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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Hispanidad

Hay que reivindicar con orgullo el término ante la comunidad ibérica y transoceánica de tontos

Hoy es oficial y sentimentalmente el Día de la Hispanidad, pero también el del tonto ibérico y el del transoceánico, caracterizado por insultar a lo que él mismo es con una fábula de lo que hicieron o les pasó a sus tatarabuelos.

Solo en España pagamos a quienes nos desprecian, con casos sorprendentes de incultura osada que aprovechan el 12 de octubre para pasear sus delirios: hay líderes políticos que hablan de genocidio, otros de descolonizar museos, y se cruzan con sus homónimos en Hispanoamérica apellidados López que también hacen lo mismo y transitan por la vida exigiéndole disculpas a Felipe VI para disimular las consecuencias de su gestión, que básicamente son pobreza, violencia y tráfico de drogas a gran escala.

Pero España es un gran país cuyas sombras son infinitamente inferiores a sus luces, con dos gestas indispensables para entender a la propia Humanidad que, en lugar de estudiarse con orgullo, se arrinconan en el oscuro sótano del sectarismo ideológico: el Descubrimiento, que llevó civilización por más que algún ceporro sostenga lo contrario, y la Reconquista, que frenó la extensión del fundamentalismo tal vez a toda Europa.

Ambas gestas están por encima de la llegada a la luna, pero aquí se maltratan como pecados originales que generan deudas eternas, cargando en el presente un futuro inventado con la misma creatividad aplicada a la España de los años 30, resumida en ambos casos a brochazos: lo primero fue una matanza indiscriminada de indios y en lo segundo se quebró una República idílica donde reinaba la paz, el progreso y las libertades.

Solo un majadero esconde los múltiples estropicios que en ambos escenarios genera la acción del hombre cuando se mezclan una multitud de factores imposibles de resumir en un solo, y obviamente la llegada a América comportó también fuego y sangre; como el fin de la República trajo guerra fraticida y dolor incurable.

Pero si en el caso de la Guerra Civil resulta ya a estas alturas imposible ignorar que el choque fue más contra la revolución que contra el régimen constitucional vigente (lean o relean todos los cuadernos escritos en el exilio por Manuel Azaña y saldrán de dudas), con todo lo que eso comporta y la honda resaca que provoca; en el del Descubrimiento solo un imbécil puede sostener que el legado español se resume en trabucos, conquistas y crímenes masivos.

La realidad es que Hispanoamérica es una potente comunidad que, desde España, gozaría de un potencial internacional imparable de no ser porque aquí hay una clase política que se avergüenza de un inmenso legado y allá otra que lo manipula para tapar sus trapacerías, su incompetencia, sus peajes mafiosos y su formidable fracaso populista, envuelto en un poncho para camuflar el hedor de su fracaso.

La Fiesta Nacional no es una excusa lúdica para celebrar tímidamente un sentimiento individual y discreto, sino la plataforma para reivindicar una historia inconmensurable que, gestionada con decencia, le otorga a una comunidad global su mejor herramienta de futuro.

Y a Otegi, López Obrador, Junqueras, Pradales, Sánchez, Iglesias, Maduro, Sheinbaum y otras hierbas del montón, que les vaya bonito: debe ser horrible pensar y soñar en español y sentirse poseído por Hernán Cortés a la vez, pero es lo que hay y quizá debamos decirlo más a menudo.

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