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Crónica deCarlos Rontomé Romero

El problema de los menores marroquíes

Emigrar es la única solución para estos menores y es la única solución porque el Estado marroquí es incapaz de dar respuesta a este grave problema

Varios menores marroquíes, en noviembre, en el albergue de Piniers, en CeutaEFE

Marruecos es un estado fallido, al menos desde la perspectiva de los estados occidentales, y en un aspecto especialmente relevante: el cuidado de sus ciudadanos más jóvenes, el cuidado de su infancia.

Desde hace varias décadas, desde los años 80 del pasado siglo, Marruecos sufre una grave crisis social y familiar que ha ido en aumento y que afecta a un número importante de sus niños y niñas. Y es una crisis interna que tiene consecuencias no solo para sus propios nacionales, también para los países limítrofes, es especial para España.

Unos 30.000 menores viven en las calles de Marruecos, principalmente en las grandes urbes como Casablanca, Marrakech, Tetuán o Tánger. Las causas de este importante número de menores que viven en las calles se encuentra en los elevados niveles de pobreza y exclusión de sus entornos, en la falta de escolarización y en la descomposición familiar.

Hay menores que viven en entornos familiares estables pero la falta de recursos básicos les impulsa a abandonar sus hogares, en ocasiones con la aquiescencia de sus familias, para buscar esos recursos en las calles. A esto se le añade el abandono temprano de las escuelas. El control de la escolarización de muchos de estos menores por parte de las autoridades es muy bajo (solo en la región de Tetuán-Tánger, la tasa de menores no escolarizados es del 11%). El resto de los menores de la calle provienen de entornos familiares en descomposición, familias con problemas de violencia, malos tratos y abuso.

Hay menores que viven en entornos familiares estables pero la falta de recursos básicos les impulsa a abandonar sus hogares

Hay que tener en cuenta además que los modelos familiares en Marruecos se encuentran desde hace décadas en un proceso de cambio y degradación debido, entre otras causas, a un crecimiento de las rupturas matrimoniales y de las familias reconstituidas, lo que ha propiciado la expulsión de parte de estos menores de sus entornos familiares. Según la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH), la mitad de los niños que nacen en Marruecos sin padre conocido acaban en las calles, vinculado así el aumento de niños de la calle con los procesos de descomposición familiar. Otro dato que aporta esta asociación es que de cada diez familias que se rompen cada año, una de ellas acaba con los niños en la calle.

Ni que decir tiene que estos niños de la calle están expuestos a todo tipo de abusos, prostitución, consumo de drogas, mendicidad, acoso de las autoridades y estigmatización social. Los menores se ven abocados a emplear estrategias de resistencia a la vez que la emigración se plantea para ellos como una esperanza que les ayuda a resistir. En el caso de las niñas, menores en número debido al control que se ejerce en la sociedad marroquí sobre las mujeres, son aún más vulnerables a los abusos y a la violencia sexual, por lo que adoptan pautas para pasar desapercibidas cortándose el pelo y cambiando de vestimenta par parecer varones.

Emigrar es la única solución para estos menores y es la única solución porque el Estado marroquí es incapaz de dar respuesta a este grave problema, no existen políticas publicas adecuadas (y cuando ha habido un intento como el Plan Nacional de Acción para la Infancia, no ha estado dotado presupuestariamente) ni existe una legislación garantista para el caso de los menores en situación de exclusión social y familiar. Una encuesta del año 2024 hecha entre los jóvenes marroquíes arrojaba un dato preocupante: el 55 % de los jóvenes quiere emigrar. Este elevado porcentaje es un indicador claro de la incapacidad del Estado marroquí por cubrir las necesidades básicas de su población. Y si ese porcentaje es elevado entre los jóvenes, entre los niños de la calle se eleva hasta el 100 %. Emigrar es para ellos la única solución, alcanzar ese paraíso que intuyen a través de los medios de comunicación y de las redes sociales.

España se ha convertido para estos menores en el Dorado, en el sueño que todos desean alcanzar y como país vecino vamos a seguir recibiendo, cada vez en mayor número, oleadas de menores que huyen de estas pésimas condiciones. En ocasiones en grandes cantidades (como los 1.500 menores que entraron en Ceuta en la crisis de mayo del 2021) o en goteos constantes, como está sucediendo este verano en las costas ceutíes, según las políticas de control de la emigración que aplique Marruecos sobre sus nacionales en cada momento, unas políticas de vaivén que discurren entre el control absoluto y la laxitud evidente, dependiendo del momento político de las relaciones (siempre de dientes de sierra) entre ambos estados.

España se ha convertido para estos menores en el Dorado, en el sueño que todos desean alcanzar

Los menores prefieren estar en España, en las condiciones que sea, por muy precarias que nos parezcan, porque siempre serán mejores que las que tenían en Marruecos. Y en este contexto, Ceuta seguirá siendo un punto de presión para la entrada de estos menores, por varias razones, en primer lugar, por la cercanía con grandes urbes como Tetuán o Tánger (en este último caso con un elevado número de menores en las calles) y en segundo lugar por la cercanía de Ceuta con la Península, al contrario que Melilla que sufre una presión menor en este sentido por estar más alejada y aislada y sin grandes urbes en su inmediato geográfico marroquí.

La solución a este grave problema resulta harto complicada, se presenta como el clásico wicked problem en el que intervienen muchos factores de difícil gestión, desde la incapacidad del Estado marroquí a la utilización de la emigración como medida de presión dentro de lo que se han denominado acciones hibridas. Marruecos es un vecino incomodo que nos percibe como enemigos y al que España por el contrario solo observa como problemático.

Lo que si resulta fácil es reconocer a las víctimas de este problema: los menores marroquíes y la sociedad española que tendrá (ya lo está haciendo) que asumir el problema como propio.

Carlos Rontomé es profesor de la UNED y exmilitar