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Óscar Puente, ministro de Transportes y Movilidad Sostenible de España

Óscar Puente, ministro de Transportes y Movilidad Sostenible de EspañaÁngel Ruiz

El perfil  Puente, Óscar al mejor actor en su peor película

«Entenderá el ministro que es difícilmente creíble que quien se ha despeñado por la pendiente del ultraje, el agravio, la vejación y la cancelación se haya transformado repentinamente en un ser respetuoso»

Óscar Puente Santiago (Valladolid, 1968) fue alertado en la noche del domingo de que un gravísimo accidente de trenes de alta velocidad se había producido en la provincia de Córdoba. Para entonces ya llevaban los pasajeros del Alvia siniestrado cerca de una hora sin ninguna asistencia. Con el dedo todavía humeante de burlarse en sus redes sociales del alcalde de Madrid y su esposa, de Trump, de Alberto Núñez Feijóo y de Jorge Azcón, el ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, ataviado con un suéter azul marino y una camisa celeste, se fue al centro de mando -el que no detectó el impacto de las dos máquinas-, desde donde tuiteó una foto a las 21:12 para que la afición supiera que estaba trabajando desde «hace media hora». Dos días después, cuando en la noche del martes un tren de Rodalies descarriló en Cataluña, dejando un muerto -el maquinista en prácticas- y 37 heridos, seguía vestido igual. Esa ha sido la prueba del algodón que usó en la entrevista de Cope el jueves para demostrar que no ha tenido tiempo ni para volver a su casa durante estas largas jornadas de devastación. Para luego añadir hace unas horas que se siente capacitado para seguir: 45 muertos (más uno en Cataluña) después.

En su tour por los medios de comunicación -ahora también, y por primera vez, por alguno de los que le son críticos- su tono ha cambiado súbitamente. Ya no hay insultos, ni sarcasmos, ni bromas de mal gusto, ni paladas de hiel contra los ajenos. Hasta el accidente -al que en primera instancia llamó «incidente», sin hacer mención a las víctimas-, el que fuera alcalde de Valladolid de 2015 a 2023 había publicado 278 tuits sobre la dana y 140 sobre los incendios, algunos de muy mal gusto: hasta le preguntó al presidente de Castilla y León, Fernández Mañueco, cuando estaba ardiendo su Comunidad, si «Juanma Moreno te ha contado qué tal el tiempo en Cádiz. En Castilla y León está calentita la cosa».

El presidente español, Pedro Sánchez, y el ministro Óscar Puente, en Adamuz

El presidente español, Pedro Sánchez, y el ministro Óscar Puente, en AdamuzGTRES

Después de esa producción estajanovista contra todo quisque -en especial periodistas no afectos- en los días siguientes a la tragedia tan solo escribió 27 mensajes y todos circunscritos al accidente. Ahora sí, guardando el decoro debido. A la fuerza ahorcan, diría un castizo. A falta de un varón popular o de un Trump o de un Netanyahu a quien echarle la culpa -todas las competencias en ferrocarriles le interpelan- ha optado por interpretar el papelón de su vida. Siguiendo el magisterio de Pedro Sánchez, ha mudado hasta su tono de voz, que ha pasado a ser humilde, empático, comprensivo. Bienvenido sea, pero entenderá el ministro que es difícilmente creíble que quien se ha despeñado por la pendiente del ultraje, el agravio, la vejación y la cancelación se haya transformado repentinamente en un ser respetuoso. No son pocos los que entienden que es triste que hayan tenido que morir 45 personas (y que todas las investigaciones apunten al Gobierno por la falta de inversión en la red) para que haya mudado su desempeño macarra por otro institucional. Los más benevolentes atribuyen este papelón digno de Óscar a que ha sido padre de su tercer hijo, junto a su actual mujer, Yasmina Gregori, y que el pequeño Óscar III, como él le llama, le ha hecho aterrizar en el dolor de otros. Separado de la madre de sus dos primeras hijas, la prensa le ha mostrado siempre como un devoto aficionado a las fiestas, las salidas nocturnas y al disfrute; hasta cuenta con una impagable foto en un yate propiedad de un empresario regado con concesiones públicas durante la pandemia.

Lo cierto es que está carbonizado y todo su crédito dilapidado. Porque, si en atención a sus descripciones tuiteras, la pareja de Díaz Ayuso es «un testaferro con derecho a roce», ella misma es «justita», si aconsejó a Susana Díaz «mirar de reojo a la izquierda mejor que poner el c… en pompa a la derecha», si Vito Quiles es «un saco de m…», si Toni Cantó es «un m… que no nos llega ni a la suela del zapato» y si Mañueco «se va de farra» durante los incendios, por qué el pucelano habría de ser ahora un ser de luz que solo perdía los nervios porque respondía al acoso que sufría en las redes. Tan vituperado se sintió que puso a todo un equipo de su Ministerio, pagado con fondos públicos, a rastrear los improperios que recibía, que cierto es que los soportaba, pero como respuesta a los que él profería.

En verano de 2024 sostuvo en el Senado que «el ferrocarril vive su mejor momento», y en un desayuno informativo apostó por elevar a 350 kilómetros por hora la velocidad en la línea Madrid-Barcelona o incluso anunció que el presidente de Renfe abogaba por vender billetes en determinados trayectos para que la gente fuera de pie, sin asiento asignado. A la luz de lo que acaba de ocurrir en Adamuz y en la red de cercanías catalana, su discurso ha envejecido trágicamente. Después de escucharle en la Cámara Alta hace año y medio, los senadores tuvieron la impresión de que en el caos que ya vivían miles de viajeros, la culpa era «del vaivén del tren». Según el discurso del titular de Transportes, el Ministerio con mayor inversión de todo el Ejecutivo, todo el mundo era responsable menos él: Franco, Rajoy, el medioambiente, las subcontratas, los actos vandálicos, los suicidas y la meteorología. Hasta que «la mala suerte», según sus primeras palabras tras el siniestro, le ha puesto contra las cuerdas políticamente.

El ministro de Transportes, con el presidente de Adif a su derecha

El ministro de Transportes, con el presidente de Adif a su derechaEFE

Pero es que Puente llegó a Madrid no para gestionar el transporte, sino para que temblara «la fachosfera», su hallazgo favorito. De hecho, los españoles le pusieron cara, voz e injuria en la primera sesión del debate de investidura de Alberto Núñez Feijóo. Ese día pasó de represaliado de Pedro Sánchez a su brazo armado, insultador oficial del PSOE y campeón mundial de tuits de su partido. Aquella tarde, «el quebrantahuesos» -como le llaman sus correligionarios- dejó la quinta fila del grupo, adonde le había mandado el Sumo Líder por ser un mal portavoz de Ferraz, para labrarse un puesto en el Consejo de Ministros.

Pero, claro, con mandobles no se ha arreglado la desastrosa falta de mantenimiento de la red del AVE; ni con un discurso faltón se ha ventilado el hedor que desprende el Ministerio que él asumió de manos de Raquel Sánchez -a la que no le cabían los trenes por un túnel-, que lo recibió a su vez de José Luis Ábalos. El caso mascarillas le obligó a encargar una auditoría blanda sobre los tejemanejes de su antecesor, que desde entonces le ha jurado odio eterno. Cambió el equipo donde trabajó la imputada Pardo de Vera y las «sobrinas» del inquilino de Soto del Real, nombrando a Luis Pedro Marco al frente de Adif y, hace justo un año, designando a Álvaro Fernández Heredia como presidente de Renfe, cuya única experiencia en la materia es haber sido secretario general de movilidad de Sumar. Otro gran nombramiento, solo superado por el asiento de consejero de Renfe Mercancías que disfrutó Koldo Aguirre o el despacho de Jésica Rodríguez en Ineco.

Como su mentor, Puente «cambia de opinión» con una soltura admirable. Hace unos meses calificó a Puigdemont como el «Charles Manson» de la política española, jefe de una secta -los separatistas-, que le siguen al infierno con los ojos cerrados. En su penúltima reencarnación como el Demóstenes del sanchismo, se trasmutó en el mayor defensor del fugado y promotor de la amnistía para contentarle. Que no se olvide que este corrosivo letrado pucelano, hoy en sus horas más bajas, fue actor en los 90 antes de pasar a cobrar del presupuesto público. Las críticas teatrales de entonces hablan de un trabajo discreto como Valerio en El Avaro, de Molière. Pero es que la interpretación de su vida estaba por llegar. La está bordando desde hace una semana; pero como protagonista de su peor película.

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