Detalle del cuadro 'Entrada de Roger de Flor en Constantinopla', pintado por José Moreno en 1888

Detalle del cuadro 'Entrada de Roger de Flor en Constantinopla', pintado por José Moreno en 1888

Historia

El motor oculto de la Corona de Aragón en el Mediterráneo: el arte del saqueo sistemático

La piratería y el corso se convirtieron en una constante en las aguas del Mediterráneo

Si somos coherentes, la aventura de la Corona de Aragón en el Mediterráneo consistió en una mezcla de evidente precariedad, una desbocada codicia mercantil y la institucionalización del contrabando y la violencia corsaria. Aquellos navegantes no buscaban la gloria, sino tejidos, armas, metales, espacias, sedas y esclavos para vender en las lonjas de Barcelona, Valencia y Palma de Mallorca.

Mientras las repúblicas de Venecia y Génova operaban en el Imperio bizantino, los súbditos de la Corona de Aragón carecían de enclaves estables en los reinos orientales cristianos. Su presencia dependía de la caridad de sus rivales. Los archivos notariales de Pera, Caffa o Chipre revelan que los catalanes andaban por allí de prestado, como inquilinos ruidosos en casa ajena.

Intentaron abrir negocio en el Mar Muerto sin conseguirlo. La irrupción de la Compañía Catalana de almogávares en 1303 dilapidó cualquier línea diplomática y provocó que fueran expulsados de Caffa en el 1305. Cuando regresaron, décadas más tarde, solo representaban el 0,8% de la población censada en Crimea, limitándose a traficar con grano, cuernos y cera local. Es decir, allí había entre 1.200 y 1.500 mercaderes de la Corona de Aragón.

En marzo de 1311, en la batalla de Halmyros, la Compañía Catalana liquidó a la flor y nata de la caballería franca y se agenció los ducados de Atenas y Neopatria. Aquellos mercenarios resultaron ser funcionarios de una eficiencia pasmosa. En lugar de quemar los archivos, sentaron a escribir a los notarios y escribanos que arrastraban en sus filas, gobernando aquellos valles griegos mediante las Constituciones de Cataluña y los Usatges de Barcelona, convirtiendo el catalán en la lengua oficial de la cancillería en pleno corazón de la Hélade.

Pedro IV de Aragón, apodado el Ceremonioso, prohibió vender bienes inmuebles a la población griega autóctona o a la Iglesia, argumentando que los clérigos servían de bien poco a la hora de empuñar una lanza contra las incursiones turcas. Sin embargo aquel islote occidental en Grecia estaba condenado por su propia anemia demográfica. Su principal legado en la región no fue cultural, sino logístico. Se dinamitó el mercado regional, elevando un fructífero tráfico de cautivos y esclavos griegos que acababan subastados en los puertos de la Creta veneciana, convirtiéndose en un negocio muy lucrativo.

Piratería y corso

Cuando el ducado colapsó en el 1394 a nadie le sorprendió, porque el verdadero motor de la presencia catalana en Oriente nunca fue la ocupación del terreno, sino el arte de desvalijar aquellos territorios. En aquellas aguas la piratería y el corso operaban como una extensión natural del libre comercio. Durante las primeras décadas del siglo XIV los marinos catalanes fueron perseguidos por los corsarios genoveses de la Riviera y de las flotas venecianas.

La Corona de Aragón demostró una indudable capacidad de aprendizaje cuando se trataba de la supervivencia económica. La interminable guerra contra Génova por el control de Cerdeña funcionó como la mejor universidad posible para los armadores de Barcelona y Mallorca.

El Rey Pedro IV de Aragón, el Ceremonioso, copia de Felipe Ariosto. Ahora está cedido en depósito al Museo Marítimo de Barcelona

Retrato del rey Pedro IV de Aragón, el Ceremonioso©Museo Nacional del Prado

Durante la segunda mitad del siglo ya habían perfeccionado las técnicas del saqueo marítimo, ganándose la reputación de ser los piratas más implacables y temidos del Mediterráneo. Entre ellos tenemos a Ponç Descatllar, Joan Roig, Nicolás Sampier, o Bernat de Sarriá. Las treguas diplomáticas ponían límites a los puertos con licencia para armar naves de guerra, pero las hostilidades continuaban bajo el domino corso.

Mientras los papas clamaban por la cruzada y prohibían con severas excomuniones cualquier comercio con infieles tras la caída de Acre en 1291, los mercaderes barceloneses respiraban gracias al oxígeno del Oriente islámico. Como el dinero no entiende de teología, a través del contrabando o la compra de licencias pontificias, los barcos catalanes hacían escala en Chipre o en Rodas, de los caballeros hospitalarios, que también sabían mirar hacia otro lado, para acabar fondeando en los puertos del Sultanato mameluco.

De los modestos cuatro viajes anuales permitidos por las crisis de mitad del siglo XIV, se pasó a un auge espectacular entre 1370 y 1405, con picos de más de diez convoyes anuales cruzando el mar. Barcelona exportaba paños de lana, tejidos o coral, y regresaba con las bodegas llenas de especias como pimienta, jengibre, canela y clavo. Aquellas cargas eran una necesidad imperiosa para alimentar la farmacopea y la dietética de la época, fuertemente influenciadas por la escuela médica de Salerno. Fue este tráfico semiclandestino el que sentó a Barcelona a la mesa de las grandes potencias económicas medievales, disputando la hegemonía de Venecia y Génova.

Diplomacia con El Cairo

Para sostener todo esto hizo falta una diplomacia bilateral con El Cairo que rozó un equilibrismo que podemos clasificar de sorprendente. En el 1290 Alfonso III de Aragón, apodado el Franco, firmó un acuerdo con el sultán mameluco de Egipto Sayf al-Din Qalawun al-Mansur Qalawun por el cual el rey cristiano se comprometía a no auxiliar a otros príncipes de su propia fe si atacaban a los mamelucos, garantizando además el suministro de materiales bélicos estrictamente prohibidos por la Santa Sede.

Alfonso V de Aragón, apodado el Magnánimo, decidió que la agresividad militar, sus ambiciones dinásticas en Nápoles y el patrocinio descarado de la piratería eran mejores que la discreción comercial. El sultán mameluco de Egipto, Al-Ashraf Sayf ad-Dīn Barsbay impuso monopolios y altos aranceles en el comercio de especias, perjudicando a los mercaderes de Barcelona y Valencia. En respuesta, Alfonso V protegió y fomentó el corso catalán y aragonés, cuyas naves asaltaban constantemente los puertos y barcos bajo control mameluco en Egipto y Siria.

El conflicto culminó con la firma de un tratado de paz y amistad en 1430. Barsbay garantizó la seguridad y ventajas aduaneras para los cónsules y comerciantes de la Corona de Aragón en tierras egipcias. Además se restableció la red de consulados aragoneses en el norte de África y Oriente Próximo. Tras la muerte de Barsbay y la caída de Constantinopla cambió el mapa geopolítico. El Mediterráneo se volvió a calentar. Eso si, durante dos décadas el tratado dio el oxígeno financiero que Barcelona necesitaban para mantener su hegemonía comercial.

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