Casabermeja, uno de los municipios con más leyendas de Málaga
Creencia populr muy arraigada
Las leyendas de cinco pueblos malagueños que explican sus orígenes
De reinas que bautizan villas a venteros que se arman contra bandoleros, cinco municipios malagueños guardan historias que mezclan la realidad con la fantasía
No hace falta viajar a tierras lejanas para encontrar relatos que parecen sacados de un libro de cuentos. En la provincia de Málaga, la ficción y la realidad llevan siglos entrelazándose hasta formar esa especie de realismo mágico que impregna muchos de sus pueblos blancos. Al-Ándalus, la Reconquista y antiguas civilizaciones han dejado aquí semillas de historias que hoy explican, con más o menos fundamento histórico, el origen de algunos de los nombres más singulares del mapa andaluz.
Casabermeja, bautizada por una reina
¿Qué tienen en común una reina castellana y los tejados de un pueblo malagueño? Según cuenta la tradición oral, todo. El origen de Casabermeja se pierde en la villa árabe conocida como Qsar Bermeja, algo así como «castillo rojo». Pero sus habitantes prefieren otra versión, mucho más pintoresca. Cuentan que Isabel la Católica, al divisar el característico color rojizo de los tejados del pueblo, exclamó: «¡Qué casa bermeja!». Y el nombre, sencillamente, se quedó. Hay quien dice que la anécdota tiene más de leyenda que de crónica, pero lo cierto es que la imagen de la reina contemplando aquellas techumbres desde lo alto tiene un poso de verdad que nadie quiere desmentir.
Villanueva del Trabuco, bandolera
Hay pueblos cuyo nombre invita a la sonrisa. Villanueva del Trabuco es uno de ellos. ¿Y por qué «trabuco»? Pues porque, según la tradición popular, allí vivía un ventero que estaba hasta la coronilla de los continuos asaltos que sufría en los caminos. Los bandoleros le robaban la mercancía cada vez que viajaba a Archidona para abastecer su negocio. Harto de la situación, decidió armarse con un trabuco, un imponente arma de fuego de la época, para mantener a raya a los malhechores. La estrategia le funcionó tan bien que el nombre se le quedó pegando al pueblo. Hoy, quienes visitan la localidad pueden tomar algo en el restaurante El Ventero del Trabuco, que rinde homenaje a aquel intrépido hostelero. No está mal que un arma de fuego dé nombre a un municipio, ¿verdad?
Villanueva del Trabuco
Alcaucín, enigma de arcos y alcachofa
Alcaucín suena a alcachofa. Y no es casualidad: en algunas zonas, «alcaucil» es otra forma de llamar a esta verdura. Pero los historiadores se inclinan por un origen muy distinto. El nombre vendría del árabe «Al Cautin», que significa «los arcos». ¿Y por qué arcos? Pues porque en sus alrededores crecían muchos tejos, y con sus ramas se fabricaban arcos para la caza y la guerra. De ahí también el nombre de la cercana Sierra Tejeda. Una hipótesis tan razonable como fascinante, que conecta la geografía con la historia militar de Al-Ándalus. Y como curiosidad, una de las operaciones policiales contra la corrupción en este municipio fue bautizada como 'Arcos'. La vida, a veces, imita a la leyenda.
Fuente de Piedra, el agua curativa
En el centro de este pueblo de la Vega de Antequera hay una fuente que bien merece un capítulo aparte. No es una fontana cualquiera. Sus aguas se hicieron famosas hace siglos por un poder que hoy suena casi a milagro: curaban el «mal de la piedra», es decir, los cálculos renales. Tal era su fama que en 1547, Antequera decidió crear un arrabal para alojar a los enfermos que llegaban de todas partes a beber de sus aguas. El nombre de la localidad no alude a que la fuente esté construida con piedra, sino a aquella dolencia que tantos sufrimientos causaba. «Fuente de la Piedra», en el riñón. La fuente actual es una construcción dieciochesca, pero se cree que se levantó sobre un manantial de época romana. Cinco siglos después, el agua sigue manando, aunque ya no prometa curaciones milagrosas.
Fuente de Piedra es un municipio cuya agua se asocia a curaciones milagrosas
Humilladero, la cruz de un juramento
Hay nombres que son pura historia. El de Humilladero lo es. Corría el año 1410 cuando el infante Don Fernando, regente de Castilla, se preparaba para conquistar Antequera. En un lugar cercano a lo que hoy es el pueblo, se arrodilló ante la espada de Fernando III el Santo, que llevaba Per Afán de Ribera. Y allí, humillado, juró no envainar la espada hasta haber tomado la ciudad. Los demás caballeros hicieron lo mismo. Setenta y cuatro años después, Fernando el Católico repitió el gesto antes de emprender la campaña para tomar varias plazas de la zona. En aquel lugar se erigió una cruz de piedra y, más tarde, un convento. Alrededor de él fue creciendo el pueblo de Humilladero. La cruz original se perdió, pero se ha restaurado en varias ocasiones; la última versión data de 1995. Hoy, los viajeros que pasan por allí pueden detenerse a contemplar aquel monumento que, más que una cruz, es un testimonio de piedra de la historia de España.