Ilustración del portavoz del PSOE en el Congreso, Patxi López
El perfil
Patxi López, el escudo humano de Begoña
Cuando deje de contar españoles que gritan con fervor «Yo, con Begoña», igual descubre que él solo es una máscara del peor sanchismo. Un fiasco o un frakaso, en castellano o en euskera, los idiomas con los que prometió como lehendakari
Francisco Javier López Álvarez (Portugalete, 66 años), alias Patxi López, ha ido contando por la calle cuántas voces corearían, si se les pidiese, el grito que él entonó el pasado martes en el Congreso en defensa de la multimputada consorte de Moncloa: «Yo, con Begoña». Millones, dijo. Y lo hizo ante lo que pareció un gesto de pudor del marido de la susodicha, que le escuchaba, sentado en el banco azul de la Cámara, sin saber dónde meterse –y ya es difícil que Pedro Sánchez sienta bochorno ante la sumisión reptiliana del exlehendakari. Porque en esto Patxi ejerce magisterio. Se le olvidó al portavoz parlamentario socialista explicar por qué su partido tiene tanto miedo a que un jurado popular juzgue a la mujer del presidente: si hay millones de personas que sienten que se ha orquestado una campaña contra la «catedrática» de la Complutense, no será difícil juntar a nueve hombres buenos (y dos suplentes) que, naturalmente, pedirían al tribunal su absolución.
Esta que acaba ha sido la semana fantástica de Patxi. Fue el primero que aplaudió a rabiar al presidente cuando el Congreso por mayoría absoluta le exigió la convocatoria de elecciones y el interpelado se rio freudianamente de millones de españoles representados en el hemiciclo. Era difícil no recordar en ese instante el famoso chiste en el que se cuenta que van dos vascos en coche por la carretera y le dice el uno al otro: «Mira, Patxi, lo que pone en ese cartel, Aceros de Orio». Y Patxi le contesta. «Yo ya soy». El portavoz de Portugalete no se para ante nadie: ha recordado a Felipe González que lo de disolver anticipadamente la Cámara no lo hizo él en su momento, ahora que el expresidente ha osado decir a su sucesor que coja el dos de una vez por todas. Es una mina el servil socialista. No conoce ni la historia de su partido; porque claro que González anticipó elecciones y no solo una vez, sino dos. En 1989 y, de nuevo, disolvió en 1996, cuando ya perdió definitivamente el poder. Quizá por su indocumentada prestancia López ha sido catapultado para poner voz a la decadencia socialista. Esta es la talla intelectual de Francisco Javier, un sabio a la altura del régimen. Régimen que no se entiende si antes Felipe no hubiera situado al PSOE como partido de Gobierno.
Pero la gratitud no está en el ADN del actual portavoz en el Congreso, así que jamás ha puesto en valor su suerte política. No hay más que repasar su biografía para comprender el presente del dirigente vasco. Solo ha hecho una cosa provechosa –para él– en su vida: presidir el gobierno de Vitoria de 2009 a 2012. Y lo hizo no porque tuviera el apoyo social electoral suficiente ni porque sus paisanos se rindieran a sus méritos políticos ni porque su sabiduría noqueara a sus rivales en las urnas. Lo logró porque el PP de Antonio Basagoiti alzaprimó los principios a sus intereses partidistas, para evitar que el nacionalismo cómplice de ETA siguiera ostentando el poder en el País Vasco. Y López fue el beneficiario de ese gesto democrático y generoso del PP. Aunque el constitucionalismo miró con esperanza su llegada a Ajuria Enea, pronto se entregó al pensamiento único nacionalista, un continuador más de las políticas de apaciguamiento, de complicidad con el derecho a decidir, y demás monsergas separatistas, que ha cultivado siempre el partido del racista Sabino. Cierto es que los votantes no tardaron en darle la espalda: en la siguiente legislatura cedió 100.000 votos a Íñigo Urkullu. Entre el original y la copia, siempre gana el original.
El PP no aprendió de aquello y en 2015 facilitó que fuera nombrado presidente del Congreso, gracias a que Génova no presentó ningún candidato alternativo. Su condición de tercera magistratura del Estado fue fugaz. Apenas duró seis meses y ya demostró que el sentido institucional no iba con él. Dos años después, se presentó a las primarias para la secretaría general contra Susana Díaz y Pedro Sánchez. De aquella batalla, de la que resultó ganador el hoy presidente, queda para el recuerdo la pertinente pregunta de Patxi: «Pedro, ¿sabes lo que es una nación?» Ante lo que su jefe hoy apenas contestó con un hilo de voz: «Un sentimiento que tiene muchísima ciudadanía». A la luz del comportamiento de la voz socialista en las Cortes, lo pertinente sería saber si acaso él tiene respuesta a ese interrogante.
Fiero alguacilillo repartiendo estopa y definitivamente gazmoño para encajar lo que le atañe, López ha tenido un encontronazo estos días con Alberto Núñez-Feijóo, quien le dijo desde la tribuna el martes que su padre se avergonzaría de él. El líder popular quiso ponderar la bizarría del progenitor comparado con el comportamiento pusilánime del hijo. Se refería el jefe de la oposición a Eduardo López Alvizu, conocido como Lalo, el progenitor del jarrillero: una figura fundamental de la resistencia en los años finales del franquismo junto a Nicolás Redondo y Ramón Rubial, un viejo militante que se afilió al PSOE y a UGT en la clandestinidad. Patxi se sintió indignado e insultó a Feijóo porque le molestó que la exaltación a su padre le dejara a él como farfolla.
En una entrevista tras ser investido lendakari en 2009, un periodista le preguntó si conocía el principio de Arquímedes, como metáfora de la sucesión de Ibarreche, a lo que López contestó: «Depende de cuál de ellos». No hubo más preguntas. Y es que, con una trayectoria eternamente lactante de la teta de la vaca pública, anda escasito de principios democráticos y de hitos académicos. Abandonó Ingeniería Industrial en la Universidad del País Vasco en cuanto se convirtió en diputado a los 25 años, el segundo más joven tras otro faro de conocimiento, José Luis Rodríguez Zapatero. Este aspirante a guitarrista de una banda de rock, casado con otra dirigente de su partido, Begoña Gil, dice que nunca sale de casa sin ideología porque así ordena sus prioridades. Entre ellas, una de las más apreciadas, es su inigualable manera de despachar con modos autócratas a la prensa. «No te voy a contestar», sobre las críticas de Page, o aquella respuesta de cuñado en la que afirmó que con la ley del solo sí es sí se trataba de «dar un toque de atención a los jueces» y de decirles «oigan, no me vayan por aquí», o el penúltimo «qué más dará», cuando se le interrogó en el Congreso por los diputados que iban de cenas con su compañero de bancada, el imputado Curbelo, del caso Tito Berni. Pero nada mejora aquella desternillante sentencia durante el 15-M, cuando la lumbrera de Portugalete aseguró que «el PSOE es la primera organización de los indignados de este país». Aunque pensándolo bien fue un vaticinio certero: hoy es, en efecto, la fuerza política que más indigna en nuestro país.
Pero su papel estelar y donde mejor se ha desempeñado es en la traición a las víctimas de toda condición. Por antonomasia, a las de ETA, y en especial a las que cayeron defendiendo al PSOE. Por ello atesora un baldón que tumbaría a cualquier dirigente con un gramo de grandeza, resumido magistralmente en ese sabio vaticinio de la madre de Joseba Pagazaurtundua, asesinado por los amigos de Otegi, cuando le dijo «Patxi, dirás y harás cosas que nos helarán la sangre». No tardó, blanqueando a la banda asesina y negociando con sus herederos. Después, vendría su felonía a los damnificados de Adamuz. En sede parlamentaria ironizó sobre las víctimas que «bailan el agua» a la derecha.
Cuando deje de contar españoles que gritan con fervor «Yo, con Begoña», igual descubre que él solo es una máscara del peor sanchismo. Un fiasco o un frakaso, en castellano o en euskera, los idiomas con los que prometió como lehendakari bajo el roble. Ayer, en el Comité Federal norcoreano, de nuevo se partió las palmas de las manos para agasajar al «one». Solo eso es hoy.