Fundado en 1910
Pablo Campos Calvo-Sotelo

La Tercera Misión de la Universidad: casos recientes de sensibilidad social

El objetivo es generar los mayores beneficios en diversos planos, como la innovación y la creatividad, en su calidad de cimientos del desarrollo cultural, científico y tecnológico

Además de la docencia y la investigación, la Tercera Misión de la Universidad implica un hondo compromiso social y económico para con su entorno. Asume de este modo una responsabilidad sustancial: transformar el conocimiento y proyectarlo hacia sus destinatarios. El objetivo es generar los mayores beneficios en diversos planos, como la innovación y la creatividad, en su calidad de cimientos del desarrollo cultural, científico y tecnológico.

Más allá de aspectos administrativos, la Tercera Misión trata de un cometido esencial: que la Universidad salga al encuentro de la sociedad. Numerosos autores han advertido de que la mera expedición de títulos no debe constituir su finalidad última. Fernando Vallespín lo expresaba así: «Junto a esa Universidad, a la que seguimos idealizando, convive también otra más proclive a la especialización ramplona, al estamentalismo y la burocratización, la mera factoría de títulos y de lo políticamente correcto». Toda una proclama de cuanto debe exigirse. Décadas antes, en su «Misión de la Universidad» de 1930, Ortega y Gasset ya exigía: «Devolver a la Universidad su tarea central de 'ilustración' del hombre, de enseñarle la plena cultura del tiempo, de descubrirle con claridad y precisión el gigantesco mundo presente, donde tiene que encajarse su vida para ser auténtica». Guardando fidelidad a esa filosofía, la Universidad evitará proyectar una imagen de sí misma como entidad aislada, o envuelta en un supuesto elitismo intelectual, cuando no social. Nada más ajeno, creo, a su auténtica razón de ser: la vocación de servicio para transmitir la herencia cultural y espolear el progreso. Pero muy singularmente cuando se trata de contribuir al cuidado de colectivos vulnerables.

La fusión de las instituciones de Educación Superior con la sociedad se produce mediante dos dinámicas básicas. En primer término, la indirecta, construyendo a los futuros profesionales bajo una formación holística, de modo que adquieran destrezas técnicas a la par que se perfilen como ciudadanos éticamente comprometidos. La segunda dinámica es directa: interactuar con el entorno humano, máxime si acusa problemas de vulnerabilidad.

Antes de ilustrar el compromiso de la Universidad con iniciativas concretas actuales, debo subrayar como planificador de espacios educativos desde hace 35 años que, para cumplir fehacientemente la Tercera Misión, la Arquitectura juega un rol irreemplazable. El espacio físico es un instrumento de acción social. La mayor ayuda que las personas pueden prestarse ocurre en el encuentro presencial, activador de la interacción y la empatía. Procedo pues a relatar unos casos recientes de los que he sido testigo, pues considero que pueden ser estímulo de nuevos proyectos.

En la Universidad San Pablo-CEU hemos promovido en los últimos 10 años proyectos de innovación docente en Arquitectura, basados en la inclusión de grupos con discapacidad intelectual o visual, recibiendo el apoyo de fundaciones externas, como Prodis o FUONCE. Asimismo, durante 4 años hemos desarrollado el Proyecto I+D+i «Campus Inclusivos y Arquitectura» para el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, y se continúa la iniciativa «Arqui-TE-CURA», cuyo objetivo es que los estudiantes diseñen entornos hospitalarios humanizantes que ayuden a pacientes necesitados de apoyo anímico. Son también elogiables las tareas desarrolladas por docentes y alumnos en Sierra Leona, caracterizadas por una encomiable sensibilidad hacia los más desfavorecidos. O la estrategia de recualificación de las estructuras educativas en Guinea-Bisáu, entre numerosos casos…..

En ese mismo continente, la angolana Universidad Agostinho Neto está planificando un nuevo campus de gran envergadura en la periferia de Luanda. Será un instrumento con potencial para espolear un desarrollo todavía más comprometido con el futuro de un país que necesita formar profesionales altamente cualificados y promover el acceso universal a una Educación Superior que eleve a su población al nivel de bienestar que merece.

En Hispanoamérica, Perú es escenario de unas sugerentes iniciativas.

La Universidad Nacional de Ingeniería ha desplegado estrategias de acción social para estudiantes de Arquitectura e Ingeniería, como el Día Internacional de la Discapacidad, coordinándose con el Ministerio de Vivienda y EsSalud. El evento aspira a impulsar la Accesibilidad Universal y la inclusión. También es reseñable la labor del Taller de Asistencia Técnica, centrado en acciones de Responsabilidad Social. En la ciudad de Cuzco, su belleza patrimonial es equiparable a la valía espiritual de sus docentes y discentes. La Facultad de Arquitectura y Artes Plásticas de la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco (UNSAAC) practica desde hace tiempo una aproximación humanista hacia asentamientos agrícolas del entorno. Organizados por los profesores, hace escasas fechas los alumnos obsequiaron con sus trabajos arquitectónicos a una comunidad campesina. Se trata del Proyecto de intervención urbano-rural en Quillahuata, un núcleo rural de reducidas dimensiones, ubicado a escasos kilómetros al nordeste del Casco Histórico cuzqueño. Hace días impartí un Seminario internacional en esta Facultad. Durante mi estancia, se produjo la entrega de los referidos trabajos a sus destinatarios. Solicité asistir, pues intuí que el acto iba a rezumar afecto. Así fue. Los estudiantes de la asignatura «Proyecto Arquitectónico VI» trasladaron desde el campus hasta el local comunitario de este pequeño asentamiento los planos y maquetas que habían elaborado durante semanas, como trabajo híbrido entre lo académico y la ayuda al desarrollo. La generosa aportación estuvo orientada al análisis, diagnóstico y propuesta de nuevos equipamientos del lugar, para mejorar las condiciones socio-vitales. Todo un ejercicio de Tercera Misión, tan humilde en dimensiones y coste como inmenso en su empatía. La experiencia de compartir la alegría franca y serena de aquellos campesinos me conmovió. Gentes de recio aspecto, curtidas en su digna necesidad; mujeres y hombres nacidos de la tierra y entregados a ella, en cuyas miradas penetrantes afloraban corazones de oro. Riqueza espiritual en la pobreza material…. Un cuadro humano, en suma, donde se plasmaba la grandeza de la Universidad, capaz de retratar en Quillahuata con idéntico trazo al «príncipe y al necesitado».

Sirvan las experiencias expuestas como estímulo para impulsar un «humanismo universitario», cuyo fruto sea que las instituciones de Educación Superior cristalicen su sensibilidad social construyendo un futuro acorde con la dignidad de la persona.

  • Pablo Campos Calvo-Sotelo es catedrático USPCEU - Académico RADE y Doctor Honoris Causa UNI-FAUA