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Expertos de la Guardia Civil analizan las vías tras el accidente ferroviario registrado en AdamuzEFE

Cuando la revisión no es suficiente: otros grandes accidentes ocurridos después de pasar por el taller

La historia está repleta de accidentes en tramos que habían sido revisados recientemente y donde, en principio, no había peligro

El accidente de Adamuz ocurrido el pasado domingo 18 de enero, cuando un tren descarriló e invadió la vía contigua, impactando con otro, continúa sacudiendo a España. En la constante búsqueda para explicar las causas del suceso, todo apunta al estado de las vías. El propio ministro de Transportes, Óscar Puente, lo confirmó cuando, el pasado miércoles, ofreció una larguísima rueda de prensa asegurando que el hallazgo de «mordiscos» en los sistemas de rodadura del tren Iryo pueden ser una «posibilidad innegable» de defectos en la vía.

Lo más llamativo, y a su vez preocupante, es que el tramo donde ocurrió el accidente había pasado varias inspecciones recientes, según confirmó el propio Puente. Las autoridades aseguraban que se encontraba en buen estado. Aun así, la tragedia se produjo, demostrando que las revisiones por sí solas no bastan para garantizar la seguridad.

Accidente tren ferroviarios 1

Accidente tren ferroviarios 2

Accidente tren ferroviarios 3

Esto, además, no es un caso aislado. La historia del transporte ferroviario está marcada por accidentes ocurridos incluso después de controles recientes, lo que subraya la importancia de un mantenimiento continuo y profundo. En Australia, en 1977, el Granville Rail Disaster se produjo sobre un puente que había sido inspeccionado semanas antes. Ninguna de las revisiones detectó fisuras críticas, y 84 personas perdieron la vida cuando un vagón cayó al vacío. De manera similar, en Doncaster, Reino Unido, en 1951, un tren chocó con un tramo de vía recién revisado; el fallo en la señalización y la vía demostró que el control superficial no sustituye la prevención integral.

Alemania también registra ejemplos trágicos, como el descarrilamiento de Eschede en 1998 y el accidente de la Wuppertal Schwebebahn en 1999. En Eschede, la ruptura de una rueda provocó la muerte de 101 personas, pese a que el tren y la vía se sometían a inspecciones periódicas. En Wuppertal, una falla mecánica en la monorraíl demostró que un tren puede estar formalmente revisado y aun así ser vulnerable a fallos estructurales o mecánicos.

Ya en el siglo XXI, tragedias como la de Once en Argentina, 2012, o Hatfield en Reino Unido, 2000, confirman que las inspecciones rutinarias no reemplazan la atención al desgaste oculto y a la fatiga de materiales. En Once, los frenos no funcionaron correctamente pese a controles recientes, y en Hatfield un raíl defectuoso pasó desapercibido, causando descarrilamientos con víctimas mortales.

En Adamuz, por desgracia, el patrón es similar. Las revisiones recientes y los informes de «vía en buen estado» parecían insinuar que no había motivos para preocuparse, pero estos, por sí solos, no pueden considerarse garantía absoluta. Incluso en un tramo renovado y controlado, la interacción entre tren y vía, el desgaste progresivo y factores imprevistos pueden desencadenar un accidente en cuestión de segundos que se cobre la vida de decenas de personas.