Vista aérea del Templo Expiatorio del Sagrado Corazón, en el Tibidabo
Religión
Se buscan donantes para iluminar de noche el Tibidabo, el «nuevo Montmartre» que un santo regaló a Barcelona
Iluminar durante una hora el templo cuesta 20 euros, y una misma persona puede pagar varias horas
Hay noches en que la oscuridad que cubre Barcelona se ve quebrada por una luz especial, que brilla con la fuerza de un faro pero cuyo cometido es más importante: se trata del Templo Expiatorio del Sagrado Corazón de Jesús que corona la montaña del Tibidabo, y al iluminarse se convierte en «expresión de la presencia amorosa del Sagrado Corazón de Jesús, que nos acompaña noche y día».
Así lo explican los salesianos que custodian esta iglesia, «un icono distintivo» de la ciudad de Barcelona, señalan. Sin embargo, para que este faro espiritual siga reconfortando el corazón de los habitantes de la ciudad, se necesitan donantes. Según destacan, el iluminar durante una hora el templo cuesta 20 euros, «siempre que el coste de la energía se mantenga como ahora», apuntan.
El templo del Tibidabo, iluminado de noche
De ahí que tanto desde el templo expiatorio como desde otros ambientes católicos se quiera hacer un llamado a los barceloneses a comprometerse para permitir que esta luz siga brillando. Según señalan los salesianos en la página web del templo, el donativo puede realizarse en la recepción del mismo, por transferencia o por Bizum, y una misma persona puede contratar varias horas de iluminación, a partir de las 20h.
Un santo y una intuición
Todo ello para seguir dando vida a un templo muy querido por varias generaciones de católicos barceloneses, y que tiene una historia muy particular. Según explica a El Debate la historiadora Maria Morer, el origen está en 1886, cuando san Juan Bosco viajó a Barcelona, invitado por Dorotea de Chopitea. «San Juan Bosco cuenta que cuando iba en el tren, escuchando el ‘cloc-cloc’, ‘cloc-cloc’ le parecía escuchar ‘Tibi-dabo’, ‘Tibi-dabo’, pero no sabía qué significaba aún», relata.
Una vez en Barcelona, un grupo de prohombres había comprado el terreno, como reacción a unos rumores que decían que se iba a construir allí un templo protestante y un casino. Se los cedieron a san Juan Bosco, y este recordó –señala Morer– aquella intuición profética que había tenido en el tren. Poco antes, el santo había impulsado la construcción de una iglesia dedicada al Sagrado Corazón –una devoción impulsada por el entonces Papa, León XIII–, y se decidió hacer lo propio en Barcelona.
Aquel mismo año se construyó una pequeña ermita neogótica en el lugar, con la intención de sustituirla más adelante; sin embargo, la primera piedra del templo expiatorio actual no se colocó hasta 1902, cuando el entonces obispo de Barcelona, Salvador Casañas, definió el proyecto como el «nuevo Montmartre de Barcelona», en alusión a la colina de París donde se ubica la célebre iglesia dedicada al Sagrado Corazón.
Una obra, dos estilos
Finalmente, la obra se encargó al arquitecto Enric Sagnier. «No es muy conocido, pero es muy importante y fue muy prolífico, tenemos documentados más de 300 edificios suyos», señala Morer, lamentando que Sagnier tuviera la «mala suerte» de coincidir en el tiempo y en el espacio con una personalidad tan aclaparadora como fue la de Antonio Gaudí. «A Sagnier le debemos la belleza de Barcelona: si ves un edificio bonito paseando por el Eixample, tienes un 90% de posibilidades de que sea suyo», señala la también colaboradora de Santa Creu BCN.
El templo expiatorio del Tibidabo fue un proyecto que Sagnier no vio acabado: cogió el relevo su hijo Josep Maria, quien lo finalizó en 1961. «Sagnier pensó el templo como una gran peana para la gran escultura del Sagrado Corazón que lo corona, es un monumento dedicado al amor humano y divino que encarna Jesucristo», señala Morer.
Maria Morer (izq), en un episodio del podcast 'L'escalinata'
El edificio está dividido en dos partes muy contrastadas entre sí. En la parte inferior está la cripta, de estilo neobizantino y de tonos marrones. «Conecta con la fuerza de la tradición y de la fe, y recuerda a la fortaleza de la Jerusalén celestial, amurallada», explica la historiadora del arte, recalcando que en la entrada están representados los patrones de Barcelona, Cataluña y España: la virgen de la Mercè, san Jorge y Santiago.
De la cripta nacen unas escaleras que suben hasta la segunda parte del templo –«simboliza un camino de sacrificio, purificación y expiación», apunta Morer–, de estilo neogótico y color blanco. Se marca así el contraste entre lo recio de la parte inferior y lo purificado, etéreo o luminoso de la parte superior… un contraste acentuado por las noches en que el templo se ilumina y traslada el mensaje inscrito en su arquitectura a toda la ciudad.