Ilustración del ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente
El perfil
Óscar Puente, qué son 110 muertos y 260 heridos comparados con su calvario
Hoy solo la degradación moral de Pedro Sánchez, pareja a la suya, le mantiene en el Ministerio. Lo cierto es que está carbonizado y todo su crédito dilapidado, y con él, el de los ferrocarriles españoles, otrora la mejor marca España
Una compañera periodista hizo el miércoles a Óscar Puente, cuatro horas después del segundo accidente en nueve meses en nuestra red ferroviaria, con un resultado conjunto de más de 110 muertos, la siguiente pregunta: «¿Cómo se siente usted emocionalmente?». Parecida cuestión a la que planteó hace un año otro informador a Pedro Sánchez, tras su huida –abucheado– de Paiporta, el epicentro de la dana: «¿Usted cómo está?» Ahora, después de que estos dos miembros del Ejecutivo nos hayan llevado al infierno entre hierros oxidados y riadas asesinas, una parte de la prensa española se interesa por la salud mental de Óscar Puente y de Pedro Sánchez. Quizá este contradiós explique bien el presente de la política y el periodismo tras ocho años de sanchismo.
Ese régimen –del que Óscar Puente (Valladolid, cumplirá 58 años dentro de quince días) es su quintaesencia, su exacta tonalidad moral–, produce estos monstruos. Tal es la hemiplejia moral del todavía titular de Transportes, que llegó a decir el viernes que se queda en el puesto, aunque sabe que le espera «un calvario», porque su permanencia no es mala para el proyecto de país de Sánchez, al que está vinculado –en la vida y en la muerte, sobre todo en la muerte– desde el traumático Comité Federal de octubre de 2016, cuando el hoy presidente fue forzado a dimitir. En aquella travesía del desierto, mientras buena parte del aparato de poder de Ferraz cerraba filas con Susana Díaz, Puente se posicionó con su hoy jefe, dándole cobertura desde Valladolid, ciudad de la que era alcalde. Desde entonces son uña y mugre.
La prensa le ha mostrado siempre como un devoto aficionado a las fiestas, las salidas nocturnas y al disfrute; hasta cuenta con una impagable foto en un yate propiedad de un empresario regado con concesiones públicas durante la pandemia
Pero el nefasto ministro apareció en la vida de todos los españoles –tras haber sido regidor pucelano– en septiembre de 2023, cuando Pedro Sánchez le envió a la tribuna de oradores del Congreso a contestar a Núñez Feijóo en su fallida sesión de investidura tras ganar las elecciones. Nadie como Puente pudo encarnar mejor la negritud del régimen, ni canalizar tan expertamente el odio hacia los rivales. Cobardemente el presidente no salió a dar la cara y quiso humillar al jefe de la oposición mandándole lo peor que tenía a mano. Entonces nació un personaje que ha sido letal para España, máxime cuando se convirtió en 2023 inexplicablemente, inverosímilmente, inadmisiblemente (usando sus palabras y las de Sánchez en estas horas de dolor en Urda) en ministro del Reino de España.
A las 9:08 del pasado miércoles, un cuarto de hora después del terrible choque de trenes en Toledo, Puente posteó un mensaje que contenía un vídeo del presidente electo brasileño Lula da Silva, comparándolo con el perdedor Flavio Bolsonaro. Ese asunto era el que captaba el interés del ministro, y no el grave siniestro de los trenes, cosa lógica en alguien que, nueve meses después, no ha dado ni una explicación del dramático primer accidente, el de Adamuz. Su interés seguía en el relato de llevar el agua de la victoria de un líder de izquierdas en Brasil al molino del 29-N, mientras a menos de cien kilómetros de su despacho su país volvía a parecer Bangladesh. «La superioridad moral de la izquierda», proclamaba en X, camino del Foro Mundial de Infraestructuras al que iba a asistir en la Politécnica madrileña.
Allí, cuando caminaba hacia el evento, recibió en su móvil la noticia de la segunda tragedia ferroviaria más grave producida en España, las dos bajo su mandato, las dos en menos de un año, las dos con decenas de víctimas inocentes. Tomó el coche oficial y se fue a Atocha, en cuya sala de control hallaría la coartada para su incuria: en pocas horas echó la culpa al trabajador que gestionó la crisis entre el AVE y el Iryo. Solo hacía una semana que Puente había acudido al programa de Marc Giró, Cara al show, donde rio, bailó, hizo mofa de los retrasos en los trenes, y de su hiperactividad en las redes sociales. Entonces, las víctimas de la primera tragedia de Córdoba clamaron al cielo por las bromas de quien no ha movido un dedo por dar una explicación de lo que pasó en ese siniestro de enero. «Vaya por Dios –reía el ministro en el sketch promocional cuando se paraba el ascensor en el que subía al plató–, como si no tuviéramos bastante con la Renfe ya». Ese era el nivel, esa era la falta de empatía, de sensibilidad y de corazón. Esa era la hechura del personaje; pero todavía faltaban unos días para conocerle en toda su catadura moral.
Desde que Sánchez disolvió las Cortes, se había convertido de facto en el alter ego del presidente, ejerciendo de apoyo en la precampaña de Sánchez, sustituyendo el papel que ejerció Zapatero hace tres años. Con su tono macarra y faltón, en estos últimos días, paradójicamente, se había dedicado a descalificar al futuro Gobierno del PP y Vox, al que consideraba ejemplo de «odio». Como premio, el líder socialista le volvió a colocar de número 1 por Valladolid. Era una pieza fundamental en la narrativa falaz del partido: alertar de la llegada de la ultraderecha. Lejos quedaba su trapacero cambio de registro tras la tragedia de Adamuz. Su tono cambió súbitamente días después del desastre: ya no había insultos, ni sarcasmos, ni bromas de mal gusto, ni paladas de hiel contra los ajenos. Hasta el accidente –al que en primera instancia llamó «incidente», sin hacer mención a las víctimas–, el que fuera alcalde de Valladolid de 2015 a 2023 había publicado 278 tuits sobre la dana y 140 sobre los incendios, algunos de muy mal gusto: hasta le preguntó al presidente de Castilla y León, Fernández Mañueco, cuando estaba ardiendo su Comunidad, si «Juanma Moreno te ha contado qué tal el tiempo en Cádiz. En Castilla y León está calentita la cosa».
Pero le aconsejaron cambiar su imagen. Los más benevolentes atribuyeron ese papelón digno de Óscar a que había sido padre de su tercer hijo, junto a su actual mujer, Yasmina Gregori, y que el pequeño Óscar III, como él le llama, le enterneció para ver el dolor de otros. Todo era impostura. Separado de la madre de sus dos primeras hijas, la prensa le ha mostrado siempre como un devoto aficionado a las fiestas, las salidas nocturnas y al disfrute; hasta cuenta con una impagable foto en un yate propiedad de un empresario regado con concesiones públicas durante la pandemia. Hoy solo la degradación moral de Pedro Sánchez, pareja a la suya, le mantiene en el Ministerio. Lo cierto es que está carbonizado y todo su crédito dilapidado, y con él, el de los ferrocarriles españoles, otrora la mejor marca España. Si valoramos sus descripciones tuiteras: la pareja de Díaz Ayuso, de quien dijo que era «justita», era «un testaferro con derecho a roce»; aconsejó a Susana Díaz «mirar de reojo a la izquierda mejor que poner el c… en pompa a la derecha»; de Vito Quiles aseguró que es «un saco de m…»; a Toni Cantó le llamó «un m… que no nos llega ni a la suela del zapato»; de Mañueco presumió que «se va de farra», qué se podría decir de él con sus imprecaciones estentóreas y más de 110 muertos a sus espaldas y 250 heridos. Tan vituperado dice sentirse que ha destinado a todo un equipo de su Ministerio, pagado con fondos públicos, a rastrear los improperios que recibe desde que se sienta en el Ejecutivo y hasta se ha atrevido a insultar al Rey Felipe VI.
Este corrosivo letrado pucelano, hoy en sus horas más bajas, fue actor en los 90 antes de pasar a cobrar del presupuesto público
En verano de 2024 sostuvo en el Senado que «el ferrocarril vive su mejor momento», y en un desayuno informativo apostó por elevar a 350 kilómetros por hora la velocidad en la línea Madrid-Barcelona; incluso anunció que el presidente de Renfe abogaba por vender billetes en determinados trayectos para que la gente fuera de pie, sin asiento asignado. A la luz de lo que acaba de ocurrir en Urda, y antes en Adamuz, y en la red de cercanías catalana, su discurso adquiere tintes de puro sadismo.
Pero es que Puente llegó a Madrid no para gestionar el transporte, sino para que temblara «la fachosfera», su hallazgo favorito. Pero, claro, dando mandobles no se ha arreglado la desastrosa falta de mantenimiento de la red del AVE; ni con un discurso faltón se ha ventilado el hedor que desprende el Ministerio que él asumió de manos de Raquel Sánchez –a la que no le cabían los trenes por un túnel–, que a su vez lo recibió de José Luis Ábalos. El caso mascarillas le obligó a encargar una auditoría blanda sobre los tejemanejes de su antecesor, que desde entonces le ha jurado odio eterno. Cambió el equipo donde trabajó la imputada Pardo de Vera y las «sobrinas» del inquilino de Soto del Real, nombrando a Luis Pedro Marco al frente de Adif y, hace más de un año, designando a Álvaro Fernández Heredia como presidente de Renfe, cuya única experiencia en la materia es haber sido secretario general de movilidad de Sumar. Otro gran nombramiento, solo superado por el asiento de consejero de Renfe Mercancías que disfrutó Koldo García Izaguirre o el despacho de Jésica Rodríguez en Ineco.
Como su mentor, Puente «cambia de opinión» con una soltura admirable. Hace unos meses calificó a Puigdemont como el «Charles Mason» de la política española, jefe de una secta –los separatistas–, que le siguen al infierno con los ojos cerrados. En su penúltima reencarnación como el Demóstenes del sanchismo, se trasmutó en el mayor defensor del fugado y promotor de la amnistía para contentarle. Que no se olvide que este corrosivo letrado pucelano, hoy en sus horas más bajas, fue actor en los 90 antes de pasar a cobrar del presupuesto público. Las críticas teatrales de entonces hablan de un trabajo discreto como Valerio en El Avaro, de Molière. Pero es que la interpretación de su vida estaba por llegar. La está bordando: interpreta al mal. Y en la morgue de Toledo lo saben bien.