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La presidenta del Congreso de los Diputados, Francina ArmengolEl Debate

El perfil

Armengol, la nacionalista que acabó con la institucionalidad en el Congreso

En la Carrera de San Jerónimo se ha convertido por méritos propios en la ministra 23 del Gobierno de Pedro Sánchez colocando, como él, a peones entregados a la causa

A Francesca Lluc Armengol Socias (Inca, 1971), farmacéutica de profesión y política de ocupación, no le gustan las elecciones democráticas. Sobre todo, si sabe que las va a perder. Acaba de torpedear dos mociones para pedir al presidente del Gobierno que disuelva anticipadamente las Cámaras ante el hedor de corrupción que desprende su partido y su entorno. Aunque la iniciativa no hubiera sido vinculante, sí hubiera evidenciado todavía más que Pedro Sánchez tiene un Gobierno en precario. El PP ha anunciado que va a recurrir la cacicada de la Mesa, en la que mandan PSOE y Sumar, y lo hará en amparo ante el TC si fuera necesario. Incluso este Constitucional de Conde-Pumpido ya le ha afeado a Armengol su bloqueo de iniciativas que afectan a su partido, de quien la balear es una cancerbera eficacísima.

En el país plurinacional de Francina, como se la conoce públicamente, no gustan los comicios libres. En los últimos a los que se presentó en 2023 para revalidar la jefatura del Gobierno balear, no consiguió repetir y, presto, Pedro Sánchez la situó en la tercera magistratura del Estado: la presidencia de las Cortes Generales. Había dirigido durante los cuatro años anteriores una suerte de minifrankenstein de tres partidos extremistas y separatistas en el Ejecutivo insular. Su labor allí consistió siempre en la claudicación frente al nacionalismo, con entrega en cuerpo y alma al pancatalanismo lingüístico y educativo. Uno de sus desistimientos más clamorosos fue negarse a que su predecesor en la carrera de San Jerónimo, el socialista Félix Pons, tuviera una calle en Palma, propuesta que sí apoyó el alcalde de la ciudad. Pero luego vendría lo peor: en su discurso institucional en la Cámara citó y reivindicó el legado de Pons. Un sublime monumento al cinismo.

Lo peor es que la titular del poder legislativo fue seleccionada y bendecida precisamente por alguien que se declara enemigo de la España constitucional: Carles Puigdemont. El forajido dio el visto bueno a la elección de baronesa a cambio de imponer un circo de pinganillos, traductores y sobreactuaciones en la institución que preside, que hasta ahora era la sede de la soberanía nacional y hoy nadie sabe qué es. Una Torre de Babel para unos adolescentes tardíos jugando con walkie-talkies. Para Puchi, la anterior presidenta, Meritxell Batet, era poco separatista así que pidió expresamente a Sánchez que la sustituyera por Francina, más «fiable» para los soberanistas. De hecho, la presidenta es devota entusiasta de los indultos, la eliminación de la sedición y la rebaja de la malversación. La susodicha Armengol acostumbra a hablar del «Estado español» para evitar pronunciar la palabra España.

Su labor allí consistió siempre en la claudicación frente al nacionalismo, con entrega en cuerpo y alma al pancatalanismo lingüístico y educativo

Cuando tomó posesión en noviembre de hace tres años como responsable del Congreso, certificó que, con ella, la institucionalidad estaba muerta. Desde ese día, Armengol pronuncia torvos discursos ideológicos, con una obsesiva versificación vernácula, que nada tiene que ver con la grandeza oratoria de antecesores como Landelino Lavilla, Gregorio Peces-Barba o Álvarez de Miranda. Ella, incluso delante del Papa hace unos días, es una avezada arquitecta que edifica ladrillo a ladrillo el muro contra la mitad de su país, tal y como mandan los cánones sanchistas.

En su periplo balear, su Gobierno certificó que las mascarillas defectuosas que había comprado por valor de 3,7 millones de euros de dinero público eran «satisfactorias». Y eso pese a que, en junio de 2020, la oficina contra la corrupción de las Islas Baleares ya había advertido a la hija del boticario Armengol que la partida, pagada en parte con fondos europeos, no respondía al dineral gastado: no cumplían los estándares sanitarios, eran solo tapabocas quirúrgicos. Su amigo José Luis Ábalos era un entusiasta de la empresa Soluciones de Gestión que las había vendido en lo peor de la pandemia. Por eso, Francina contiene la respiración cada vez que su nombre suena en los sumarios.

Y es que a la exdirigente territorial se le atragantó siempre la gestión de la pandemia. Dejó a su región como líder europeo en caída del PIB, porque Francina estaba más ocupada en menesteres mucho más chulis que perder el tiempo abordando los estragos económicos de la crisis sanitaria. Se comprobó cuando, mientras encerraba a sus conciudadanos durante los picos de la Covid, fue pillada con amigos de copas y farra. Su reacción no fue pedir perdón ni dimitir: purgó al policía municipal de Palma que la denunció. No se pierde un entuerto. En el sumario del caso Koldo hay referencias por parte de la trama de que «la señora» está en el punto de mira, refiriéndose a la exposición pública de Armengol que, inexplicablemente, tardó casi tres años en denunciar a la empresa de las mordidas; solo lo hizo cuando endosó el marrón a su sucesora, la actual presidenta del PP de las islas, Marga Prohens. Solo cuando sus paisanos la desalojaron de la poltrona, reclamó a la empresa de las mascarillas que continuaban guardadas y caducadas en una nave industrial.

En política, no ha hecho otra cosa durante los últimos años que militar activamente en el ejército sanchista para conseguir recompensas

Sabe la dirigente socialista que en el sanchismo se gana más con lo que se calla que con lo que se habla. Por eso estuvo en silencio cuando ya sabía que había un quebranto patrimonial a los contribuyentes de su comunidad, como calló también –cómo olvidarlo– con la nefanda ley del 'solo sí es sí' y la rebaja de penas a los violadores. Todo lo contrario: si hemos de regirnos por su propio comportamiento, protagonizó una bochornosa pasividad ante los abusos a niñas tuteladas por su Gobierno. La feminista Armengol ninguneó la investigación.

Una mujer como ella, de profundas raíces familiares, sabe que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. En política, no ha hecho otra cosa durante los últimos años que militar activamente en el ejército sanchista para conseguir recompensas. Su vocación de barrer para dentro, como los antiguos carboneros, no ha evitado tiznar el rastro dejado por su pareja, que facturó presuntamente cuatro millones como consecuencia del ascenso político de la mallorquina. Gracias a El Debate supimos que, nada más ser nombrada presidenta regional, con el apoyo de los soberanistas de Mès y Podemos, autorizó sospechosamente la construcción de un hotel de lujo en el norte de Mallorca. Dos circunstancias apestaron en el procedimiento: el proyecto llevaba casi dos décadas bloqueado por ser en suelo protegido, y su pareja, Joan Nadal, estaba vinculado al entramado societario.

La socialista lleva casi toda su vida viviendo del presupuesto público. Primero como edil en su pueblo natal, Inca, después como diputada regional, para más tarde ser consejera del Consell Insular de Mallorca, antes de convertirse en 2015 en la primera mujer presidenta de la comunidad autónoma, cargo que revalidó cuatro años después, pero perdiendo ante el PP e inaugurando lo que su admirado Pedro Sánchez ha consagrado como marca de la casa socialista: un tutti frutti de Gobierno integrado por partidos que desprecian a España. En la Carrera de San Jerónimo se ha convertido por méritos propios en la ministra 23 del Gobierno de Pedro Sánchez colocando, como él, a peones entregados a la causa como es el caso del Letrado Mayor del Congreso, humillando así a ese alto Cuerpo de servidores del Estado y degradando el importante papel institucional de la Cámara.

Decían que no quiere seguir el camino de Alegría y Montero. Este sábado anunció que no repetirá como cabeza de cartel electoral en Baleares en mayo de 2027. No quiere recibir la somanta electoral que iría dirigida a su benefactor, Sánchez.