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Ilustración de una escuela educativaLu Tolstova

La caída en picado de la educación pública en España: «El profesor necesita que no se cuestione su autoridad»

Jorge Sáinz, catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos y ex secretario general de Universidades, ha achacado gran parte de este fracaso educativo a la pérdida de respeto y de autoridad del profesor

La educación pública española afronta importantes problemas de rendimiento y de progresión académica, en un contexto en el que España ha registrado en PISA 2025 sus peores resultados históricos en Lectura y Ciencias y mantiene en Matemáticas uno de sus peores registros, según los datos publicados por la OCDE. El informe sitúa a España con 451 puntos en Lectura, 457 en Matemáticas y 477 en Ciencias, por debajo de la media de la OCDE en las tres competencias.

PISA 2025 evalúa al conjunto del alumnado español de 15 años y, por tanto, no permite atribuir directamente estos resultados a la escuela pública. Sin embargo, el propio informe incorpora datos sobre la titularidad de los centros y señala que, una vez descontadas las diferencias socioeconómicas del alumnado y del propio centro, el rendimiento de los centros públicos es menor. El estudio también constata que la repetición de curso es más frecuente en este tipo de colegios.

Jorge Sáinz, catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos y exsecretario general de Universidades, ha achacado gran parte de este fracaso educativo a la pérdida de respeto y de autoridad del profesor. «Cuando hablo de autoridad no hablo de autoritarismo. Hablo de una condición imprescindible para enseñar: que un profesor pueda entrar en un aula, organizarla y lograr que sus alumnos escuchen y aprendan», señala.

Respecto a los datos, los califica como «preocupantes», ya que PISA 2025 nos dice que en España el 39 % de los alumnos afirma que el ruido y el desorden interrumpen la mayoría o todas sus clases de ciencias. La media de la OCDE es del 31 %. Y un 30 % dice que sus compañeros no escuchan lo que dice el profesor.

«Esto no es una anécdota ni un problema menor. Si una parte importante del tiempo de una clase se dedica a conseguir silencio, resolver conflictos o intentar que los alumnos atiendan, ese tiempo se pierde para enseñar. Y cuando esa situación se repite cada día, sus consecuencias terminan reflejándose en el aprendizaje», lamenta.

Aunque apunta que no podemos afirmar que el fracaso educativo se deba únicamente a la pérdida de autoridad del profesor, «tampoco podemos utilizar esa cautela como excusa para ignorar lo que está ocurriendo dentro de las aulas».

Señala, además, que el 38 % de los estudiantes españoles sostiene que, en la mayoría de las clases de matemáticas, los alumnos no escuchan al profesor. «Esto tiene también una dimensión decisiva de equidad. Cuando una clase funciona mal, la familia que tiene recursos puede compensarlo: puede pagar una academia, clases particulares o apoyo en casa. Pero el alumno que depende casi exclusivamente de la escuela pública no tiene esa alternativa», expresa.

«Podemos discutir de ratios, de tecnología, de currículos o de cuánto dinero invertimos en educación. Pero hay una condición previa que no podemos seguir relegando. Para aprender tiene que poder darse clase. Y para que pueda darse clase, el profesor necesita respaldo real: de la escuela, de las familias, de la Administración y de la sociedad. Necesita saber que las normas se cumplen, que las conductas disruptivas tienen consecuencias y que su autoridad profesional no será cuestionada cada vez que ejerza su responsabilidad», concluye.