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Portada del libro de memorias del Rey Juan CarlosPlaneta

Don Juan Carlos, en su libro de memorias: «Franco me dio libertad para actuar después de su muerte»

En los primeros extractos disponibles del texto, el Rey que trajo la democracia reflexiona sobre los aspectos más relevantes de su existencia: del 23-F a sus errores personales, pasando por llegada a España

Una de las confidencias que desliza Don Juan Carlos en sus memorias tiene que ver con las últimas conversaciones que mantuvo con Francisco Franco, cuando este último ya se encontraba hospitalizado en La Paz. «Estaba sentado a su lado, en su cama del hospital. Me tomó la mano y me dijo, como en un último suspiro: 'Alteza, solo le pido una cosa: mantenga la unidad del país'. Esa fue su última voluntad. No me pidió que preservara el régimen tal y como estaba ni los principios del Movimiento Nacional. Por lo tanto, tenía vía libre para emprender reformas, siempre y cuando no se pusiera en peligro la unidad de España. Tuve la impresión de que me daba libertad para actuar». Entiéndase para traer la democracia a España.

El tardofranquismo se radicaliza

Mes y medio antes de esa conversación en el hospital madrileño, Franco se dirigió a los españoles desde el balcón del Palacio de Oriente. Era el 1 de octubre de 1975. Don Juan Carlos: «El régimen se mantenía en la firmeza. Se establecieron cinco condenas a muerte, lo que desencadenó una movilización internacional inesperada. El Papa [Pablo VI] intervino, los jefes de Estado europeos retiraron a sus embajadores, se produjeron manifestaciones ante las embajadas españolas en todo el mundo y mi padre se sumó a la petición general de clemencia. Franco, por su parte, se encerró en un silencio total. El 1 de octubre de 1975, fecha que marca el trigésimo noveno aniversario de su llegada al poder, hace su última aparición pública en el balcón del Palacio Real. Balbucea frases inaudibles ante una multitud inmensa que responde con el saludo fascista. Yo estoy detrás de él, impasible. Intento contener mi malestar. Tengo la impresión de encontrarme en una mascarada de los años treinta. Entonces me digo: 'Voy a tener que hacer cambiar de opinión a toda esa gente'».

Salida de Estoril en 1948

Han circulado diversas versiones sobre la salida del joven Príncipe Juan Carlos, de 10 años, desde Lisboa hacia España aquel frío día de noviembre de 1948. He aquí la suya: “Mis padres me acompañaron a la estación de Lisboa. Ya era de noche, aquel 8 de noviembre de 1948, y yo me esforzaba por no dejar traslucir ni mi miedo ni mi pena. En el andén, mi padre le dijo a mi madre: 'María, despídete de Juanito, porque no sabemos cuándo volveremos a verlo'. Al oír sus palabras, sentí un nudo en el estómago, ya de por sí inquieto por ir a ese país que era el mío pero que no conocía, cuyo idioma no hablaba bien, sin ningún miembro de mi familia, a una nueva escuela que me daba miedo.

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Reconciliación

Juan Carlos I

»El interior del vagón estaba revestido de marquetería, con un salón e incluso un pequeño cuarto de baño. Me instalé en una de las tres habitaciones. Recuerdo haber saludado durante mucho tiempo a mis padres por la ventana, conteniendo las lágrimas. Me acompañaban el consejero y tesorero de mi padre, y amigo de mi abuela, el duque de Sotomayor, y su secretario, el vizconde de Rocamora. 'Avísenme cuando crucemos la frontera y lleguemos a España', les pedí. Estaba tan nervioso que no podía dormir. Miraba por la ventana cómo pasaban los paisajes y me preguntaba si reconocería mi país. Al amanecer, me avisaron de que nos acercábamos a Salamanca».

Su primer encuentro con Franco

Don Juan Carlos confirma, a grandes rasgos lo ya publicado en otros libros y estudios. «En aquel invierno de 1948, estaba muy impresionado por la idea de conocer al jefe del Estado. Tenía diez años y era la primera vez que visitaba el despacho de alguien tan importante. […] Estábamos sentados uno frente al otro en su despacho, una gran sala oscura llena de papeles. Más tarde, algunos afirmaron, en tono de broma, que Franco tenía dos pilas de expedientes: los que el tiempo resolvería y los que el tiempo finalmente había resuelto. Era una forma de burlarse de su carácter gallego, tranquilo e impenetrable. Vestido con su uniforme, se mantenía erguido y me miraba fijamente. Mientras me hablaba, yo observaba atentamente los libros, los muebles de madera oscura, las alfombras. Y vi un ratón que se paseaba entre las patas del escritorio. ¡He contado muchas veces esta anécdota que todavía me hace reír más de setenta años después! Empecé a seguir con la mirada al ratón y Franco se dio cuenta. '¿Qué está mirando?', me preguntó. '¡General, hay un ratón cerca de usted!', le respondí riendo. Se quedó muy sorprendido. Su esposa, Carmen Polo, se unió a nosotros. Visité el Palacio de El Pardo, donde había fallecido mi bisabuelo, Alfonso XII. Franco me regaló un arma, una escopeta de caza».

A la sombra de Franco: «Usted podrá permitir los partidos políticos»

En este extracto, Don Juan Carlos evoca sus relaciones personales con Francisco Franco y confirma lo que ya se barruntaba: que su antecesor en la Jefatura del Estado aseguraba que él no podía permitir la existencia de partidos políticos, tarea que incumbiría al joven Príncipe:

«El general hablaba poco, incluso durante los almuerzos a los que asistía. Parecía escuchar, pero rara vez daba su opinión. Su actitud era tranquila y distante. Al terminar esos almuerzos, me hacía pasar a su despacho y teníamos largas conversaciones a solas, verdaderas discusiones. Intentaba ser franco con él, aunque sabía que nadie se atrevía a hacerlo. Le hacía preguntas como: '¿Por qué no concede la libertad de crear partidos políticos?'. 'Yo no puedo hacerlo, pero usted lo hará más adelante', me respondía. Normalmente, tenía que descifrar sus sutiles insinuaciones. Esta vez, fue sorprendentemente explícito. A veces, cuando no quería responder a una de mis preguntas, fingía no haberla oído. Yo sonreía para mis adentros. Tenía una visión clara de la situación actual de España y de su futuro. Calculaba las relaciones de poder a su alrededor a largo plazo».

«¿Mantuve una relación filial con Franco?», se pregunta Don Juan Carlos. Él mismo responde: «Nos llevábamos cuarenta y seis años. Él no tenía hijos [varones]. Quizás proyectaba en mí un sentimiento paternal. No ocultaba la simpatía que sentía por mí. Quizás incluso cierta ternura y benevolencia. Se tomaba el tiempo para verme con regularidad y mantener un diálogo permanente».

El 23-F. Milans: «Antes de jubilarme, sacaré los tanques a la calle»

En el capítulo dedicado al 23 de febrero de 1981, el Rey Juan Carlos empieza mencionando una cena, celebrada dos semanas antes de la intentona golpista, en la que coincidieron su padre, el Conde de Barcelona, y el teniente general Jaime Milans del Bosch. «Aproximadamente dos meses antes del famoso 23 de febrero de 1981, mi padre había cenado con el general Milans del Bosch en casa de su fiel amigo, Luis de Ussía, conde de los Gaitanes, que se había convertido en su secretario particular. Una reunión amistosa sin segundas intenciones. ‘¡Antes de jubilarme, sacaré los tanques de combate a la calle!’, le había dicho el general con aplomo. Sinceramente, cuando mi padre me lo contó, lo tomé como una broma. Seguramente debería haberlo tomado en serio».

El 23-F (II). «Ni por asomo imaginaba que se estaba tramando un golpe de Estado»

Don Juan Carlos: «Sabía que el descontento iba en aumento en los cuarteles. Los militares se atrevían a tildar públicamente de ‘traidores’ a los miembros del Gobierno, en primer lugar, a Adolfo Suárez y a su ministro de Defensa y vicepresidente, el general Gutiérrez Mellado, pero ni por asomo imaginaba que se estaba tramando un golpe de Estado. Los partidos políticos también tramaban, en busca del poder. Atravesábamos un periodo de crisis que me preocupaba. Ya no tenía el poder ejecutivo para actuar. Solo podía escuchar y alertar. Entonces ocurrió lo impensable».

Para detener lo «impensable» que se había hecho realidad, el Rey grabó un mensaje televisivo: «Llegaron las cámaras y montaron rápidamente un estudio en mi despacho. Me puse la chaqueta de general. Para ir más rápido, ni siquiera me puse los pantalones. Mi discurso es sobrio y eficaz, de noventa segundos».

Aún así, no todo estaba zanjado. «Envié un segundo télex a Milans del Bosch a la 1:45 de la madrugada. A las 2:30, le pregunté por tercera vez por qué aún no se habían ejecutado mis órdenes. Era muy terco. No fue hasta las 4:30 cuando los tanques regresaron a sus cuarteles. ¡Parece ser que algunos incluso se detuvieron en los semáforos! Tejero permaneció encerrado en el Parlamento, obstinado. Solo hacia el mediodía del 24 de febrero se rendiría, tras dieciocho horas de asedio». «Después», prosigue Don Juan Carlos, «algunas personas me confiaron que ya se estaban preparando para irse al exilio. Algunos militantes habían acudido a las sedes de los partidos para quemar los archivos».

La cacería de Botsuana en 2012: «Un error fatal»

«El jefe de la Casa del Rey y el jefe de comunicación me animaron a pedir perdón nada más salir de mi habitación del hospital. Era consciente de que tenía que rectificar. Quizás no elegí las palabras adecuadas ni las circunstancias oportunas. En tiempos de crisis, es difícil satisfacer a todo el mundo. Algunos pensaron que un Rey no debía disculparse. Otros, que no había hecho lo suficiente. Tenía que demostrar a los españoles que era consciente de la gravedad de la situación. ¿Podría reparar el vínculo que me unía a ellos desde hacía más de treinta y cinco años?».

Sobre Corinna Larsen: «Esta relación fue un error que lamento amargamente. Puede parecer trivial, pero a muchos hombres y mujeres se les ha nublado el juicio hasta el punto de no ver lo evidente. Para mí, tuvo un impacto perjudicial en mi reinado y en mi vida. Ha erosionado la armonía y la estabilidad de estos dos aspectos esenciales de mi existencia, lo que finalmente me ha llevado a tomar la difícil decisión de abandonar España».