Jordi Pujol (izq), en una foto de 1983 junto a Joan Fuster

Jordi Pujol (izq), en una foto de 1983 junto a Joan FusterWikimedia

Historias de Cataluña

El día que Jordi Pujol se cobró la cabeza del director de La Vanguardia por «anticatalán»

Recordando el 'caso Galinsoga', que supuso la destitución del director del rotativo por sus comentarios contra los catalanes

El periodista y político Luis Martínez de Galinsoga y de la Serna ocupó la dirección de La Vanguardia Española durante veinte años por imposición del gobierno de Francisco Franco. Antes, desde marzo a julio de 1936, había sido director del diario ABC en sustitución de Juan Ignacio Luca de Tena, y durante la guerra civil fue director de la edición de Sevilla del mismo diario.

Al terminar la guerra, Ramón Serrano Suñer lo nombró director de La Vanguardia, que pasó a llamarse La Vanguardia Española. Compaginó esta tarea con la de procurador en Cortes, entre 1946-1952 y de 1955 hasta 1964. Sin embargo, el mismo régimen que le situó al frente del diario le hizo dimitir el 5 de febrero de 1960: veamos por qué.

El 21 de junio de 1959, Galinsoga asistió a una misa en la iglesia de San Ildefonso de Barcelona, muy cerca de donde vivía. Apenas comenzar la homilía, protestó ante el sacristán porque en ésta se había hablado en catalán. Recordemos que hasta el Concilio Vaticano II las misas se hacían en latín y la homilía, en el idioma del país. Aquellas palabras en catalán ofendieron a Galinsoga:

–Vengo a protestar porque se dice la misa en catalán– empezó a decir el periodista.

–Usted perdone, pero aquí como en todas partes, la misa se dice en latín– contestó el sacristán con marcado acento andaluz.

Luis de Galinsoga, en una imagen de archivo

Luis de Galinsoga, en una imagen de archivo

–Vengo a protestar porque es intolerable que se predique en catalán– repitió Galinsoga.

–Mire usted –respondió el sacerdote–, he predicado en castellano en la misa anterior, y en las otras misas se predicará también en castellano. Pero esta misa parroquial celebrada por el párroco y con participación de los feligreses tiene sermón en catalán, porque todos los que asisten a ella son catalanes y han pedido que se les predique en catalán. Yo soy castellano, pero me parece lógico que en esta misa el sermón sea en catalán.

–¡Pues diga usted a ese señor y a todos sus feligreses que son una mierda!

Salió de la sacristía refunfuñando y diciendo «¡Cataluña de mierda!», y una señora le increpó: «¿Pero qué está diciendo, grosero?». «¡Qué todos los catalanes son una mierda!», gritó, fuerte y claro.

Las consecuencias

Aquellas palabras cayeron muy mal en la sociedad catalana. Más de 14.000 personas se dieron de baja como suscriptores de La Vanguardia. La asociación Cristianos Catalanes, liderados por Jordi Pujol, organizaron una campaña contra este diario. Publicaron un escrito titulado «Dignidad contra la chulería» donde decían:

El Sr. Galinsoga es un anticatalán furioso, hasta el punto de que durante la guerra civil llegó a escribir que había que destruir Cataluña. Durante todo este tiempo que hemos tenido que soportar como director de un diario de tanta importancia como La Vanguardia las expresiones injuriosas y las chulerías han sido su norma.

Finalmente, hace poco –el día 21 de junio de este año– se ha permitido pronunciar en plena parroquia de San Ildefonso de Barcelona (Travessera de Gràcia, 55), después de otras expresiones insultantes, esta frase altamente ofensiva: «¡Todos los catalanes son una mierda!». Catalanes: Tenemos que demostrar que no se nos puede insultar impunemente”.

El movimiento popular cada vez era más duro contra Galinsoga y el diario que dirigía. La pérdida de ventas hacía peligrar el futuro de la publicación. Para intentar apaciguar los ánimos, Galinsoga publicó un artículo, el 19 de enero de 1960 en la página 16 de La Vanguardia:

Contra los hechos de una conducta clara e infalsificable no pueden prevalecer intentos de atizar el fuego de la discordia y no podrán desmentirse los hechos que apunto, solamente a título de ejemplo. Me parece haber condescendido con excesiva paciencia prudente a esa oleada de maledicencia que de una manera subrepticia se ha desencadenado contra mi actuación.

Tengo mi historia periodística, modesta pero limpia, al servicio de la tarea profesional. Y nunca hubiera molestado a mis lectores con este alegato en defensa propia y en defensa de la verdad si no fuera porque toda esa campaña se ha urdido sobre el artilugio de un slogan prefabricado, de una patraña según la cual se han puesto en mis labios palabras que yo no he podido decir nunca contra los catalanes, porque pocos como yo conocen desde muy antiguo, en nuestra contemporaneidad, las virtudes y los esfuerzos beneméritos que hace más de cuarenta años elogiaba yo, con vibrante tesón, en las columnas del diario «La Acción» y que ahora palpitan en la vibración de LA VANGUARDIA.

Lo que más me duele es que algunos, mal informados, hayan podido creer que yo soy capaz de proferir unas palabras que además de ser procaces resultan sencillamente necias. Yo pido que se me juzgue por mis hechos y no por mis palabras. Y menos, si las palabras que se me han atribuido quedan claramente desmentidas por mí.

Las excusas no sirvieron de nada. Parte de la sociedad catalana quería la cabeza de Galinsoga. Los anunciantes se dirigieron a Carlos Godó Valls, conde de Godó, advirtiéndole que se dejarían de anunciar si no dimitía el director del diario. El 28 de diciembre de 1959, Godó se dirigió a Franco pidiéndole el cese.

En aquella época era el gabinete franquista el que ponía y sacaba a los directores de los periódicos, para tenerlos controlados. El Consejo de Ministros aceptó la petición del conde. Durante aquellos meses, La Vanguardia Española redujo en 30.000 el número de ejemplares y perdió 1,5 millones de pesetas. Se nombró a Manuel Aznar Zubigaray como sustituto. El caso Galinsoga fue una victoria de la oposición catalanista liderada por Jordi Pujol.

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