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Alberto Recarte García-Andrade

La dignidad de Adolfo Suárez. Su dimisión

El texto de la Constitución provocó un deterioro cada vez mayor de las relaciones con el Rey Juan Carlos y fue la primera de las causas que explican su agotamiento. Las otras dos fueron la descomposición de la UCD y, sobre todo, el terrorismo de ETA y las reacciones de los mandos militares

El presidente del Gobierno Adolfo Suárez en 1979EFE

Conocí a Adolfo Suárez, en su calidad de presidente del Gobierno, en el viaje oficial que hizo a la Cuba de Fidel Castro en 1978. Al terminar la visita me ofreció ser miembro de su gabinete en Moncloa para ocuparme de todo lo que tenía que ver con la economía. Acepté sin dudarlo.

Fueron años de intenso trabajo. Los siete que constituíamos el gabinete del presidente nos ocupábamos cada uno de sus competencias y todos de la política general. La persona más importante en ese pequeño gabinete presidencial era, para mí, Aurelio Delgado, su cuñado, el apoyo imprescindible de Adolfo Suárez para todo lo problemático, a nivel personal, en temas de seguridad nacional y en lo referente a la lucha contra el terrorismo. Nos convertimos en grandes amigos.

Lo que más me impresionó de Adolfo Suárez fue su determinación en la defensa del estado de derecho. Era plenamente consciente de la fragilidad de la nueva democracia. Por eso tuvo siempre un cuidado extremo en evitar que desde la Presidencia del gobierno salieran reproches, condenas o descalificaciones, de orden político o personal, a otros líderes o partidos políticos. Nunca replicó a la campaña de acoso y derribo que encabezó el PSOE tras perder las elecciones de 1979. Él mismo medía sus palabras hasta la extenuación. No le gustaba hablar con espontaneidad en actos públicos ni en el Congreso. Corregía innumerables veces los discursos que le preparaban las personas en las que más confiaba.

Diferencias abismales con el PSOE

La discusión del texto de la Constitución de 1978 puso de manifiesto las diferencias abismales que le separaban a él y a la UCD del PSOE de Felipe González, un partido, en esos años, de extrema izquierda, marxista todavía, defensor de una España plurinacional, más cercana a un Estado confederal que a otro federal. Por su parte, en la UCD convivían distintas voces. Socialdemócratas, cristiano demócratas, liberales y regionalistas. Las dificultades de entendimiento se convirtieron en agrias discusiones con los nacionalistas del PNV y los catalanes. El partido comunista cumplió, fielmente, los acuerdos con Adolfo Suárez que permitieron su legalización. Hago todas estas referencias para explicar el campo de minas que apareció al discutir el texto constitucional y la prudencia extrema en las manifestaciones públicas por parte de Adolfo Suárez.

El texto de la Constitución terminó por ser la primera de las causas que explican el agotamiento y la dimisión de Adolfo Suárez. Las otras dos fueron la descomposición de la UCD y, sobre todo, el terrorismo de ETA y las reacciones de los mandos militares.

El texto de la Constitución provocó un deterioro cada vez mayor en las relaciones del Rey Juan Carlos con Adolfo Suárez. Desde la muerte de Franco en noviembre de 1975 hasta la entrada en vigor de la Constitución de 1978, el Rey Juan Carlos fue el hombre clave para el éxito de la Transición. Con la inestimable cooperación de Fernández Miranda y el propio Adolfo Suárez. El Rey tenía todos los poderes heredados de la dictadura y los empleó para lograr que la nueva democracia impulsada por él tuviera éxito.

Lo que posiblemente el Rey no esperaba era que el texto constitucional le privara de todos sus poderes. En el primer borrador de la Constitución, el Rey mantenía competencias fundamentales para defender la unidad de España. Tenía incluso el derecho de nombrar a un pequeño número de senadores. Todas esas competencias desaparecieron de la noche a la mañana. Aunque, como ha recordado hace poco Jesús Cacho, la Monarquía sigue teniendo la capacidad de moderar e incluso de proponer a quien pudiera ser presidente del gobierno.

El Rey no aceptó de buen grado su irrelevancia competencial. Pretendió seguir teniendo la misma influencia política que antes de la Constitución. Adolfo Suárez no se lo permitió. Adolfo Suárez, como presidente del gobierno, sabía que estaba obligado a defender, sin contar con la anuencia del Rey, su poder ejecutivo, con los límites que fijaba la nueva Constitución, así como los del Congreso y los del Poder Judicial. El Rey se sintió traicionado. Y, por supuesto, no dejó de hacer política. Tenía auctoritas. De hecho, se convirtió en receptor de muchas de las quejas contra el funcionamiento de la nueva democracia. En concreto, en todo lo que concernía al ejército y a la lucha, y sus fracasos, contra el terrorismo.

Descomposición de la UCD

El segundo factor que influyó en la dimisión de Adolfo Suárez fue la descomposición de la UCD. Tras las elecciones de 1979 los socialdemócratas de Fernández Ordóñez no ocultaban sus deseos de pactar con el PSOE, los liberales de Garrigues dejaron de tolerar a los «chusqueros» que venían del franquismo, como el propio Adolfo Suárez, y los cristiano demócratas lucharon divididos contra todos. Mientras Adolfo Suárez se identificaba, cada vez más, con el centro izquierda, sobre todo en política exterior. La fundación del CDS encarnaba su desencuentro con el resto de la UCD.

El tercer factor, que explica su dimisión, el más importante, fue el fracaso en la lucha contra el terrorismo de ETA.

En 1976 el gobierno de Adolfo Suárez aprobó una ley de amnistía de todos los delitos políticos cometidos durante el franquismo, con el apoyo unánime de todos los partidos. Incluidos los asesinatos. Se llegó incluso a eximir de ir a juicio a los asesinos de Carrero Blanco. El fracaso fue tremendo. Apenas amnistiados los terroristas de ETA volvieron a donde solían. Los atentados, los muertos y los heridos se multiplicaron entre 1978 y 1980.

La nueva democracia española no fue capaz de reaccionar. Todos los partidos y, en particular el presidente del gobierno, priorizaron el respeto a los derechos de los acusados de terrorismo sobre la búsqueda de medios para derrotarlos. Recuerdo haber preguntado a Adolfo Suárez sobre por qué no responder, con los servicios profesionales de la policía y la guardia civil, con la violencia necesaria contra ETA. Me contestó en diversas ocasiones que la fragilidad de la nueva democracia lo impedía y que si se daba un paso en falso, respondiendo a los terroristas, todo lo edificado con la Transición se vendría abajo. No quedaba otro remedio que apretar los dientes y soportar los crímenes de ETA que afectaban, sobre todo, a militares, policías y políticos. El único recurso era la labor policial, la búsqueda de pruebas y su enjuiciamiento en la Audiencia Nacional.

El error en la lucha contra ETA

En ese momento me convenció. Pero fue un error. Todas las democracias europeas han recurrido a la guerra sucia contra el terrorismo. Francia contra la OAS, el Reino Unido contra el IRA, Alemania contra la banda de Baader Meinhof.

La situación de España era todavía peor, porque ETA siempre contó con el apoyo de la República Francesa, presidida por Giscard, que quería tener a una España debilitada en su frontera sur. Sin el apoyo de ese indeseable amante de las joyas, igual que su discípulo político Rodríguez Zapatero, la lucha contra el terrorismo habría sido diferente. Sin el apoyo de Giscard, ETA no habría sido el cáncer que sigue carcomiendo la política española como lo explica Jaime Mayor con muchos más argumentos.

A ETA se la empezó a vencer policialmente sólo cuando el «gobierno» de Felipe González creó los GAL. En lugar de utilizar los servicios de profesionales de los cuerpos de seguridad, que se ofrecían voluntariamente para acabar con los terroristas. Paradójicamente, los atentados del GAL, ametrallando indiscriminadamente a etarras, supuestos etarras y ciudadanos franceses fueron lo que hizo cambiar la actitud del gobierno de Miterrand ante ETA. No quería terrorismo en las calles de Francia. A partir de ese momento se permitió la colaboración de la policía francesa con la española. Hasta el poder judicial francés empezó a perseguir a los terroristas de ETA.

Pero volvamos otra vez la vista atrás. La indignación de los militares y de los cuerpos de seguridad ante el fracaso de la lucha contra ETA llegaba a la Presidencia del gobierno por todas partes. Y muy singularmente se dirigían al Rey, para que presionara al gobierno de Adolfo Suárez.

La despedida

Finalmente, el 29 de enero de 1981, Adolfo Suárez dimitió. En su discurso de renuncia dice que lo hace para que la democracia no fuera un «paréntesis» en la historia de España. Dice también que nadie le ha forzado a hacerlo. Que yo sepa, a nadie le comunicó las razones precisas por las que lo hizo. Tampoco se sabe hasta qué punto los servicios de inteligencia de la policía le habían informado sobre los movimientos de los golpistas. La información no procedía, ciertamente, del CESID, un organismo del que siempre desconfió por considerarlo golpista, como comentó en diversas ocasiones con los miembros de su entorno.

Sí supe el 21 de febrero de 1981, dos días antes del intento de golpe de Estado, cuáles eran sus preocupaciones al abandonar la Presidencia del gobierno. Ese día fui a Moncloa a despedirme, pues tenía programado un extenso viaje fuera de España, una vez finalizada la sesión de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo. En la conversación que mantuvimos me dijo «me voy del gobierno con la preocupación de tener a Armada de segundo jefe del Estado Mayor». Y continuó: «Agustín Rodríguez Sahagún ha cedido a las presiones del Rey aprovechando que yo estaba fuera de Madrid». Creo recordar que días antes había viajado a Canarias. Una prueba de lo justificada que habría sido su dimisión.

Durante el intento de golpe del 23 de febrero, hizo, una vez más, prueba de su valentía y del respeto que tenía a su cargo como presidente del gobierno. Nunca se dejó amedrentar. El día siguiente intentó dar marcha atrás a su dimisión y volver a ser presidente del gobierno. Un deseo inútil, pues no contaba con apoyos en la UCD, ni en la oposición, ni con el del Rey. Un Rey que, a pesar de no tener competencias, pero sí auctoritas, había logrado convencer a los capitanes generales de que no apoyaran a Tejero y a Milans del Bosch. La esperpéntica aparición de Armada explica la preocupación de Adolfo Suárez. Por más que siempre he creído que Armada era un golpista de salón y que su propuesta de gobierno de coalición nunca habría salido adelante. Tenía el apoyo del PSOE, pero los jefes militares desconfiaban de él y lo que querían era la seguridad de que se iba a luchar contra el terrorismo y de que se iba a garantizar la unidad de España, algo que nadie tenía claro con el tipo de gobierno que habría formado Armada.

Adolfo Suárez dimitió por dignidad, por respeto a la Constitución, por respeto a la dignidad de la Presidencia del Gobierno y por respeto a la legalidad en la lucha contra el terrorismo.