Flores manchegas

Flores manchegasMazapanes Barroso

Ni buñuelos ni barquillos: el dulce olvidado de Castilla-La Mancha que vuelve cada Carnaval

Crujientes, doradas y con siglos de historia: las flores manchegas son el dulce que anuncia el Carnaval en La Mancha

Si hay un dulce que anuncia el Carnaval en Castilla-La Mancha con identidad propia, ese es el de las flores manchegas. Ligeras, crujientes y espolvoreadas de azúcar, estas piezas doradas no solo endulzan febrero: también regresan en Cuaresma y Semana Santa, cuando la tradición convierte la cocina en memoria compartida.

En muchas casas de La Mancha —especialmente en la comarca del Campo de Calatrava— hablar de flores es hablar de infancia, de abuelas frente al fuego y de sobremesas que se alargan. Son también conocidas como flores fritas o florones, y en algunos pueblos reciben el nombre de flores de Calatrava, en un guiño directo a su forma inconfundible.

Una silueta que recuerda a la cruz de Calatrava

La estética de este dulce es parte de su magnetismo. Su dibujo evoca la silueta de la Orden de Calatrava, cuya cruz —de cuatro brazos iguales rematados en flor de lis— se convirtió en uno de los grandes símbolos históricos de la región. No es casualidad que el epicentro de su tradición se sitúe en el Campo de Calatrava, territorio marcado por la huella de esta orden militar y religiosa desde la Edad Media.

Flores manchegas

Flores manchegasBon Viveur

Esa geometría perfecta, casi heráldica, convierte cada flor en una pequeña obra de arte efímero. Antes incluso de probarlas, entran por los ojos.

Un dulce con siglos de historia

El origen exacto de las flores manchegas se pierde entre fogones antiguos. Algunas teorías apuntan a un posible pasado sefardí; otras las integran en el amplio universo de las «frutas de sartén», ese repertorio de dulces fritos que floreció en la cocina popular española cuando la carne desaparecía del calendario litúrgico.

De hecho, ya en el Siglo de Oro encontramos referencias literarias a este tipo de elaboraciones. En Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes menciona las frutas de sartén en el episodio de las Bodas de Camacho, reflejando hasta qué punto estos dulces formaban parte del imaginario festivo y gastronómico de la época. No sabemos si eran exactamente flores manchegas, pero sí que pertenecen a esa misma estirpe de postres humildes y de celebración.

Con el paso de los siglos, la receta se asentó en Extremadura, Castilla-La Mancha y también en Castilla y León —con especial arraigo en la provincia de Segovia—, pero en tierras manchegas adquirió un carácter casi identitario.

Más que un postre: un ritual compartido

Las flores manchegas no son solo un dulce; son un acontecimiento doméstico. Su elaboración tradicional exige destreza y paciencia, sobre todo en el manejo del molde de hierro que da forma a la masa en el aceite caliente. Ese utensilio, que se calienta y se sumerge con precisión, es casi un objeto de culto en muchas cocinas rurales.

Molde de hierro flores manchegas

Molde de hierro flores manchegasBon Viveur

El momento de freírlas reúne a varias generaciones alrededor de la sartén. Unas vigilan el aceite, otras preparan la mesa, alguien espera con el azúcar y la canela. Y cuando la flor se desprende y flota dorada, hay una pequeña celebración íntima.

Después, llega el crujido. Porque si algo define a las flores manchegas es esa textura ligera que se quiebra al primer bocado, liberando el aroma del anís y el dulzor del azúcar. No son empalagosas; son sutiles, delicadas, casi etéreas.

Del Carnaval a la Semana Santa

Aunque hoy pueden encontrarse durante todo el año en algunas pastelerías artesanas, su calendario emocional sigue ligado al invierno festivo. El Carnaval abre la temporada, con su explosión de máscaras y música; la Cuaresma la prolonga en clave más recogida; y la Semana Santa la consolida como alternativa —o complemento— a torrijas y pestiños.

En un territorio donde la gastronomía es memoria, las flores manchegas funcionan como puente entre lo pagano y lo religioso, entre la fiesta y la tradición. Son un dulce que atraviesa el calendario sin perder su esencia.

Un símbolo gastronómico de La Mancha

En tiempos de cocina de autor y postres deconstruidos, las flores manchegas resisten como emblema de autenticidad. No necesitan reinterpretaciones sofisticadas para brillar. Su fuerza está en la sencillez, en la repetición del gesto aprendido, en la fidelidad a una receta transmitida sin prisas.

Las flores que no faltaban en el cumpleaños de mi tía Manola, las de mi vecina Mari, las que hacía la Tía Fana cada Semana Santa, las de Aurora. Algo más que un dulce. Mucho más. Uno de mis sabores perdidos.

Flores manchegas

Flores manchegasBon Viveur

Cada flor es, en el fondo, una metáfora de la propia Mancha: austera en apariencia, rica en matices; discreta, pero profunda. Un territorio donde el paisaje parece seco y, sin embargo, guarda una vida intensa bajo la superficie.

Quizá por eso, cuando llega el Carnaval y el olor a aceite caliente invade las cocinas, La Mancha vuelve a florecer. Y lo hace en forma de dulce crujiente, dorado y eterno.

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