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El PSOE despierta de su letargo pero la derecha ni afloja ni se confía

Sánchez se ha echado el partido a las espaldas en busca de la épica. Quien más arriesga en una campaña es quien menos tiene que perder. A Feijóo se le nota preocupado por no cometer errores

Madrid

Pedro Sánchez, el pasado lunes en un mitin en Valladolid

Pedro Sánchez, el pasado lunes en un mitin en ValladolidEva Ercolanese/ PSOE

La estrella invitada de la campaña electoral del PSOE en 2023 fue José Luis Rodríguez Zapatero. La de este 2026 también habla español, pero poco más tiene en común con el expresidente del Gobierno. Se trata de Javier Milei, muy a su pesar. Los socialistas han exprimido al máximo el paso del presidente argentino por Madrid. Lo recibieron con una lona en Ferraz en la que «los zurdos y las zurdas» le daban la bienvenida a España e hicieron pins, carteles y camisetas con el eslogan «Orgullo zurdo».

Hasta Pedro Sánchez se puso una en el mitin que dio el miércoles en Burgos, donde aseguró que Milei, Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal forman parte de «la misma peña»: «La de los recortes, el tijeretazo y la motosierra». Para tijeretazo, el que él ha hecho en la lista del PSOE por Burgos al Senado, de donde sacó al anterior líder del PSOE de Castilla y León, Luis Tudanca, pese a haber sido elegido por la militancia. Pero de eso no habló en el mitin.

Pedro Sánchez, en el mitin de Burgos del pasado miércoles

Pedro Sánchez, en el mitin de Burgos del pasado miércolesEva Ercolanese/ PSOE

Entre Milei y el beso a lo Kirchner –La fuerza del amor, lo llamaron– que el presidente y Begoña Gómez se dieron la pasada en Fuenlabrada, al PSOE le está quedando una campaña de lo más argentinizada. A ver qué pasa si, finalmente, Milei vuelve a la capital para la Cumbre Iberoamericana de los días 4 y 5 de noviembre (aún no ha confirmado su presencia). ¿Lo recibirá el Pedro Sánchez presidente o el Pedro Sánchez candidato? Porque en las casi tres semanas transcurridas desde el adelanto electoral, la precampaña le ocupa casi todas sus horas del día.

Lo cierto es que Sánchez se ha echado el partido a las espaldas en busca de la épica. En las últimas encuestas se aprecia una movilización del electorado del PSOE, como no podía ser de otra manera. Porque en el último año y medio venía de un nivel de abstencionistas e indecisos tan amplio que tenía mucho margen de mejora. Ello, a su vez, ha provocado el efecto visual de que el PSOE –que no la izquierda en general– está subiendo y la derecha permanece estancada, cuando en realidad la derecha ya llevaba mucho tiempo hipermovilizada. En especial, los votantes de Vox.

Santiago Abascal, el jueves en Burgos

Santiago Abascal, el jueves en BurgosVox

Sánchez se pasó buena parte de la legislatura a la defensiva, tratando de esquivar los golpes de la corrupción (José Luis Ábalos, Santos Cerdán, Leire Díez, Víctor de Aldama, la financiación del PSOE…), y ahora se ha lanzado al ataque como si le fuera la vida en ello, que realmente le va. Lógico. Quien más arriesga en una campaña es quien menos tiene que perder.

Los viejos fantasmas

Sin embargo, al PP se le está notando demasiado que lo que más le preocupa es no cometer errores. Los populares aseguran haber superado el trauma de 2023, pero no pueden quitarse del todo el miedo a quedarse a las puertas de la Moncloa nuevamente. En las anteriores generales, sus asesores le dijeron a Alberto Núñez Feijóo que había un 30 % de posibilidades de vuelco. Y, aunque no lo hubo propiamente dicho porque Sánchez no ganó, la derecha no sumó. En esta ocasión, le han hablado de que hay al menos un 97-98 % de probabilidades de que el PP y Vox alcancen la mayoría absoluta en el Congreso y, aun así, ni en la planta noble de Génova 13 ni en ninguna otra nadie se confía. Ni tampoco quieren que los votantes se fíen y dejen de ir el 29 de noviembre a las urnas.

Más allá de los viejos fantasmas, la realidad es que la derecha no afloja y tiene al alcance romper el techo que alcanzó en las elecciones generales de 2011. Entonces, el PP de Mariano Rajoy consiguió 186 diputados y UPyD, 5 (aunque surgió de la izquierda, con la exsocialista Rosa Díez a la cabeza, sus votantes estaban más a la derecha). En total sumaron más de 12 millones de votos y un 49,33 % de porcentaje de voto.

Alberto Núñez Feijóo, firmando un contrato con los españoles el lunes

Alberto Núñez Feijóo, firmando un contrato con los españoles el lunesPP/ Diego Puerta

Como en Ferraz intuyen que no pueden desmovilizar a la derecha, su estrategia se basa en movilizar a los suyos y engordar a Vox. Creen que, azuzando la transferencia de voto del PP a Vox, tienen opciones reales de que Sánchez quede por delante de Feijóo. Una posibilidad que niegan en la sede del PP. No obstante, en 2023 una de las ideas fuerza de la campaña de Feijóo fue ofrecer a Sánchez un pacto preelectoral para que gobernara la lista más votada y, en esta ocasión, el candidato del PP no ha mencionado esa soga por si acaso.

En lo que coinciden en ambas orillas electorales es en que queda mucho hasta el 29 de noviembre. Y en que los ciudadanos deciden su voto cada vez más tarde. Sánchez tiene: los martes sociales electorales del Consejo de Ministros. La Diputación Permanente del Congreso. La huelga general contra la oposición del 11 de noviembre. Las delegaciones del Gobierno, que desempeñan un papel fundamental (para bien o para mal) frente a las violentas algaradas callejeras que ya se han visto esta semana. La plataforma mundial de la Cumbre Iberoamericana de principios de noviembre en Madrid. Los medios públicos. El CIS, aunque se le haya gastado de tanto manosearlo. Y un equipo de campaña de colmillos muy afilados, que escudriña cada declaración de cada dirigente del PP en busca de rábanos que agarrar por las hojas. Ya sea por las pensiones, las bajas laborales, el aborto, los impuestos o los sacrificios.

Y Feijóo y Abascal tienen: el reclamo del cambio. El del antisanchismo. La mayor movilización de la derecha en 15 años. A la extrema izquierda de aliada involuntaria. Una victoria en el Tribunal Supremo frente a la ley de nietos que aleja las dudas sobre el censo. Pero, sobre todo, un objetivo común y una oportunidad difícilmente mejorable.

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