Don Juan Carlos nunca quiso aclarar la muerte de su hermano; sólo lo ha hecho en sus memorias. En la foto, en 2005
70 años de la muerte del Infante Don Alfonso El Rey Juan Carlos: «Nunca me recuperé de esta desgracia»
Don Juan Carlos siempre ha evitado hablar del accidente en el que murió su hermano, ni siquiera ha querido desmentir las versiones falsas y malintencionadas que han circulado durante décadas. La primera vez que lo ha hecho ha sido en sus memorias
El Rey Juan Carlos nunca ha querido hablar, hasta ahora, de la muerte de su hermano, Don Alfonso, que falleció hace 70 años, el 29 de marzo de 1956, en Estoril (Portugal), tras recibir un disparo accidental, de rebote, mientras ambos jugaban con una pistola, a la que se había quitado el cargador, pero que escondía una bala en la recámara. Don Alfonsito tenía 14 años y Don Juan Carlos, que nunca se ha recuperado de la pérdida de su hermano, tenía 18.
Cuando ocurrió la tragedia, los gobiernos de España y Portugal intentaron ocultar la verdad y dijeron que a Don Alfonsito se le había escapado un tiro mientras limpiaba el arma. Con el tiempo, empezaron a circular otras versiones del suceso, muchas de ellas falsas y malintencionadas, pero Don Juan Carlos siguió guardando silencio. Y así lo hizo durante los 39 años que fue Jefe de Estado. Es probable que pensara que, desde su alta posición, no debía abordar un asunto tan íntimo, tan personal y tan doloroso que había cambiado su vida para siempre.
Ha habido que esperar casi 70 años del terrible accidente —y diez de la abdicación— para que Don Juan Carlos se refiriera por primera vez a esta tragedia que desgarró para siempre a la Familia Real. En sus memorias, Reconciliación (Planeta), relata lo siguiente:
"Un drama ensombreció este período inocente y alegre de mi vida. Un drama que me marcó para siempre. No me gusta hablar de ello, y esta es la primera vez que lo hago. Alfonso, mi hermano, que era cuatro años menor que yo, murió. Toda la familia estaba reunida en Estoril para la Semana Santa de 1956. Volvíamos de jugar un partido de golf después de una misa vespertina. Él era un excelente golfista. Mientras esperábamos la cena, subimos a la sala de juegos.
Una bala en la recámara
Nos divertíamos jugando con una pistola de calibre 22 que un amigo, teniente, me había dado en España. Habíamos sacado el cargador. Ni por un momento imaginamos que había quedado una bala en la recámara. Un disparo saltó por los aires, la bala rebotó y alcanzó a mi hermano en la frente. Murió en brazos de nuestro padre. Hubo un antes y un después de aquello.
Todavía hoy me cuesta hablar de lo ocurrido, pero pienso en ello todos los días. Esta terrible experiencia ha unido aún más a nuestra familia. Echo de menos a mi hermano, me gustaría poder tenerle a mi lado, poder hablar con él. Perdí a un amigo, a un confidente. Dejó un vacío enorme. Sin su muerte, mi vida hubiera sido menos sombría, menos desdichada. Llevo fotos suyas que me acompañan a todas partes. El 3 de octubre, día de su cumpleaños, sigue siendo para mí una fecha inolvidable.
Se fletó un tren desde España para su funeral. Los taxistas de Estoril llevaron gratuitamente a la iglesia a quienes acudieron a darle el último adiós, un gesto admirable que ilustra la relación que teníamos con los portugueses. Mi hermano pequeño era un apasionado de la mecánica, y conocía a muchos conductores con los que hablaba de motores, que le encantaba desmontar, y de modelos de coches.
Momentos terribles
Cuando volvimos del cementerio, al que ni mi madre ni mis hermanas pudieron acudir porque en aquella época las mujeres no asistían a los entierros, nos reunimos todos en casa. Reinaba el silencio. Fueron unos momentos terribles.
Mi padre me envió de vuelta a la Academia Militar en España dos días después del funeral. Tenía que regresar a la vida, y tenía que hacerlo rápido. Seguramente no quería que viera a la familia entristecida. Rezamos por él todas las noches durante años. Sus restos fueron devueltos a España y enterrados en el Panteón de Infantes de El Escorial en 1992. Nunca me recuperé de esta desgracia. El sentido de lo trágico arraigó desde entonces en mí".