Fotografía de la familia Barrio
Sucesos
El misterio del triple crimen de Burgos: todo apunta a que el autor nunca será juzgado
Tres miembros de la familia Barrio fueron asesinados a cuchilladas en el interior de su domicilio en la madrugada del 7 de junio de 2004: el fiscal pide que se archive la investigación contra el último sospechoso
El asesino tenía las llaves de la casa. Pasadas las cinco de la madrugada, cuando todos dormían, abrió la puerta y, sin encender una luz, se dirigió al cuarto donde dormían Salvador, 53 años, y Julia, 47 años. Atacó al hombre primero porque era el rival más fuerte. Le acuchilló sin piedad mientras él se levantaba de la cama y trataba de defenderse. Cuando creyó que estaba muerto se lanzó a por Julia, que se había quedado paralizada del terror. La autopsia dice que no se defendió. Al terminar fue a la habitación de Álvaro, 11 años.
El pobre niño se había despertado por los ruidos y gritos agónicos de sus padres. Mientras los mataban, no pudo abrir la ventana para pedir auxilio: la persiana se había roto una semana antes y como nadie la había arreglado, no pudo levantarla. Echó el pestillo de la puerta tratando de alejar a la muerte de él. El asesino no quiso dejar testigos: reventó el cerrojo de una patada y le quitó la vida. Fueron noventa puñaladas las que aquella madrugada quitaron la vida a tres de los cuatro miembros de la familia Barrio.
En la casa no quedó nada del asesino, ni un pelo, ni una huella dactilar, ni saliva: nada que permitiese identificarle científicamente. Sólo hubo una cosa que no pudo evitar dejar: huellas en el suelo. Era tanta la sangre, que el dibujo de su zapatilla quedó marcada en el parqué. La huella y la extraordinaria violencia con la que actuó. Con el tiempo se supo que el móvil del crimen no fue el robo, pues no se llevó nada. La razón fue el odio, de ahí tal cantidad de puñaladas.
En un principio la policía estuvo muy despistada, incluso se pensó que una banda de albanokosovares se había descolgado desde la terraza del edificio y había entrado por la ventana: un galimatías. Con el tiempo el grupo que investigaba el caso señaló al hijo superviviente, Rodrigo. Se le internó en un centro de menores, pero dos días después (ocurrió en fin de semana), lo dejaron libre. Las pruebas que en teoría lo señalaban se cayeron como un castillo de naipes.
Con los años la brújula de la investigación señaló a otra persona: Ángel Ruiz. Este hombre odiaba a los Barrio, a Salvador y a Julia. Era vecino de La Parte de Bureba, un pueblo de Burgos del que Salvador era alcalde. A este hombre se le condenó por el asesinato de una vecina del pueblo de casi noventa años a la que atropelló sin piedad: todo por una discusión por unas tierras.
Las evidencias le señalaban a él, pero había pasado tanto tiempo desde el crimen que el rastro de las pruebas se había evaporado. A pesar de ello, la Policía investigó sin descanso: entre otras cosas, registró sus propiedades en numerosas ocasiones, sin éxito. Todo lo que se encontró fueron indicios periféricos, ninguna prueba directa. Tanto la Policía como la justicia creen que Ángel está detrás de los crímenes, pero el fiscal, tras valorar el contenido de las pesquisas y escucharle en declaración a él y a un testigo protegido, ha decidido pedir que se archive la causa.
El Debate ha tenido acceso al documento de 14 páginas en el que el fiscal pide que se archive la causa contra Ángel. Tras analizar uno por uno todos los indicios que hay contra él, dice textualmente: «Hemos de terminar concluyendo la inexistencia de indicios sólidos y válidos que relacionen materialmente al investigado con los crímenes cometidos, con su lugar y tiempo de comisión, resultando los indicios existentes, referidos a los rasgos de personalidad del investigado, a su anterior condena por un delito de asesinato y a la existencia de un cierto resentimiento o animadversión hacia Salvador Barrio y Julia Dos Ramos, manifiestamente insuficientes para dirigir formalmente una acusación contra el mismo, ya que tales indicios no permiten concluir, utilizando las reglas de la lógica y de la experiencia, de manera natural y con convicción, que el investigado sea el autor de tales muertes, excluyendo cualquier otra posible explicación alternativa que pudiera ser igualmente razonable, lógica o válida».