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Ilustración de la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda DíazEl Debate con Google AI

El perfil

Yolanda, fin de la escapada

Su proceso de pijificación, tan alejado de los usos del feminismo en el que dice militar, solo ha podido televisarse gracias a que supo ver en 2023 que su tabla de salvación era que Sánchez se uniera a todas las excrecencias separatistas

El último clavo al ataúd político de Yolanda Díaz Gómez (Fene, La Coruña, 1971) se lo puso hace unos días un enemigo íntimo suyo, Gabriel Rufián, postulándose a jubilarla, aupado convenientemente por un CIS que lo coloca por encima en estimación de voto de la vicepresidenta. Pero ese entierro se empezó a oficiar el 9 de junio de 2023, el día en que a la «número tres» del Gobierno se le ocurrió mandar a tomar clases de cocina a Irene Montero no incluyéndola en la lista al Congreso. La pyme familiar de los Iglesias peligraba y tenía una culpable que el macho-alfa había nombrado digitalmente como su sucesora, con la esperanza de que fuera su títere en el Gobierno de coalición. Pero nada salió como esperaba, así que Pablo se sentó pacientemente en la puerta de su chalé de Galapagar para ver pasar el cadáver de la vicepresidenta, embalsamado por Pedro Sánchez, que se ha reído de todos apropiándose de sus programas y votos. Hoy todas esas fuerzas de ultraizquierda tienen meridiana una cosa: el presidente las ha usado, comprándolas con el BOE, la nómina pública y el coche oficial, a cambio de que prolongaran su estancia en Moncloa. Hoy él sigue ahí y ellos van camino del matadero electoral. Eso sí, Díaz ha dicho que se va, aunque no sabemos todavía de dónde. Porque ya no lideraba Sumar y se quedará en el Gobierno hasta apurar el último aliento de esta legislatura, de su despacho y de la vivienda oficial de 443 metros cuadrados en el madrileño Paseo de la Castellana.

El bluf del «liderazgo histórico» de Yolanda Díaz –aventado por el gurú Iván Redondo, que aventuró que iba a ser la primera presidenta del Gobierno, como «líder laborista» de una nueva izquierda–, se empezó a fraguar el 2 de abril de 2023 en el polideportivo Antonio Magariños. En el acto de fundación de un engendro llamado Sumar lució Yolanda como nunca. Vestida de blanco fue ungida por la prensa del régimen como la dirigente que iba a conseguir aunar a todos los partidos de ultraizquierda: de Podemos a Compromís, de Más Madrid a la Chunta Aragonesista, de los Comunes a IU. Nada se le iba a escapar a la hija del histórico sindicalista, recientemente fallecido, Suso Díaz. Pero los intereses personales proponen y los aparatos de los partidos disponen: por el camino la todavía ministra de Trabajo ha perdido 13 de esas fuerzas políticas, hartas del desastre de gestión interna, porque como a Díaz «no le gusta la vida orgánica de los partidos», tan solo se ha dedicado al maquillaje, el comunismo textil y las fotos ministeriales.

Díaz se creyó la Macron gallega, vórtice de varios movimientos sociales que iban a confluir en una plataforma instrumental llamada Sumar. Hasta que las urnas le fueron diciendo bien clarito ciertas verdades dolorosas: de los 38 escaños que le dejó Podemos, paso a 31 nada más estrenarse a nivel nacional en 2023, pero es que ha ido perdiendo toda la representación territorial. Especialmente sangrante fueron los comicios en su tierra gallega, donde cosechó menos de un 2 %, por debajo del Pacma, y se quedó sin representación –de nada sirvió su foto electoralista recogiendo pellet en las playas. Luego vendrían Aragón y Extremadura. Ella seguía siendo vicepresidenta segunda y eso era lo importante. Fotos a cascoporro propias del Hola en los medios progresistas y un balance gris: mucha camaradería con Unai Sordo y Pepe Álvarez –a los que ha disparado la asignación pública de 17 a los 32 millones de 2025–, una subida del SMI vendida como el bálsamo de fierabrás en un país que tiene al 26 por ciento de su población en riesgo de pobreza, una reforma laboral que consiguió desbloquear solo gracias al error de un diputado popular, la aplicación de los ERTE en pandemia (que le vinieron dados por la ministra de Rajoy, Fátima Báñez) y la sombra del camuflaje contable de los fijos discontinuos.

Nada de eso consiguió convencer a los electores, mientras Sánchez se hacía fotos con ella para tenerla contenta y «soportaba» pellizquitos de la monja Díaz sobre los escándalos de corrupción. La lideresa comunista –todavía conserva su carné del PCE– ha deglutido sin anestesia a Ábalos, Santos Cerdán, las andanzas oscuras de su amigo Errejón, las de su compañero de En Marea, el acusado de pedofilia y detenido en Cuba, Martiño Ramos, las de Salazar, las mascarillas, el amaño de obras, las prostitutas enchufadas en empresas públicas… Las ruedas de molino que ha ido tragando son tan grandes como sus ondas al agua y su disfrute de los palacios enmoquetados que le han permitido caminar por encima de la marea estrenando modelos de Claudie Pierlot muy poco obreros y lanzando soflamas ininteligibles.

La novia del Frankenstein sabe que estos años de poder son un regalo con el que jamás sospechó. De Galicia solo traía credenciales de escaso compañerismo, ambición desmedida y un nulo tirón electoral. Intentó ser alcaldesa de Ferrol, y nada de nada; después, optó a presidenta autonómica por IU, y cero patatero. Su única salida fue presentarse bajo el paraguas de Beiras, a cuya sombra logró colarse en el Parlamento gallego, para finalmente traicionarle cuando vio llegar los movimientos populistas de las mareas y Podemos. Se sumó a esa nueva fiesta para meter la cabeza en la Carrera de San Jerónimo, donde empezó a destacar –cosa nada difícil– entre la podredumbre podemita. Así que los Iglesias decidieron convertirla en ministra de Trabajo.

Su proceso de pijificación, tan alejado de los usos del feminismo en el que dice militar, solo ha podido televisarse gracias a que supo ver en 2023 que su tabla de salvación era que Sánchez se uniera a todas las excrecencias separatistas. Por eso, la líder de Sumar se adelantó a reunirse en Bruselas con la mayor de todas ellas: Puigdemont. Yolanda nos conmovió cuando contó que su padre le había animado a cumplir con esa misión histórica en la guarida del forajido.

La vicepresidenta segunda guarda en su armario, además de marcas caras de ropa, la plancha del sketch de ama de casa con la que tomó el pelo al personal en tiempos electorales, fotos enternecedoras con los sátrapas del mundo, otra inexplicable con el Papa Francisco y más de un viaje en Falcon sin justificar. Pero en el fondo de su almario lo que esconde es un turbio asunto de un colaborador en su etapa gallega que jamás ha podido explicar.

Su último video anunciando que se iba «a medias» presupone que, si Sánchez lograra revalidar a partir de 2027, la vicepresidenta no haría ascos a quedarse de ministra de lo que sea y quizá a ingresar en el PSOE. Todo si «querido Pedro» puede y quiere. En la marcha de Yolanda Díaz hay que reconocer su educación en el trato –que la distingue de la mayor parte de sus compañeros del banco azul– y su buen talante para encajar las críticas, por muy duras que sean. Esta periodista da fe de ello.