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Entrevista a Iñaki ArtetaThorun Piñeiro

Entrevista a Iñaki Arteta, director de cine  Iñaki Arteta, director de cine: «El final de ETA fue una negociación, no un interruptor»

Director de cine, guionista, fotógrafo y activista de derechos humanos, Iñaki Arteta atiende a El Debate para hablar de su proyecto, la mirada de la sociedad hacia ETA, el papel de Bildu en la política y las excarcelaciones de presos

Iñaki Arteta (Bilbao, 1959) ha dedicado su vida a dar voz a las víctimas de la banda terrorista ETA. Para financiar su último proyecto, NEOS colabora en la organización de un concierto solidario el próximo 15 de abril en el Auditorio Nacional de Madrid, cuyos fondos se destinarán íntegramente al archivo de recopilación de testimonios.

Arquitecto técnico de formación y fotógrafo, Arteta se adentró en el cine en los años ochenta, convirtiéndose en uno de los primeros en abordar los años más duros de ETA desde la perspectiva de quienes sufrieron directamente su violencia. Su obra incluye documentales como Sin libertad, Trece entre mil o Bajo el silencio. Pese a llevar décadas escuchando y dando voz a quienes han sufrido el terror, él mantiene un tono alegre y sereno.

– Está impulsando un archivo con la memoria audiovisual de las víctimas de ETA. ¿Considera que es ahora más importante que nunca un proyecto así?

– Yo creo que es un proyecto que debe estar. La memoria, el testimonio personal de las víctimas del terrorismo, de una tragedia como esta, es absolutamente fundamental. Habrá libros, habrá otras películas y habrá trabajos académicos, pero el testimonio directo de las víctimas es una de las claves para entender no solo el drama, sino también el contexto en el que se vivió ese drama y cómo se produjeron los actos concretos de terrorismo.

Ya con la primera película que hice, hace ahora unos 26 años, me di cuenta de que aquellas entrevistas tenían un valor en sí mismas. Muchas no formaban parte del montaje final, pero como sociedad estamos perdiendo algo muy importante cuando no escuchamos a las víctimas y sustituimos su voz por relatos políticos o académicos. Se pierde una parte esencial, epidérmica, de la historia, la de quienes lo han sufrido y lo han vivido en primera persona. No solo los familiares de asesinados, también los heridos, los testigos, la gente que luchó contra el terrorismo, periodistas, policías… Ese relato cercano es indispensable para entender nuestra historia.

– Ha grabado ya más de 500 testimonios. Después de escuchar tantos relatos, ¿qué patrones se repiten?

– Se repiten muchas cosas, pero hay una que sigue llamándome especialmente la atención, que es la serenidad de las víctimas al contar su historia. Ayer mismo grabé seis entrevistas nuevas, después de varios meses sin hacerlo, y volví a quedarme impactado por eso. Personas que han sufrido muchísimo, que han perdido a padres, hermanos o hijos, cuentan lo que les pasó con una calma impresionante. No hay odio, no hay rabia descontrolada. Y cuando traemos a gente que nunca ha escuchado a una víctima en directo, se dan cuenta enseguida de que ahí hay algo especial. No es victimismo, es la transmisión de la inocencia. Esa es la constante.

Iñaki Arteta, durante su entrevista en El DebateEl Debate

– El concierto del 15 de abril en el Auditorio Nacional, con la colaboración de NEOS, busca financiar este archivo. ¿Qué simboliza para usted que sea la sociedad civil quien tenga que sostener este tipo de iniciativas?

– Me parece una iniciativa estupenda. En todos estos años he visto cómo ha cambiado la actitud de la sociedad y de la política hacia las víctimas, y he llegado a una conclusión muy clara: la memoria no es negociable. Cuando se intenta consensuar políticamente, se acaba recortando la memoria por intereses ideológicos o partidistas. Por eso nuestro archivo es independiente. No tiene financiación pública y queremos que siga siendo así. Es más difícil, más laborioso, pero también más honesto. La participación privada es fundamental, y la distancia con la política hace el proyecto más puro.

– Usted ha dicho que, si no hubiera hecho estos documentales, probablemente nadie los habría hecho. ¿Se ha sentido solo en ese empeño?

– Es verdad que cuando hice la primera película no había referencias y tampoco las hay hoy en exceso. Pero hay aventuras que uno decide emprender así. Al final esto lo hacemos entre muy pocos, pero muchas cosas importantes en la historia se han hecho así. Yo sabía que el resultado iba dirigido a mucha gente sensible a esta historia, incluso a personas que aún no han nacido y que algún día querrán entender qué pasó. Mi trabajo ha sido organizar esa información y darle una forma que pudiera perdurar.

– ¿Cree que el cine español ha mirado hacia otro lado cuando se trataba de contar el terrorismo desde el punto de vista de las víctimas?

– En general las víctimas no han sido las protagonistas. Hay unas 80 o 90 películas relacionadas con ETA y más del 80 % cuentan historias de terroristas: su mundo, su psicología. Las víctimas no fueron atractivas para el cine hasta el año 2000. Y eso es incomprensible, porque el caudal narrativo de las víctimas es impresionante. Cada entrevista podría ser una película. Son personas que, además de haber perdido a un familiar, siguen viviendo en los mismos pueblos, muchas veces aisladas, vigiladas o señaladas. Desde el punto de vista narrativo y humano, eso es potentísimo.

– ¿Cree que la sociedad ha cambiado su mirada hacia las víctimas?

– Ha sido siempre como un diente de sierra. Hay momentos muy concretos, como el asesinato de Miguel Ángel Blanco, que generan una reacción masiva, pero la inmensa mayoría de los asesinatos no provocaron eso. Hoy hay una sensación de alivio, como si ya no pasara nada porque ETA dejó de matar. Mucha gente piensa: «Ya no pasa nada en el norte». Pero están los mismos, con las mismas ideas, y algunos salen de prisión antes de tiempo. Se ha pasado de la socialización de la violencia a la socialización del silencio.

– En las últimas semanas se ha concedido la semilibertad a Txeroki y a otros etarras. ¿Cómo cree que viven esto las víctimas?

—Me parece algo increíble, aunque no sorprendente. Si uno está atento a la actualidad entiende que todo esto viene de lejos, la negociación con Zapatero, el final de ETA... El final fue una negociación, no un interruptor. Se han hecho pequeñas modificaciones legales, muy poco visibles, que generan ventajas que no tendrían los presos comunes. Es algo bastante descarado, pero también muy sibilino. La gente no lo percibe o no lo quiere percibir, porque hay una parte de la sociedad que piensa que esto ya se acabó y que lo mejor es pasar página.

Iñaki Ateta, durante su entrevista en El DebateEl Debate

– La Fiscalía ha avalado esa semilibertad basándose en un supuesto arrepentimiento. ¿Qué significa realmente arrepentirse?

– Todos sabemos lo que es el arrepentimiento. Sabemos lo que es hacer daño a alguien y sabemos cómo se repara un daño. No hace falta un manual. Sabemos cómo pedir perdón de verdad, cómo reconocer lo que has hecho y cómo demostrar que no lo vas a volver a hacer. Aquí lo que vemos es un uso utilitarista de un papel que se firma porque conviene. No porque exista un reconocimiento sincero del daño causado.

– ¿Puede haber reinserción sin una petición clara y pública de perdón?

– Yo creo que no. Han hecho un daño enorme. El pragmatismo político nos ha llevado a aceptar situaciones que no aceptaríamos en ningún otro ámbito. Es muy grave que personas que mataron sigan en la vida política defendiendo el mismo proyecto político con el que estaban matando. Si cambiáramos el contexto ideológico por otro, esto sería absolutamente inasumible.

– ¿Qué le preocupa del papel de Bildu en la política nacional?

– Es una pesadilla. Tiene una influencia decisiva con apenas 300.000 votos. No solo apoya al Gobierno, sino que el Gobierno asume medidas que salen de ellos, muchas relacionadas con la memoria histórica, la justicia y las fuerzas de seguridad. Que quienes no reniegan del terrorismo pidan investigar a la Policía o a la Guardia Civil es un delirio absoluto.

– Desde que Bildu tiene este poder en el Congreso, ¿ha notado más presión, silencios o incomodidades?

– Cada víctima tiene su opinión y la expresa de una manera diferente, pero hay una sensación de atragantamiento. Un asesinato marca toda una vida, afecta a la familia, a las relaciones, a la propia identidad. Pero hoy no están en la agenda política. Se pone una corona un día, se hace un acto simbólico y parece suficiente. No hay un proyecto real de memoria, y eso es gravísimo para una sociedad sana.

– Después de tantos años escuchando a víctimas, ¿se siente cansado o más obligado que nunca a seguir?

– Más empujado que nunca o más. Uno no puede dedicar su vida a algo mejor que a aquello que siente que tiene sentido. Además, hay una urgencia evidente: las víctimas van falleciendo. Cada día que pasa desaparecen partes de la historia. Por eso seguimos grabando testimonios y buscando fondos. Es ahora o nunca.

– ¿Qué le gustaría que quedara de su trabajo dentro de 20 o 30 años?

—Que queden mis películas y el archivo, eses es el poder de la cámara. Las voces, los rostros, las miradas. Eso hay que protegerlo y custodiarlo bien, fuera de los vaivenes institucionales, para entender lo que ha ocurrido y que venza sobre posibles manipulaciones.

– Si pudiera dejar un mensaje a los jóvenes que no vivieron aquellos años, ¿cuál sería?

– Que no se dejen manipular, que tengan criterio. Hay que intentar que los jóvenes distingan la verdad de la mentira. Hay que detectar la inocencia de las víctimas, eso es lo que yo creo que puede transmitir su testimonio, y el daño que se le ha hecho a la sociedad civil por una causa ideológica.