesión se aleja así de cualquier formato rígido y se convierte en un espacio de reflexión compartida. Se habla de salud mental, movilidad, antiguos oficios, cambios culturales y movimientos sociales, pero también de algo menos visible y más profundo: la necesidad de no convertir la edad en un criterio de exclusión. En ese sentido, las aportaciones de ambas generaciones se complementan y se enriquecen mutuamente.
Una bandera común
En talleres previos, el grupo incluso diseñó una bandera contra el edadismo. Los colores elegidos no eran casuales: el amarillo para la sabiduría, el plata para la lucidez, el verde para la esperanza y un trébol como símbolo de continuidad y buena suerte. La imagen, además de simbólica, resume el espíritu de toda la iniciativa: construir signos nuevos para una mirada nueva sobre la vejez.
Dos asistentes admirando fotografías antiguas
Loli, una de las participantes, lo dice con naturalidad al hablar de su vida activa, de sus paseos, museos y actividades compartidas: «La vida no termina al llegar a los 60». Para ella, esta etapa es «una segunda juventud», una idea que rompe con la visión reduccionista de la vejez como retirada. Y esa misma convicción atraviesa todo el proyecto: no se trata solo de proteger, sino de reconocer el valor social de las personas mayores.
Más de 1.300 voces
Hasta ahora, más de 1.300 personas de toda España han participado en talleres y acciones comunitarias para sensibilizar sobre el edadismo. Más de 60 talleres han reunido a más de 900 participantes y las acciones intergeneracionales derivadas han beneficiado ya a más de 400 personas. Detrás de esas cifras hay un trabajo constante para convertir a las personas mayores en agentes de cambio dentro de su propio entorno.
Una señora saludando a una persona mayor durante el encuentro intergeneracional en el Centro Social para Personas Mayores El Llano, en Gijón
Al final de la sesión, quedan las fotografías, los bocetos de bandera y la sensación compartida de haber aprendido algo útil. María José lo resume con gratitud: «Ojalá más gente pueda participar para enriquecerse como nosotros lo hemos hecho». Y otro participante cierra la idea con una frase que funciona casi como declaración de intenciones: estas actividades sirven «para mejorar la sociedad, la sociedad de todos, sin dejar a nadie fuera».
En tiempos de prisas y etiquetas, estos encuentros demuestran que el diálogo entre generaciones sigue siendo una de las formas más eficaces de combatir los prejuicios. Y también una de las más humanas.