Fundado en 1910

EFE

Casa Real  Discurso íntegro del Rey Juan Carlos en la Asamblea Nacional de Francia

Palabras del Rey Padre tras recibir el premio especial del jurado del Libro Político por sus memorias, Reconciliación

Señora Presidenta, señora Yaël Braun-Pivet, le agradezco su cálida acogida. Mis agradecimientos también, señora Luce Perrot, por haberme invitado a este acto. Señora Annette Wieviorka, me siento muy honrado por su discurso. Permítame responderle.

Sé que no es habitual que un Rey escriba sus memorias. Mi padre siempre me desaconsejó hacerlo y, probablemente, en abstracto tenía razón. Pero nuestra vida no se resume en abstracciones. Los hechos concretos que la jalonan determinan en gran medida nuestras actitudes, nuestro comportamiento y nuestras decisiones.

Faltaba su versión

En mi caso, ya se cuentan por miles las páginas que se han escrito sobre mi reinado, sobre mi persona, mi carácter, mis experiencias, mis éxitos y mis errores e incluso sobre lo que pienso o dejo de pensar. Es natural, y comprendo perfectamente que un examen tan minucioso recaiga sobre una persona cuya dimensión pública es tan marcada como la de un Rey. Pero a menudo he pensado que a esas miles de páginas les faltaban unos cientos más, escritas en primera persona, por el propio protagonista, aquel que podía aportar el mayor conocimiento sobre sí mismo, sobre lo que ha hecho y sobre por qué lo ha hecho. Es decir, modestamente, yo mismo.

Un personaje que conoce los riesgos ligados a la empresa de escribir y publicar memorias sobre sí mismo y sobre su acción como jefe de Estado de un viejo país europeo que, precisamente por ser antiguo, sabe mostrarse hipercrítico con casi todo, y aún más con quien ha ejercido su más alta magistratura durante casi 40 años. Pero los riesgos suelen ir acompañados de oportunidades, y saber equilibrarlos es un arte en el que a veces se acierta y otras se falla. Voy a intentar explicar por qué creo que, esta vez, no me he equivocado. ¡Al menos eso espero!

En primer lugar, porque la versión original francesa de mis memorias, elaborada durante dos años junto a una escritora e historiadora tan hábil y rigurosa como Laurence Debray, ha tenido una excelente acogida aquí en Francia y recibe además el prestigioso premio que hoy se le concede. Me siento particularmente honrado de que, aunque no soy francés, un país que me es tan querido como Francia, donde mi familia hunde sus raíces en el tiempo, haya acogido este libro con tanto interés y generosidad.

Logros y errores

Sé además que su versión en español ha sido un verdadero éxito editorial, lo que confirma que muchos españoles también desean descubrir cómo su Rey percibe su vida y su reinado, y leer ambos con sus propias palabras. Pero sobre todo, porque yo mismo he podido volcar en estas páginas, junto a hechos y datos que considero relevantes para la Historia y de los que estoy legítimamente orgulloso, emociones, sentimientos y esperanzas que pertenecen a mi historia personal, así como las debilidades y errores que he podido cometer como ser humano y de los que no puedo estar orgulloso. Todo ello forma parte de mi vida y sentía que debía ser compartido públicamente con total libertad. Eso es lo que he hecho y estoy satisfecho de ello.

No elegí al azar el título de mis memorias, Reconciliación. Creo que es la palabra que mejor resume el principal logro de mi vida pública: haber iniciado y fomentado la reconciliación de España consigo misma, tras una larga dictadura y una guerra civil, conduciéndola a pasar de la manera más pacífica posible, y en muy poco tiempo, a una democracia plena y completa.

Devolver la soberanía al pueblo

En 1975 heredé, junto con el trono, todos los poderes que el régimen de la época había concentrado en manos del jefe del Estado, el general Franco, y desde esa posición privilegiada los utilicé para desprenderme de ellos y devolverlos a su legítimo propietario, el pueblo español. La Corona que entonces asumí deseaba hacer de España un Estado social y democrático de derecho, en el marco de una Monarquía parlamentaria en la que la soberanía residiera en el pueblo español. Este cambio, que representaba una ruptura radical con el sistema institucional anterior, quedó consagrado en el artículo primero de la Constitución aprobada en 1978. Una Constitución que dotó a los españoles de instituciones democráticas y de un marco de libertades y derechos que han favorecido el progreso de España en todos los ámbitos.

A menudo ocurre en la historia que figuras excepcionales surgen en tiempos igualmente excepcionales. En esta coyuntura verdaderamente extraordinaria, en un momento de grave preocupación por el presente y de incertidumbre respecto al futuro, la aspiración a la libertad del pueblo español y la lucidez de una notable élite política, tanto de izquierda como de derecha, permitieron a España, siguiendo la senda trazada por la Corona, emprender decididamente ese proceso que conocemos como la Transición, que abrió las puertas de mi país a la libertad y a la democracia y lo devolvió a la comunidad internacional en el lugar que le correspondía.

«El presente me entristece»

Siempre supe, desde mi infancia, que mi destino coincidía con mi vocación: el servicio a mi país. Hoy, al mirar atrás, el presente no me abruma, aunque a veces, lo admito, puede entristecerme. Soy consciente de que nadie es profeta en su tierra y de que siempre habrá juicios divergentes sobre casi todo. Pero yo, que siempre he tenido claro que la democracia, el respeto de los derechos humanos y el progreso de la sociedad española eran los objetivos por los que debía trabajar constantemente, he querido dejar constancia en mis memorias de mi orgullo al ver cómo España se ha transformado de manera radical y positiva en todos los niveles durante mi reinado. Y creo que es precisamente este testimonio personal el que es reconocido por este Premio especial del libro político. Estoy muy agradecido y emocionado de recibirlo hoy aquí, con ustedes, en la Asamblea Nacional.

Muchas gracias.