Catarsis en el Estadio Olímpico: León XIV guía a 40.000 personas a través de la noche más oscura
El Papa ofrece en Montjuic una alternativa a algunas de las grandes angustias que atenazan el corazón del joven contemporáneo
El Papa León XIV a su llegada al Estadio Olímpico Lluís Companys, en Barcelona
La pregunta que expulsa a más gente de la Iglesia Católica no tiene nada que ver con los abusos ni con temas de índole moral, sino con una inquietud más profunda y primordial que puede declinarse en ocho palabras: «¿Por qué Dios permite que pasen cosas malas?». Se trata del problema del mal, que ha sido abordado por innumerables filósofos y teólogos, pero que mantiene su colmillo afilado y penetrante.
Por ejemplo: si Dios es bueno, ¿por qué sufro una depresión que me lleva a intentar quitarme la vida? O si es omnipotente, ¿por qué permite que mi padre intentase matar a mi madre? Ambos son testimonios reales, preguntas que atraviesan piel y carne y tocan hueso y corazón. Ambas, además, son preguntas que dos jóvenes le presentaron al Papa León XIV este martes en el Estadio Lluís Companys.
«Me cuesta perdonar a mi padre, y a veces levanto los ojos al cielo y le pregunto ¿dónde estabas cuando era una niña?», decía la protagonista de esta segunda historia. León XIV no se acobardó –no en vano, el Papa es agustino, y san Agustín fue uno de los campeones que afrontaron de cara esta cuestión– y ofreció a las 40.000 personas presentes una guía para atravesar estas y otras noches oscuras.
«Frente a las situaciones más difíciles y dolorosas, cuando Dios parece ausente, debemos confiarle una vez más las cargas que llevamos en el corazón, incluso gritándole a Él, incluso protestando como Job», reflexionó el Papa, conmovido ante la sencillez de unos testimonios a pecho descubierto. León XIV también pidió no «espiritualizar el dolor» y no minimizarlo: «La cruz de Jesús nos dice que Dios no nos abandona», insistía el obispo de Roma a un entregado coliseo.
El Santo Padre también insistió en la importancia del perdón, «poderosa medicina contra el mal», e invitó a invocarlo del Señor, «pidiendo, tal vez durante toda la vida, que el Señor amplíe en nosotros el espacio del amor precisamente allí donde hemos sido heridos». Ante una realidad en la que la oscuridad se cierne sobre tantas vidas, las palabras del Papa hendían la tiniebla con la luz que viene del lugar al que uno apunta cuando alza la mirada.
Cruces y dragones
Antes de que el Papa entrase en el Estadio Olímpico –un largo paseo en Papamóvil junto a las gradas, en el que se paró generosamente recorriendo el diámetro del estadio–, los presentes pudieron escuchar varios testimonios que prepararon el camino al sucesor de Pedro. «La noche no es el final de la historia», insistía el teólogo Francesc Torralba, reclamando mantener la esperanza.
Ambiente previo a la vigilia de oración con el Papa León XIV, en el Estadio Olímpico Lluís Companys
Torralba –que ha sufrido en sus entrañas el dolor más intenso, ya que en 2023 perdió a un hijo durante una excursión por la montaña– insistía: «Cuando atravesamos noches oscuras, paisajes llenos de ruinas y desiertos hostiles, la Palabra hecha carne nos llama a salir de nosotros mismos, a ser bálsamo en el sufrimiento, a consolar a los afligidos, a dar lo que somos para que otros puedan ser».
El sacerdote Bruno Bérchez ahondaba en la idea, con épica gaudiniana: la cruz –recordaba– recuerda que el dragón ha sido «vencido», y un monstruo vencido ya no tiene poder sobre uno. También revestía cierta épica el plantel de más de 50 sacerdotes que, como centinelas, jalonaban los accesos al estadio, ofreciendo a los recién llegados la oportunidad de confesarse.
Solemnidad en aumento
A medida que pasaban las horas, la solemnidad iba en aumento: si la primera mitad del evento estuvo marcado por la fiesta –desde el escenario se escuchó a Beret, Álvaro Soler, Alfred Garcia o Siloé–, durante la segunda mitad, a partir de la llegada de León XIV, el clima iba ganando capas de solemnidad y misterio: primero con una invocación al Espíritu Santo, luego con una sentida rendición de (Tú) El único Rey mientras entraban a hombros un gran Crucificado.
A la sombra de la cruz, el Papa habló al corazón de los jóvenes inquietos: «Estamos hechos a medida del infinito, y por eso todo horizonte finito, mientras nos satisface, al mismo tiempo nos impulsa hacia adelante y nos invita a seguir buscando». De nuevo, ecos de san Agustín y su célebre máxima: «Mi corazón está inquieto hasta que no descansa en Ti».
Caía la noche y el Papa cavaba cada vez más y más profundo, hacia el corazón del joven atrapado por «idolatrías», insatisfacciones y dolores. Fue entonces cuando respondió a las dos preguntas citadas al arranque de esta crónica, y fue después de aquello cuando la atención de todos los presentes se dirigió a la Palabra de Dios. En concreto, al Evangelio de san Juan, y a su relato del encuentro entre Jesús y Nicodemo.
«También nosotros somos como Nicodemo, peregrinos en la noche», añadía León XIV, mientras el sol se ponía tras el pebetero del Estadio. Sin embargo –y lo sabe bien el Papa, admirador de san Juan de la Cruz–, la noche no tiene la última palabra, y así se lo recordaba a los presentes que escuchaban con avidez: «Dios quiere que nada se pierda y ya desde ahora desea darnos la vida eterna, para conducirnos a la felicidad que no tiene fin».