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Así reza el primer párrafo del himno a Ceuta; por siempre noble y leal, continúa la letra.

Y precisamente desde ese sentimiento, desde el cariño incondicional, escribo estas líneas a la ciudad que me vio nacer; pero inevitablemente, esa clara inclinación de veneración está también envuelta en otras sensaciones que van desde la sorpresa inicial, hasta la indignación, pasando por la frustración y el desencanto.

Hace ya más de un mes, la ciudad de Ceuta fue invadida por una turba incontrolada de más de ochenta mil personas, atraídas, según la versión oficial, por falsas noticias y propiciada por las mafias de tráfico de personas. Inmediatamente el presidente del Gobierno español visitó la ciudad declarando rotundamente que se había producido una clara violación de la integridad territorial de España y exculpando a Marruecos de tal hecho, poniendo de manifiesto la cooperación constante con el país vecino, y achacando a una sentencia del Tribunal Supremo la razón de la avalancha de inmigrantes.

A partir de ese momento, se han producido una serie de visitas ministeriales a Ceuta en las que han proliferado las más variopintas y, a veces, contrapuestas opiniones.

Al día siguiente, con la visita del ministro del interior, se declaró una «normalidad oficial» que el tiempo ha venido a demostrar absolutamente inconsistente y que se pone de manifiesto cada día en la imposibilidad de desarrollar una vida normal de los ciudadanos ceutíes, a pesar de los intentos oficiales por consolidar una «normalidad secuestrada» que es verdaderamente lo que padece Ceuta.

En cuanto a la información de que se disponía con respecto a la posibilidad de invasión, los hechos son bochornosos. Lejos de presentar un frente sólido, el ministro del interior y la de defensa han entrado a la greña como consecuencia de la actuación de los servicios de información, derivando una vez más, en un ejercicio de trilerismo político para intentar conciliar posturas irreconciliables.

Algunas de las informaciones que se han vertido en algunos medios de comunicación, carentes de rigor y con un marcado sectarismo, han contribuido a crear más confusión y enfrentamiento si cabe, tal y como nos tienen acostumbrados.

Los ministerios de Igualdad y migraciones, callan ante las más de veinte violaciones de niñas que ya se han registrado.

La ministra de sanidad declara con desfachatez y sin ni siquiera osar reunirse con los facultativos de la ciudad, que la situación no es de colapso sanitario.

El ministerio del interior, aún no ha sido capaz de establecer cuántos inmigrantes invadieron nuestras fronteras, y lo que es más preocupante, a día de hoy aún no ha sido capaz de establecer cuántos permanecen en la ciudad (quizás contando las bolsas de comida que reparte Cruz Roja se podría, al menos, establecer una estimación). Los que quedan, han establecido campamentos improvisados y han colapsado (no sé si técnicamente desde el punto de vista sanitario para no contradecir a la ministra de sanidad), pero sí en capacidad, a los ya de por sí mermados servicios sanitarios ceutíes. La última brillante idea ha sido establecer unas carpas en las que no caben más de cuatrocientas personas por campamento, cuando se estiman miles de personas para acogerse a ellos.

Los saneamientos de la ciudad están desbordados, con miles de personas vagando por la misma y realizando sus necesidades en calles, parques y jardines, con el consiguiente riesgo de infecciones, a las que se añaden las derivadas de enfermedades dérmicas, venéreas o puramente infecciosas.

El orden público se ha visto gravemente deteriorado, haciendo necesario un refuerzo de miembros de cuerpos y fuerzas de seguridad del estado y del Ejército de Tierra, en una cantidad manifiestamente insuficiente y en unas condiciones de vida sensiblemente mejorables. Las instrucciones que parecen tener son las de evitar acciones violentas contra los inmigrantes y tratar de convencerlos de su vuelta pacífica a Marruecos.

Los miembros del Ejército de Tierra patrullan las calles, montan guardia en los supermercados, e incluso, realizan tareas de control de masas, eso sí, sin tener estatus de agente de la autoridad, lo que provoca hechos tan bochornosos como el apedreamiento de patrullas que tienen que recurrir a la policía para ser rescatados, ante la imposibilidad del uso de unas reglas de enfrentamiento que, al menos, amparen el legítimo derecho a la autodefensa. Para esto último, quizás habría sido necesaria la declaración del estado de alarma, o un decreto ley que amparara a unos profesionales que, pese a jugarse la vida en el desarrollo de sus cometidos, tanto en estos casos como en el contexto de las misiones internacionales, se les deniega sistemáticamente la condición de profesión de riesgo.

Las relaciones con nuestro vecino del sur siempre han sido complicadas. Históricamente, desde las campañas desarrolladas en el Protectorado español en Marruecos hasta el conflicto del Perejil, la política española errática e intermitente ha motivado decisiones y tomas de postura que, en ausencia de firmeza, han sido interpretadas por nuestros vecinos del sur, como debilidades, y ésta es la situación actual.

Evidentemente, a estas alturas, deben ir estableciéndose una serie de premisas que me parecen fundamentales:

Sentada como incuestionable la irrefutable españolidad de Ceuta basada en sus antecedentes históricos, jurídicos y sociales, los hechos ocurridos en la ciudad deben ser calificados como una clara violación de la soberanía nacional y como tal deben ser afrontados, de manera global y contundente empleando todas las herramientas de que dispone el estado para hacerle frente: diplomáticos, económicos, judiciales, policiales y militares, si llegado el caso, hubiese que recurrir a una disuasión más patente.

Las instituciones deben constituir un bloque sólido, por encima de intereses partidistas, puesto que lo que está en juego es la soberanía de la nación, su prestigio internacional y el futuro de una parte de la indisoluble unidad de España tal y como establece nuestra Constitución.

Nadie compra ya el relato de que esta invasión ha sido provocada por las mafias de tráfico de personas; sin duda, es una fase más que Marruecos ha establecido en esa «Amenaza híbrida» que mantiene sobre nuestras ciudades autónomas. Nadie puede pensar, a pesar del relato, que el movimiento de más de ochenta mil personas al otro lado de la frontera no había sido detectado por nuestros servicios de información. Una vez más, Marruecos nos ha echado un pulso, y está estirando el chicle y valorando nuestra reacción, para ver hasta dónde puede llegar en sus reivindicaciones.

Es necesario involucrar a Europa en la resolución del conflicto, poniendo claramente de manifiesto que éste es un reto europeo, y no únicamente español, requiriendo los apoyos necesarios, haciendo así partícipes a nuestros socios de los riesgos que una inmigración masiva incontrolada pueda provocar y evitando enfrentamientos con otros miembros de la Unión, como ha ocurrido con Italia, que fracturan la ya de por sí frágil, pero imprescindible cohesión europea, ante este tipo de amenazas.

La creación de un mando único, aunque tardía, parece una solución adecuada, pero debe ser dotada de contenido, de responsabilidades y de medios para cumplir su misión y materializar la necesaria respuesta del estado frente a una agresión de esta magnitud. La coordinación entre administraciones, por encima de intereses espurios debe ser el principio básico que presida su actuación, que debe contar con designios claros y la adecuada cohesión para constituirse en un organismo verdaderamente creíble que alcance a resolver esta crisis.

Finalmente, la intención de mis palabras no es buscar protagonismo, y mucho menos debilitar a las instituciones de la nación, ni al Ejército, al que amo por encima de todo, sino enviar mi humilde aportación a mis paisanos caballas que en estos momentos merecen todo el apoyo y cariño de su nación que parece haberlos olvidado.

Su vida cotidiana se ha visto afectada, sus derechos conculcados, su economía gravemente deteriorada, sus niños y jóvenes constreñidos por miedo a agresiones, pero sin duda, lo que no se ha resentido, ni lo hará, es su españolidad, su resistencia y su nobleza, porque como gritan cada día hasta enronquecer: «¡Ceuta no se vende, Ceuta se defiende!».

Tal y como figura en la estrofa final de su himno y proclama el valiente de su presidente, Juan Jesús Vivas:

Y el grito de ¡Viva Ceuta!

De un ¡Viva España!

Salud y honor,

Canto de paz y amor.

Con Ceuta siempre en el corazón, ¡Viva Ceuta! y ¡Viva España!

  • Antonio Ruiz Benítez, natural de Ceuta, es general de División del ET. (R).
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