Imagen de archivo de la plaza de Manises, Valencia

Imagen de archivo de la plaza de Manises, ValenciaWikipedia

Esta es la historia de la estatua más desapercibida de Valencia que rinde homenaje a la raza española

En Valencia, ciudad acostumbrada a convivir con siglos de historia a la vista de todos, existen monumentos que, pese a su carga simbólica, pasan casi inadvertidos para quienes transitan a diario por sus calles. Entre grandes fachadas institucionales, palacios históricos y el constante ir y venir de vecinos y turistas, algunas esculturas quedan relegadas a un segundo plano, como si el tiempo hubiera suavizado su presencia. Una de ellas es la estatua que rinde homenaje a la llamada «raza española», un vestigio de otra época que permanece en silencio en pleno centro histórico.

La escultura se encuentra en la plaza de Manises, un enclave de enorme relevancia política y arquitectónica, flanqueado por el Palau de la Generalitat Valenciana y la sede de la Diputación de Valencia. En medio de este escenario solemne, rodeada de jardines y elevada sobre una esbelta columna de orden dórico procedente del antiguo Hospital de Valencia, se alza la figura de Francisco Pizarro. El conquistador aparece representado en bronce con gesto firme, dominando el espacio desde lo alto, aunque paradójicamente su presencia suele pasar desapercibida para muchos peatones.

La estatua fue inaugurada en 1969, pero su origen se remonta varias décadas atrás. Se trata de una reproducción de una obra anterior, tallada en madera en 1930 por el escultor valenciano Pío Mollar Franch, un imaginero de notable prestigio cuya trayectoria dejó huella en distintas manifestaciones artísticas de la ciudad. El conjunto monumental fue concebido por el arquitecto municipal Emilio Rieta López, quien ideó una composición clásica que refuerza la verticalidad y la solemnidad del homenaje. El resultado es una obra de gran realismo, cuidada en los detalles del atuendo, la postura y la expresión del personaje, que refleja la destreza técnica de su autor.

Francisco Pizarro, nacido en Trujillo a finales del siglo XV, fue una de las figuras más determinantes y controvertidas de la expansión española en América. Lideró la expedición que culminó con la conquista del Imperio Inca y la captura del emperador Atahualpa en 1532, un episodio que marcó un punto de inflexión en la historia del continente. Tras aquellos acontecimientos, Pizarro se convirtió en gobernador de Nueva Castilla, un vasto territorio que abarcaba gran parte del actual Perú.

Su trayectoria estuvo marcada por la ambición, las alianzas frágiles y los enfrentamientos internos, y terminó de forma violenta en Lima, donde fue asesinado en 1541 por antiguos compañeros convertidos en enemigos.

En Valencia, su figura fue elevada a símbolo de una visión histórica concreta, vinculada a la exaltación del papel de España en la conquista y colonización de América. La referencia explícita a la «raza española», presente en la iconografía asociada al monumento, responde a un contexto ideológico propio del siglo XX, muy alejado de las lecturas críticas y matizadas que hoy se aplican al pasado colonial. Sin embargo, la escultura permanece prácticamente sin contextualización, ya que carece de paneles o explicaciones que ayuden al visitante a comprender tanto al personaje como el momento histórico en el que se erigió el monumento.

Así, la estatua de Pizarro sigue observando desde lo alto una plaza cargada de poder institucional y memoria, convertida en un elemento casi invisible del paisaje urbano. Más allá de la polémica que pueda suscitar su significado, su presencia reflexiona sobre cómo las ciudades conservan los símbolos de su pasado y sobre la necesidad de mirar estos monumentos con una perspectiva histórica que permita entenderlos, cuestionarlos y situarlos en su justo contexto.

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