Participantes durante el tradicional encierro de Brihuega, Guadalajara
Más que un encierro: Brihuega, donde el pueblo se hace toro al ritmo del «Parapachumba»
Miles de personas asistirán a uno de los festejos taurinos más antiguos de España
Brihuega no celebra simplemente un encierro. Vive un rito ancestral, vibrante, visceral, que cada verano transforma este municipio alcarreño en un escenario donde la tradición, la emoción y la bravura caminan de la mano.
Desde antes del amanecer, el ambiente se vuelve eléctrico. Las calles se llenan de mozos, vecinos y visitantes, y el aire se espesa con una mezcla de nervios, ilusión y pólvora. El «Parapachumba», esa melodía inconfundible que marca el inicio de la jornada, suena a llamada primitiva: cuando estalla, los corazones se sincronizan. Es 16 de agosto. Es Brihuega. Es toro.
Cinco siglos corriendo tras el toro
No es exageración: el encierro de Brihuega aparece documentado ya en 1530, según los archivos municipales. Un acta del Concejo sancionó ese año a una cofradía local por haber soltado toros en pleno día festivo, lo que da pistas claras sobre la antigüedad de este fenómeno. Desde entonces, siglo tras siglo, generación tras generación, la tradición se ha mantenido firme, evolucionando sin perder su esencia.
El recorrido, los protagonistas, el espíritu: todo ha cambiado y a la vez nada. La esencia permanece. La emoción es la misma. Y eso es lo que lo hace único.
Campo abierto, pueblo cerrado: el encierro más completo
A diferencia de otros festejos taurinos, el de Brihuega conserva una estructura mixta que le otorga un carácter singular. El encierro arranca en el campo, con el ganado bravo correteando entre encinas y pastos, acompañado por jinetes a caballo que custodian la manada con arte campero.
Participantes durante el tradicional encierro de Brihuega
Las reses, generalmente de ganaderías de prestigio como El Tajo, El Pilar y La Reina -Albarreal este año-, se sueltan desde el paraje de Valdelamadera y cruzan barrancos, senderos y callejas hasta entrar en la villa. Una vez dentro, la fiesta se vuelve ciudadana: las calles medievales se transforman en arterias por las que fluye la bravura, y los mozos miden su temple a escasos metros de los pitones.
No hay vallas, ni corrales prefijados: el toro manda.
Cuando el pueblo es uno solo
El día 16 de agosto, Brihuega no es un pueblo: es una sola alma dividida en miles de cuerpos. Nadie es ajeno al encierro. Los más pequeños lo viven desde los balcones. Los valientes corren. Los músicos lo celebran en pasacalles. Las peñas lo acompañan con alegría. Y hasta el silencio cobra forma cuando el primer toro dobla la esquina.
Como escribió el cronista guadalajareño Herrera Casado, «el encierro de Brihuega no es espectáculo; es manifestación espontánea de una emoción colectiva». Y así se vive: sin coreografía, sin artificios. Solo corazón.
El peligro también tiene nombre
La emoción no es juego. El encierro entraña riesgo real. En varias ediciones han resultado heridos corredores por asta de toro. La seguridad ha aumentado en los últimos años, y el respeto al toro es absoluto.
La bravura no se torea: se acompaña. Se le da paso. Se le cede el protagonismo. Porque en Brihuega, el toro es mucho más que un animal bravo: es símbolo, leyenda y espejo del valor popular.
Una fiesta que quiere ser nacional
Desde hace años, el Ayuntamiento y la Asociación Taurina «16 de Agosto» trabajan para que el encierro sea declarado Fiesta de Interés Turístico Nacional. Ya cuenta con el reconocimiento regional y los argumentos históricos, culturales y sociales están sobre la mesa: este encierro no es solo una tradición; es una seña de identidad, un imán turístico y una joya patrimonial.
Participantes durante el tradicional encierro de Brihuega
Las cifras lo avalan: miles de visitantes, medios de comunicación nacionales desplazados al lugar, ocupación hotelera al 100 % durante el puente y un impacto económico cada vez más notable.
Brihuega late al ritmo del toro
Quien ha estado en Brihuega un 16 de agosto lo sabe: no hay nada igual. Es una mezcla de mística rural, destreza campera y fervor urbano. Es la banda de música tocando sin cesar. Son los jóvenes corriendo con la adrenalina a flor de piel. Son los mayores relatando historias del abuelo y los años del hambre. Son los turistas descubriendo el alma taurina de un pueblo que no necesita embellecer nada: ya lo tiene todo. Más allá de la lavanda.
Aquí, la tauromaquia no se impone. Se hereda. Se respira. Se siente. Porque Brihuega no tiene encierro. Brihuega es encierro. Lo es toro.