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Sánchez no adelantará las elecciones subido a la ola del antitrumpismo: sus cinco razones

Una cosa es que esté tratando de proyectar la sensación de que, ahora sí, la remontada de la izquierda en los próximos meses es posible. Otra muy distinta es que vaya a apretar el botón. No lo hará

Pedro Sánchez, en un acto institucional con motivo del 8-MEFE

Es un sonido recurrente en esta legislatura que empezó con los renglones torcidos de la ley de amnistía: las campanas de un posible adelanto electoral han vuelto a repicar esta semana a propósito del «no a la guerra» que Pedro Sánchez entonó el miércoles desde la Moncloa. «El mundo, Europa y España ya han estado aquí antes. Hace 23 años, otra administración estadounidense nos arrastró a una guerra en Oriente Medio (...). Ese fue el regalo del trío de las Azores a los europeos de entonces. Un mundo más inseguro y una vida peor», afirmó con solemnidad.

Después de meses de infructuosa búsqueda, de probar con Palestina, la ultraderecha, los tecnoligarcas y la Francolimpiada, el presidente del Gobierno ha ido a encontrar su Dorado en Irán. En la operación Furia Épica. Todo superhéroe necesita a un supervillano, y a Sánchez le ha tocado la lotería con Donald Trump. La bandera que está enarbolando el presidente español no es la del pacifismo ni la del antimilitarismo, sino la del antitrumpismo. Los aviones estadounidenses han seguido operando en las bases de Rota y Morón a la chita callando y el Ministerio de Defensa ha enviado una fragata de guerra a Chipre. No hay más preguntas, señoría.

En medio de esta ebullición de la izquierda, ¿de verdad está Sánchez pensando en convocar elecciones generales y jugarse la reelección a la carta de la política exterior y la nostalgia? Una cosa es que el presidente esté tratando de proyectar la sensación de que, ahora sí, la remontada de la izquierda en los próximos meses es posible. Pero otra muy distinta es que vaya a apretar el botón del adelanto. No lo hará. Su afán sigue siendo aguantar, y hay razones para pensar que así lo hará.

En primer lugar, aunque las guerras son imprevisibles, la mayoría de los analistas pronostican que la de Irán no se prolongará más allá de unas cuantas semanas, a diferencia de la de Ucrania, que ha cumplido cuatro años. El secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, señaló esta semana desde el Pentágono que la operación podría durar en torno a dos meses. «Puedes decir cuatro semanas, pero podrían ser seis, ocho o tres», afirmó. Si Sánchez convocara elecciones en junio y la guerra acaba antes, se acaba también el elemento supuestamente movilizador.

Donald Trump y, detrás, Pedro SánchezAFP

En segundo lugar, recordemos lo que pasó con la inflación en los primeros meses de la guerra de Ucrania. Cuando estalló, en febrero de 2022, el IPC se disparó al 7,6 % y no dejó de subir en los meses siguientes, marcando techo en agosto de ese año, cuando se situó en el 10,8 % (cerró 2022 en el 8,4 %, frente al 3,1 % del año anterior). Si la guerra provoca una escalada de precios de los carburantes, las materias primas, la factura energética y la cesta de la compra, como ya se vislumbra, ¿qué presidente en su sano juicio llamaría a las urnas a una ciudadanía ahogada por el encarecimiento -más aún- de la vida?

No es lo mismo. Ni siquiera parecido

En tercer lugar, el contexto actual en España es diametralmente opuesto al de 2003. Entonces la izquierda llevaba siete años en la oposición, y José María Aznar gobernaba con mayoría absoluta. Ahora Sánchez va camino de su octavo aniversario en la Moncloa, y si la izquierda está dividida, desmovilizada y frustrada es por sus políticas y por su gestión: la corrupción, la dependencia extrema de Junts, la crisis de vivienda, las dificultades para legislar, el aumento de las desigualdades…

Además, conviene recordar que, en pleno «no a la guerra», el PP ganó las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2003. En las municipales, los populares sacaron a los socialistas casi 15 puntos de ventaja. Perdió las generales de marzo de 2004 porque tres días antes hubo un atentado en Madrid con 172 muertos.

En cuarto lugar, el presidente sigue pensando que el PP y Vox se cocerán en su propia salsa, y para ello necesita que pase el tiempo. Que lleguen los pactos en Extremadura, Aragón, Castilla y León y que las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2027 sean antes que las generales, para que los votantes reseteen antes de la gran batalla.

La presidenta de Extremadura en funciones, María GuardiolaEFE

En febrero, durante una comparecencia desde la India, ya dio a entender que no le importa la suerte que corran sus barones territoriales porque su prioridad es él mismo: «Nuestro electorado se está quedando en la abstención (…). Entiendo que puede haber elementos que hayan significado argumentos para quedarse en la abstención, pero, en todo caso, trabajaremos precisamente para que todo ese electorado se movilice cuando lleguen las elecciones generales», señaló entonces.

Por lo que respecta a los pactos de la derecha, en Extremadura es de prever que ambos partidos lleguen a un acuerdo antes de los dos meses de la cuenta atrás que empezó el viernes. Sin embargo, vistas las hostilidades entre el PP y Vox, no es descartable que los extremeños vuelvan a las urnas en mayo del próximo año.

En quinto lugar, con una derecha en una horquilla de entre 190 y 200 escaños en todas las encuestas salvo en el CIS, para la izquierda sería suicida concurrir a las urnas en tres candidaturas. Puede que agotando la legislatura suceda de igual manera, pero es que de celebrarse ahora las generales, ocurriría seguro. El paso a un lado de Yolanda Díaz da una oportunidad, por mínima que sea, al entendimiento entre Sumar y Podemos. Pero la operación necesita tiempo, y aun así lo más probable es que no fructifique.

Para Sánchez, como también para la dirección del PSOE, su problema es de movilización: sus votantes no se han ido a otros partidos, interpretan ellos, sino que se están quedando en casa. En otras palabras: son recuperables. Ahora bien, que el rechazo a Trump y a Benjamin Netanyahu los empujara a las urnas es otra cuestión. Pero en política, el primer paso para ganar (incluso ganar perdiendo, como Sánchez en 2023) es que parezca que puedes ganar. Y en eso está Sánchez, en recobrar sensaciones.