Educación y Nación
No es raro que se mire para otro lado mientras en las aulas catalanas y vascas, dominadas desde hace medio siglo por sus respectivos nacionalismos, una generación tras otra de niños son adoctrinados sin tapujos en la existencia de sus presuntas naciones y en su sagrado derecho a la autodeterminación
Sin duda para muchos tenía razón José Luis Rodríguez Zapatero cuando, el 17 de noviembre de 2004, afirmó, de forma taxativa, en el Congreso de los Diputados que el de nación es un concepto «discutido y discutible en la teoría política y en la ciencia constitucional». Quizá serían también muchos quienes se la concederían asimismo en su valoración posterior. «Desde que tengo uso de razón –proclamó el entonces presidente del Gobierno– me han asustado las afirmaciones categóricas, indubitadas y que rezuman fundamentalismo». Muchos, sí, pero todos ellos, o casi todos ellos, simpatizantes de nuestra izquierda. Porque nuestra izquierda, y digo «nuestra» porque es bastante peculiar en este aspecto en el contexto europeo, hace tiempo que mantiene una relación cuando menos ambigua e interesada con el concepto de nación. A grandes rasgos, sus dirigentes no tienen escrúpulo alguno en ponerse de perfil cuando se trata de defender la existencia de la nación española, mientras aceptan como verdad revelada la realidad de las naciones vasca y catalana, cuyos valedores, mire usted por dónde, los sostienen con sus votos en un poder que las urnas no les han dado, al menos de forma directa.
No es raro, pues, que se mire para otro lado –y la derecha no es en ello menos culpable– mientras en las aulas catalanas y vascas, dominadas desde hace medio siglo por sus respectivos nacionalismos, una generación tras otra de niños son adoctrinados sin tapujos en la existencia de sus presuntas naciones y en su sagrado derecho a la autodeterminación. Poco importa que la primera sea, esta sí, discutible y que el segundo sea simplemente falso, pues la ONU solo se lo reconoce a los pueblos coloniales y los oprimidos, y ni catalanes ni vascos son una cosa ni la otra. Poco importa, también, si hacerlo requiere del empleo de grandes dosis de mentira y manipulación histórica. Recuerdo a Indalecio Prieto (los socialistas de entonces recelaban de los nacionalismos patrios) preguntando a los diputados sobre la mítica batalla de Arrigorriaga, tenida por el PNV como verdad histórica indiscutible y marca de nacimiento de la presunta soberanía vasca en la Edad Media: «¿Habéis oído vosotros hablar de ella? Pues para estos señores es algo así como la batalla de las Navas de Tolosa». Y no puedo evitar, bajando mucho el listón, todo hay que decirlo, remitirles a la web del Institut Nova Història, financiado por la Generalitat con el único objetivo de propalar las más increíbles quimeras nacionalistas sobre la historia de Cataluña, en la que se afirma sin rubor nada menos que la posibilidad de que Tortosa, en el delta del Ebro, sea la verdadera ubicación de la mítica Tartesos. No es ninguna sorpresa si uno lee bien cómo se presenta el citado Instituto (traduzco): «Fundación catalana dedicada a la investigación y divulgación de los aspectos escondidos o manipulados de la historia de Cataluña, con rigor y metodología multidisciplinaria». Sin comentarios.
Por supuesto, esta página puede leerla quien quiera, sobre todo si quiere pasar un rato divertido leyendo que Colón era catalán, fue la Corona de Aragón la que financió su expedición, esta partió del puerto gerundense de Pals, y no del onubense de Palos, y, oh sorpresa, Artur Mas es descendiente directo del almirante. Un rato divertido, sí, siempre que olvidemos que semejante instituto, que dedica todos sus esfuerzos a propalar delirantes falacias históricas nacionalistas, está financiado con dinero de todos los catalanes, nacionalistas y no nacionalistas. Pero esto no es nada comparado con lo que sucede en las aulas. Primero porque los alumnos catalanes no tienen elección: la historia que se les enseña es nacionalista y se orienta a desarrollar en ellos la conciencia nacional catalana en oposición a la española. Y segundo porque son menores y su juicio crítico está lejos de haberse desarrollado, con lo que se encuentran inermes ante una manipulación tan descarada. Así, los niños catalanes aprenden que Cataluña era un estado independiente antes de 1714, fecha en la que el malvado Borbón Felipe V le robó sus libertades. Asimilan también que la guerra de 1808 no fue una guerra de España contra Francia, sino la «Guerra del francés», en la que Cataluña luchó por su independencia contra Napoleón. Y no son raros los libros de texto que afirman que bajo el franquismo no solo se prohibieron las sardanas, el himno y la bandera catalana, sino que el catalán fue objeto de una represión extrema y se prohibió que se enseñara en la escuela, que se utilizara en el teatro y en la edición de libros y periódicos, e incluso hablarlo en lugares públicos, cuando lo cierto es que en 1945 se iniciaron las emisiones de radio en catalán; se comenzaron a editar numerosas revistas en catalán, como Canigó, Tele-Estel o Serra d’Or; se fundó la editorial Abadía de Montserrat, que publicaba en catalán, y en 1952 la Universidad Central de Madrid contaba ya con la cátedra Juan Boscán de lengua y literatura catalanas. Y no solo eso. En los años 60 se podía estudiar en catalán en numerosos centros de enseñanza. En 1964 TVE inició su programación regional en lengua catalana. Se bailaban sardanas, había teatro en catalán y cantaban los orfeones.
Pero claro, esta versión del pasado conviene mucho a los nacionalistas. Primero, porque implanta en los jóvenes una visión de Cataluña como ente distinto e incluso opuesto a España, a la que debe enfrentarse para preservar su presunta identidad nacional. Y segundo, porque encaja a la perfección con el victimismo característico del nacionalismo catalán, esa lista de agravios imaginarios que alimentan el rencor y legitiman, como ha señalado recientemente Félix Ovejero, uno de los pocos representantes coherentes de la izquierda patria (La invención del agravio: Nacionalismo y crisis de la democracia española, Alianza Editorial, 2026), la continua exigencia de privilegios disfrazados de derechos de los líderes nacionalistas. Leamos, pues, historia. Pero leámosla bien y leámosla toda, no solo la que nos conviene.
- Luis E. Íñigo es historiador e inspector de educación