Josefina Paulín de Peña, Condesa de Ripalda
El profundo legado que dejó en Valencia Josefina Paulín, la condesa ligada a los Marichalar
La Condesa de Ripalda dejó un legado marcado por la modernidad arquitectónica y el compromiso social destacándola como una figura clave en la historia cultural y urbanística de Valencia
Pocas figuras han dejado una impronta tan singular en la historia valenciana como Josefina Inés Paulín de la Peña, más conocida como la Condesa de Ripalda. Nacida en el municipio valenciano de Cullera en 1825, su vida y legado están marcados por un entramado de conexiones familiares, arquitectónicas y culturales que la convierten en un referente del siglo XIX. Desde su influencia en la aristocracia local hasta sus lazos con figuras tan destacadas como los Marichalar, su nombre sigue generando interés y admiración.
Josefina Paulín fue hija de Mariana Peña Sánchez y Roque Paulín Quijano, un indiano cuya fortuna derivaba de una destacada trayectoria militar en alta mar. Esta posición le permitió recibir una educación de primer nivel, abriéndole las puertas a los círculos de la alta sociedad. Sin embargo, su vida personal estuvo marcada por contrastes y tragedias. Contrajo matrimonio en dos ocasiones: primero con Antonio María Romrée Cebrián, Conde de Romrée, y después con José Joaquín Agulló Ramón, Barón de Tamarit, Marqués de Campo Salinas y VI de Ripalda. Este segundo matrimonio consolidó su posición en la nobleza y la vinculó a importantes iniciativas sociales y urbanísticas en Valencia.
Palacio de Ripalda, Valencia
El marqués de Campo Salinas, hombre de ideas progresistas, fue cofundador de la Cruz Roja Española junto a Nicasio Landa y Álvarez de Carvallo, marcando un antes y un después en la atención sanitaria y humanitaria en el país. Este espíritu visionario también se vio reflejado en Josefina, quien se convirtió en promotora de proyectos que dejaron una huella imborrable en la ciudad.
Uno de los más grandes aportes de Josefina a Valencia fue el encargo y construcción del icónico Palacio de Ripalda, años después del fallecimiento de Agulló, diseñado por Joaquín María Arnau Miramón, arquitecto destacado de la escuela romántica valenciana. Inaugurado en 1891, el edificio combinaba elementos arquitectónicos de gran originalidad, convirtiéndose en un emblema del esplendor de la burguesía valenciana. Sin embargo, su existencia fue efímera: durante la Guerra Civil, el palacio se utilizó como sede del Ministerio de Comercio de la República y, más tarde, fue adquirido por Amalio de Marichalar, padre del exduque de Lugo, quien lo vendió para dar paso al emblemático edificio La Pagoda. Este edificio pertenece al Registro Docomomo Ibérico (Documentation and Conservation of buildings, sites and neighbourhoods of the Modern Movement), una organización internacional creada en 1990 con objetivo de inventariar, divulgar y proteger el patrimonio arquitectónico del movimiento moderno.
Además del Palacio de Ripalda, la condesa fue responsable del desarrollo del Pasaje Ripalda, el primer pasaje comercial cubierto de Valencia. Este espacio, que conectaba la plaza de Cajeros con la plaza Mariano Benlliure, representó una muestra del avance arquitectónico y cultural de la ciudad. Construido en 1889, el pasaje sorprendió por la introducción de innovaciones como el primer ascensor de Valencia y sus claraboyas de hierro y cristal, que aportaban una estética moderna y funcional. A pesar de los cambios sufridos con el paso del tiempo, sigue siendo un lugar cargado de simbolismo histórico.
Pasaje de Ripalda, Valencia
La vida de Josefina Paulín no estuvo exenta de dolor. Tres de sus hijos fallecieron durante la infancia, y las responsabilidades como madre y esposa estuvieron marcadas por los rigores de la época. Cuando cayó enferma de cáncer, buscó tratamiento en París, donde fue acogida por su hija Clotilde y sus consuegros. Josefina falleció en 1895 a los 70 años, siendo enterrada en un cementerio de la capital francesa. Su legado, sin embargo, trascendió su muerte.
El impacto de Josefina se extiende más allá de los límites de su tiempo. Su contribución al urbanismo y su apoyo a iniciativas como la Cruz Roja no solo transformaron Valencia, sino que también establecieron un modelo de compromiso social. Su nombre está ligado a figuras como Edgar Neville Romrée, dramaturgo y último habitante de la casa palaciega en Alfafar, que fue heredada de su primer matrimonio. Neville, conocido por atraer a estrellas de Hollywood a Valencia, llevó el apellido Paulín a los círculos culturales internacionales.
El paso del Palacio Ripalda a manos de los Marichalar refuerza la conexión entre Josefina y la nobleza española contemporánea. Aunque el palacio ya no existe, su memoria sigue viva en publicaciones, investigaciones y exposiciones que reivindican su importancia. Una de estas iniciativas es el libro 30 mujeres fascinantes, escrito por la autora Pilar Martínez Olmos, que dedica un capítulo a su historia y pone de relieve su contribución al avance de la sociedad valenciana.
Edificio La Pagoda, Valencia
La figura de Josefina Paulín representa mucho más que el cumplimiento de los roles tradicionales asignados a las mujeres de su época. Fue una visionaria que supo adaptarse a los cambios sociales y culturales del siglo XIX, liderando proyectos que unieron la modernidad europea con la identidad valenciana. Su capacidad para trascender las limitaciones de su tiempo y dejar un legado tangible en arquitectura, urbanismo y filantropía la convierten en un ejemplo digno de admiración.
Hoy, el recuerdo de la Condesa de Ripalda sigue vivo en los rincones de Valencia que llevó a la modernidad y en las historias que sus muros albergaron. Su vida, marcada por dualidades y logros, es un recordatorio de cómo una figura puede influir en la cultura y la historia de una región, dejando un legado que perdura más allá del tiempo y la memoria colectiva.