Fotografía de Ana Elena Lorente

Fotografía de Ana Elena Lorente

Málaga

El fantasma del crimen de Álora: indignación por la aparición de una de las asesinas de Ana Elena en el pueblo

La mujer, que cumplió condena por el brutal asesinato de la joven de 20 años en 2000, fue vista el lunes en el pueblo para asistir al cumpleaños de su hijo, reabriendo una herida que 25 años después sigue sin cicatrizar

El ambiente en las calles de Álora (Málaga) llevaba horas siendo un hervidero de murmullos y miradas de incredulidad. Algo había roto la calma del pueblo. El motivo no era otro que la presencia, aunque fuera fugaz, de Ana Gema, una de las tres personas condenadas por el salvaje asesinato de Ana Elena Lorente hace un cuarto de siglo (año 2000). La noticia corrió como la pólvora, encendiendo la indignación de unos vecinos que creían haber dejado atrás lo peor, pero que jamás han olvidado.

Y es que verla de nuevo, aunque solo fuera por unas horas, ha sido como remover con violencia la tierra de una fosa común. Nadie esperaba que regresara, ni siquiera de paso. «Aparece por aquí ahora, después de lo que hizo. A la gente no se le ha olvidado, eso no se olvida», comentaba una vecina, visiblemente afectada, mientras se acercaba a la plaza del Ayuntamiento. La mayoría coincide en que no tenía que haber vuelto a pisar el municipio.

La llamada a la concentración

Lo que parecía un regreso discreto para un cumpleaños familiar terminó desatando una tormenta. A través de grupos de WhatsApp comenzaron a circular mensajes con una contundencia inusitada. «Ana Elena y su familia merecen justicia y esta asesina no se puede pasear como si nada», rezaba uno de los textos, según ha podido saber este periódico. El mensaje, que incluía una fotografía de la condenada en una terraza del pueblo, concluía con una frase que se ha convertido en el latido de la protesta: «La asesina la queremos fuera del pueblo».

La convocatoria surtió efecto. A mediodía de este martes, decenas de personas se dieron cita en la Plaza Fuente Arriba para guardar un minuto de silencio en memoria de Ana Elena. El silencio fue absoluto, roto solo por algún sollozo contenido. «No es odio, es dolor», susurraba una mujer mayor, agarrada del brazo de su hija. «Aquí todos la recordamos. Jugaba en estas calles de niña».

La postura del Ayuntamiento

Ante la oleada de indignación, el alcalde de Álora, Francisco Jesús Martínez, no ha dudado en mostrar su repulsa y su apoyo a la familia de la víctima. El regidor ha calificado de «desfachatez» la simple aparición de Ana Gema en el municipio. Sin embargo, según la información que maneja el Consistorio, la intención de la mujer no sería la de asentarse de nuevo en Álora.

«Por lo visto ha venido al cumpleaños del hijo y parece que se ha marchado. Lleva fuera de la cárcel un montón de años y vivía en Canarias», ha explicado el primer edil. Pero la cautela no resta firmeza a su postura. «Que sepamos no viene para instalarse», sentencia, a la vez que recalca su compromiso de ayudar a la familia de la víctima para que eso no suceda.

Lo cierto es que la información que llega desde el entorno más cercano a la familia de la condenada apunta a que su presencia fue testimonial. Una vecina que conoce a la familia asegura que «después de que la vieran ayer no ha vuelto a ser vista», reforzando la idea de que solo permaneció unas horas en el pueblo para celebrar el cumpleaños de su hijo, que reside fuera.

Un crimen que marcó a todo un pueblo

Para entender la conmoción, hay que viajar a la madrugada del 10 de septiembre del 2000. Álora celebraba su Romería en honor a la Virgen de las Flores. Ana Elena Lorente, una joven de 20 años hija de un policía nacional, se encontraba en una caseta con amigos. Allí, Ana Gema, que sentía celos de ella y la había tildado de «ricachona» ante sus otros dos compañeros, se ofreció para sacarla de la caseta con una excusa.

Los vecinos de Álora salieron a la calle para protestar por el crimen

Los vecinos de Álora salieron a la calle para protestar por el crimen

Ella la condujo al exterior, donde la esperaban Agustín Manuel 'Cartucho' y Juan 'Carapelo' (este último ya fallecido). Bajo amenazas de una navaja, obligaron a Ana Elena a caminar hacia la zona de Los Aneales, un lugar apartado y oscuro junto al río Guadalhorce. Durante el trayecto, la agredieron sexualmente y le robaron el dinero que llevaba.

La saña del asesinato

Pero lo peor estaba por llegar. Conscientes de que la joven era hija de un policía y podría identificarles, decidieron acabar con su vida. La sentencia, que los condenó a penas que sumaban 90 años de prisión, describe una saña inaudita. Le colocaron su propio sujetador a modo de mordaza para que no gritara. Luego, le asestaron un corte en el cuello con un trozo de cristal.

No contentos con eso, le propinaron fuertes patadas en la cabeza y el cuello hasta causarle la muerte. El cadáver de Ana Elena apareció dos días después, el 12 de septiembre, entre unos cañaverales. Las lesiones que presentaba eran demoledoras: traumatismo craneoencefálico, fracturas múltiples en la cara y el cráneo, hemorragia cerebral y fractura de laringe. Una violencia extrema que ni cuarenta y ocho horas de romería ni veinticinco años podrán borrar de la memoria colectiva de Álora.

Una herida que no cierra

A pesar de que Ana Gema ha cumplido su condena y, según todas las versiones, ya no está en el pueblo, la tensión sigue latente. La fiscalía, durante el juicio, ya advirtió al jurado que no se dejaran llevar por el «semblante angelical» que podía mostrar la acusada, porque fue ella «quien motivó todo el desastre».

Hoy, un cuarto de siglo después, la decisión de la mujer de acercarse a Álora, aunque sea por motivos familiares, ha reabierto una herida que el tiempo no ha conseguido cerrar. Los vecinos, que han vuelto a concentrarse en la Plaza Fuente Arriba, demuestran que la memoria de Ana Elena sigue muy viva. Y que para ellos, la justicia no termina con la libertad condicional de los asesinos. Mientras tanto, el pueblo permanece en calma tensa, preguntándose si esta será la última vez que el fantasma del crimen regrese a sus calles.

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