19 de octubre de 2021

Bocetos sonrientes

Monedero, el poeta

La desfachatez política o personal y la genialidad artística no están reñidas. José Bergamín, que fue un buen poeta del segundo escalón del Veintisiete, nos reveló en una cena en El Bodegón de Madrid, a don Antonio Garrigues y Díaz-Cañabate, Eugenio Suárez, Néstor Luján y a quien esto escribe, que Picasso y Neruda eran unos seres perversos y miserables como personas. El propio Bergamín era un tipo taimado, y fue capaz de escribir muy buenos poemas. Siempre cobarde. Mientras Miguel Hernández, grandísimo poeta comunista, acudía a los frentes de batalla a visitar a las tropas republicanas, Bergamín, que era un señorito a caballo entre Málaga y Madrid, se vestía con un mono azul a estrenar y paseaba por la Gran Vía del brazo de guapas milicianas al grito de «No Pasarán» y otras tonterías. Pero jamás estuvo a menos de cincuenta kilómetros del frente. Amargado del todo, se instaló en Fuenterrabía en casa de los proetarras Alfonso Sastre y Genoveva Forest y a su entierro acudió la plana mayor de Herri Batasuna. Y ahí tienen, al menos así lo han apuntado sus biógrafos, las ácidas personalidades de Mozart y Beethoven, capaces de ser simultáneamente, dos sucios gamberros en la calle y los dos compositores que más se han acercado, con su genialidad y maestría, a las nubes de Dios.
Juan Carlos Monedero

Juan Carlos MonederoPaula Andrade

No está reñida la estulticia con la belleza poética. Es el caso de Juan Carlos Monedero, receptor y administrador de los dineros que recibía con destino a su bolsillo y los que administraba para Podemos, procedentes de los tiranos más despóticos del mundo. Quedó inhabilitado para la actividad política institucional por 400.000 euros no declarados, pero en la infraestructura podemita, ha sido y es uno de los grandes protagonistas del poder. Ahora tendrá que explicar el destino de los 200.000 dólares, que «en paquetes de billetes de 100» le fueron entregados por el «Pollo» Carvajal y Hugo Chávez, según ha declarado el capón del «Pollo» a la Audiencia Nacional. Con independencia de sus desajustes con la higiene económica, Monedero no destaca por la suya personal, y puede considerarse un eficaz y destartalado difusor del resentimiento y el odio. No lo soporta ni su padre. No obstante, es un poeta bruído y emotivo, que supera con creces la cursilería de Rubén Darío, sin alcanzar su donaire poético. Pero en ocasiones, la cursilería adorna la Poesía, con mayúscula. Gustavo Adolfo Bécquer murió pocos años antes de la publicación del primer tratado de la cursilería, obra de don Francisco Silvela, el político más inteligente de la Restauración, y don Santiago Liniers. Es decir, que murió sin saber que era un cursi.
Cuando falleció Hugo Chávez, el tirano venezolano, Monedero exprimió sus sentimientos y su tristeza en un poema memorable. «He amanecido con un Orinoco triste paseándose por mis ojos./ Querer a Chávez nos hace tan humanos, tan fuertes…/ Chávez es la señora que limpia,/ Chávez es el señor que vende periódicos a la entrada del Metro,/ Chávez es la empleada de la tienda,/ Chávez es el vendedor de helados/, Chávez es la abuela que ahora ve y la que ahora tiene vivienda./ Chávez de la esquina caliente de Caracas y de la lonja de pescados de Chororí ./ Chávez de la poesía rescatada/ de los negros rescatados, de los indios rescatados./ He amanecido con un Orinoco triste paseándose por mis ojos y no se me quita./ Aguanta, Presidente, aguanta». He eliminado algunos versos que no merecían compartir la belleza en conjunto de este poema luminoso. Ese verso decasílabo «Chávez es el vendedor de helados» atraviesa el alma. Y cuando transforma a Chávez en vendedor de prensa, mujer que limpia, empleada de tienda, abuela que ve, abuela con vivienda, y sobre todo, lonja de pescados de Chororí, Monedero se aproxima a la mayor elevación poética. 
No pasará a la Historia como político. En ese aspecto, ha sido y es un tostón, un carota y un desastre. Pero tiene asegurado el rincón en el Parnaso. Y allí le preguntarán San Juan de la Cruz, Fray Luis de León y Garcilaso de la Vega: -¿Qué amor sentías, Juan Carlos, cuando te llegó el caudal poético del vendedor de helados?-.
Monedero, el poeta.