Quema de objetos y muebles frente a Santa María del Mar, en 1936

Quema de objetos y muebles frente a Santa María del Mar, en 1936

Historia

Los anarquistas de Barcelona que planearon destruir la Sagrada Familia durante la Guerra Civil

Los ataques anticlericales en 1936 casi echan por tierra el sueño de Gaudí

El estallido de la Guerra Civil, en julio de 1936, transformó a Barcelona en un escenario de profunda agitación social, vacío de poder institucional y una desatada violencia social. En las semanas posteriores las calles quedaron bajo el control de los comités revolucionarios

Estos estaban integrados en su gran mayoría por sectores anarquistas de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y de la Federación Anarquista Ibérica (FAI). Para estas facciones, la Iglesia Católica no solo representaba un pilar espiritual, sino una de las instituciones más opresivas del viejo orden que pretendían derrocar.

El fuego y la piqueta se convirtieron en las herramientas de una purga que barrió el patrimonio religioso de la ciudad. Templos históricos como Santa María del Mar, Santa María del Pino o la basílica de la Merced sufrieron incendios devastadores. En este clima de furor destructivo, el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, que en aquel entonces ya se alzaba como una de las estructuras más imponentes y singulares de la ciudad, tras más de cinco décadas de accidentada construcción, no tardó en convertirse en un objetivo preferente de las turbas.

A la izquierda la Sagrada Familia el 20 de julio de 1936; a la derecha el portal del Rosario destrozado.

A la izquierda, la Sagrada Familia el 20 de julio de 1936; a la derecha, el portal del Rosario, destrozadoReligión en Libertad

El 21 de julio de 1936, un comando de milicianos armados asaltó el recinto del templo con la clara intención de arrasarlo. El ataque inicial se dirigió hacia la cripta, el espacio sagrado subterráneo que ya funcionaba como iglesia parroquial del barrio y que guardaba un altísimo valor emocional e histórico para la comunidad, pues allí reposaban los restos del fundador de la Asociación de Devotos de San José y promotor original de la obra, Josep Maria Bocabella, y los de Antoni Gaudí.

Profanaron el templo

Los asaltantes forzaron los accesos, profanaron el espacio litúrgico y prendieron fuego al mobiliario, los altares y las imágenes religiosas. El ensañamiento con el entorno buscaba quebrar la memoria física del templo. La losa sepulcral de Gaudí, una sobria lápida empotrada en el pavimento de la capilla de la Virgen del Carmen, se salvó de una exhumación forzosa o de la destrucción total gracias a que quedó cubierta de escombros y hollín, pasando desapercibida para la masa enfurecida en medio de la densa humareda.

El daño más catastrófico ocurrió cuando la turba irrumpió en las dependencias administrativas y técnicas anexas. Allí se encontraba el taller de Antoni Gaudí. Este taller albergaba decenas de manuscritos, cuadernos de anotaciones científicas, bocetos conceptuales a lápiz y acuarela, cálculos matemáticos, miles de planos minuciosos dibujados a mano a lo largo de cincuenta años y un irrepetible archivo fotográfico que documentaba los avances de las obras y experimentos lumínicos.

Lo más grave fue la pérdida del monumental conjunto de maquetas de yeso a gran escala. Gaudí concebía y calculaba su arquitectura mediante un método tridimensional. Las maquetas eran sus verdaderas herramientas de cálculo estructural y geométrico. En ellas se hallaban materializadas las claves constructivas de las futuras naves, las columnas de geometría reglada que emulaban árboles, los ventanales hiperbólicos y las intrincadas bóvedas helicoidales que el arquitecto intuía pero que aún no se habían edificado.

Los milicianos arrojaron combustible en el interior del taller y le prendieron fuego, reduciendo a cenizas décadas de investigación arquitectónica en unas pocas horas. No conformes con el incendio destrozaron las maquetas más grandes a golpes de mazo y hacha, arrojando los pedazos por las ventanas hacia el patio exterior, donde quedaron reducidos a un inmenso y trágico mar de fragmentos anónimos sepultados bajo la metralla y el carbón.

Guardia armada

Al desaparecer los planos originales y los modelos tridimensionales que debían guiar a sus sucesores, el futuro de la construcción quedó sumergido en una incertidumbre. En el ámbito cultural y social, se extendió el temor generalizado de que el monumento se convirtiera para siempre en una ruina melancólica, en un esqueleto inconcluso que atestiguara el violento final de una época.

Incluso dentro del propio bando republicano, la gravedad de lo sucedido encendió las alarmas de intelectuales y políticos conscientes de que la destrucción del patrimonio artístico internacional dañaba de forma severa la legitimidad exterior de la República.

Gracias a la decidida intervención de figuras de la cultura catalana y a las órdenes de protección emitidas por la Generalidad de Cataluña, en los días posteriores, se logró destacar una guardia armada para impedir que los anarquistas colocaran cargas de dinamita en los cimientos de la Fachada del Nacimiento y en las cuatro torres de los Apóstoles, cuya demolición total llegó a planificarse en los comités más radicales.

Incendio de la Sagrada Familia, en 1936, coloreado

Incendio de la Sagrada Familia, en 1936, coloreado

El final de la guerra en 1939 dejó un paisaje desolador en el recinto del templo. Una cripta calcinada, las oficinas desvalijadas y un solar sembrado de fragmentos de yeso que parecían imposibles de recuperar. La obra quedó paralizada por la escasez de materiales, la dispersión de los antiguos colaboradores, y la destrucción del material realizado por Gaudí.

Fue el arquitecto Francesc de Paula Quintana Vidal, que había trabajado con Gaudí y conocía de primera mano sus métodos creativos, quien asumió tarea de recuperar la memoria física de la Sagrada Familia. Con paciencia y devoción descendió a los escombros del taller derruido para recoger, limpiar del hollín y clasificar uno a uno los miles de pedazos de yeso rotos que habían sobrevivido al fuego y a la intemperie.

A partir de los fragmentos rescatados y de las pocas fotografías que se salvaron o que poseían coleccionistas privados, Quintana, junto a otros discípulos leales como Lluís Bonet i Garí e Isidre Puig i Boada, logró reconstruir fielmente los modelos a escala de las naves centrales y de la Fachada de la Pasión.

Este rescate no solo salvó la esencia del proyecto, sino que proporcionó la base matemática imprescindible para que las siguientes generaciones de arquitectos, armadas décadas más tarde con tecnologías informáticas que Antoni Gaudí jamás pudo imaginar, descifraran las complejas leyes de la geometría reglada que el arquitecto había dejado impresas en el yeso y reanudaran, contra todo pronóstico, la edificación del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia.

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