Detalle del cuadro 'Entrada de Roger de Flor en Constantinopla', pintado por José Moreno en 1888

Detalle del cuadro 'Entrada de Roger de Flor en Constantinopla', pintado por José Moreno en 1888

Historias de Cataluña

Si un griego te llamaba «catalán», te estaba insultando: todo viene de los soldados más temibles de Aragón

Al grito de «Desperta, ferro!», los almogávares se labraron un nombre por la fuerza de sus armas

En una época no muy lejana existía una maldición en tierras griegas que decía: «¡Que la venganza de los catalanes caiga sobre ti». También existía una expresión más contundente, y despectiva: «¡Eres un catalán!». Ambas eran expresiones muy fuertes, que tenían a los catalanes como centro, como si fueran el hombre del saco. La primera se utilizó hasta el siglo XVII y la segunda, hasta finales del siglo XIX.

Para entender el terror del que estamos hablando, debemos hablar de la Gran Compañía Catalana, también conocidos como almogávares. Estos dominaron desde Tracia hasta el Ática; lo que hoy son Grecia, Turquía y Bulgaria. Comenzó en el 1303 como una misión de auxilio al Imperio Bizantino y terminó convirtiéndose en una de las compañías militares más feroces de la Edad Media, dando lugar a la famosa «venganza catalana».

¿Quiénes eran? Los almogávares eran soldados de infantería ligera, mercenarios y guerrilleros. La mayoría de ellos eran originarios de la Corona de Aragón. Se hicieron famosos por su ferocidad, valentía y estrategias de guerrilla. Su grito de guerra era «Desperta ferro!» («¡despierta, hierro!», utilizaban armas ligeras y atacaban en grupos autónomos.

La «venganza catalana»

En 1302, después de la paz de Caltabellotta, muchos soldados se quedaron sin trabajo. En ese momento Roger de Flor –un italiano de origen alemán, que había sido templario– ofreció los servicios de estos hombres al emperador bizantino Andrónico II Paleólogo, que estaba en lucha con los otomanos en Anatolia. La Compañía derrotó a los otomanos, pero eran hombres indisciplinados y exigían los pagos prometidos. El Imperio Bizantino, que estaba arruinado, empezó a temer más a estos hombres que a los otomanos.

'Guerrero almogávar', por José Moreno, pintado en 1898

'Guerrero almogávar', por José Moreno, pintado en 1898Wikimedia

El 30 de abril de 1305 Roger de Flor acudió a un banquete en Adrianópolis, invitado por Miguel IX, hijo del emperador. Tanto Flor como su guardia fueron asesinados. Los miembros de la Compañía que quedaron vivos se refugiaron en Gallípoli y juraron que se vengarían. Y lo hicieron: durante dos años asediaron Tracia y Macedonia. Destruyeron todo lo que encontraron a su paso. Arrasaron aldeas y masacraron a la población. Esta es la famosa «venganza catalana».

En el 1311, en la batalla del río Cefeso, aniquilaron a la caballería franca que gobernaba el Ducado de Atenas. En aquel momento la Compañía pasó a ser señores feudales. Desde esta fecha al 1388 estos soldados de origen catalán gobernaron Atenas y Tebas, imponiendo las Costumbres de Barcelona y el catalán. Su dominio no se basaba en la legitimidad dinástica, sino en el derecho de conquista por las armas. Por eso siempre fueron vistos como intrusos violentos.

La violencia de estos soldados catalanes fue tal que, mientras en la Corona de Aragón eran vistos como héroes épicos, en Grecia, Bulgaria y Albania pensaban todo lo contrario. Es en ese momento cuando nació toda una cultura popular en contra de los almogávares catalanes, basada en maldiciones, insultos y baladas.

«Caiga sobre ti…»

En el año 1623, el historiador y diplomático Francisco de Moncada, marqués de Aitona, publicó Expedición de los catalanes y aragoneses contra turcos y griegos. En esta obra se narran las hazañas de los almogávares en el Imperio Bizantino, e incluye la frase mentada, al inicio, «que la venganza de los catalanes caiga sobre ti». Esta, en su momento, era la peor de las maldiciones.

En aquel tiempo llamar a uno katelanos, «catalán», no era un piropo, sino acusar a alguien de ser un hombre despiadado, sin ley y brutal en sus actos. Incluso, hasta el siglo XIX se decía «líbrame de los turcos para caer en manos de los catalanes». En Albania el término katalán, en los cuentos tradicionales, era un gigante ciclópeo, un monstruo antropófago que vivía en las montañas y devoraba niños. Podemos decir que en estas tierras hablar de los catalanes era sinónimo del hombre del saco.

En el folclore griego encontramos la Balada del Castillo de Salona, un poema épico donde narra la caída del Salona en el 1394, después de 80 años de dominio de los almogávares. En ella leemos:

«Como el Castillo de Salona, ningún otro castillo existe, que tiene los címbalos de oro y las campanas de plata. Allí dentro hay una joven esbelta, una muchacha hermosa, a quien asedian los turcos, los francos y los catalanes.

Pero un traidor, un malvado, les abrió la puerta, 'Entrad, enemigos nuestros, el castillo es vuestro'. Corren los turcos, corren los francos, corren los catalanes, y el castillo de Salona en sus manos ya atrapan.

La joven, al verlo, subió por la escalera, llegó a las altas murallas, miró hacia el abismo. 'Mejor en el abismo que esclava de los extranjeros', y como un pájaro voló, y en la muerte se perdió»

La joven representa a Grecia. Los címbalos de oro y las campanas de plata simbolizan a los Fadrique, la familia catalana que gobernó este condado durante años y que la convirtieron en uno de los centros más prósperos. El suicidio es un motivo recurrente para explicar el declive de los almogávares y la conquista de Salona por parte de Bayazid I. Algunos estudiosos también ven en la muchacha hermosa a Maria Fadrique de Aragón, hija de Luis Fadrique y Helena Asanina Cantacuceba, la última heredera del linaje catalán en Salona.

La restauración y perdón histórico llegó en 2005. Ese año la Generalitat de Cataluña financió la restauración de la Torre del Tesoro del monasterio de Vatopedi, situado en el Monte Athos, con una inversión de 240.000 euros. El pago se realizó como un gesto de desagravio o reconciliación por las atrocidades cometidas por los almogávares, la Gran Compañía Catalana, en el siglo XIV.

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