Vista aérea de la isla de Tabarca en el mar Mediterráneo

Vista aérea de la isla de Tabarca en el mar Mediterráneo.Getty Images

Tabarca, cómo es y quién vive en la isla que se quiere independizar

En medio del Mediterráneo, frente a la costa alicantina, existe un lugar donde apenas medio centenar de personas residen todo el año rodeadas de murallas del siglo XVIII y de algunas de las aguas más transparentes de España. Es Tabarca, la isla habitada más pequeña del país, un territorio de apenas 1.800 metros de largo y unos 400 de ancho que suma alrededor de 30 hectáreas y que, pese a su tamaño diminuto, ha decidido dar un paso que suena enorme: sus vecinos han iniciado los trámites para independizarse.

La singularidad geográfica de Tabarca explica parte de esa aspiración a dejar de depender administrativamente del Ayuntamiento de Alicante y convertirse en entidad local menor. Se encuentra a unas ocho millas náuticas de la ciudad y a poco más de tres de Santa Pola, y solo es accesible por mar.

No hay carreteras, ni puentes, ni alternativas cuando el estado del mar complica las comunicaciones. Los barcos de línea regular son el cordón umbilical con tierra firme y condicionan desde el abastecimiento diario hasta la asistencia sanitaria o la llegada de suministros básicos. Ese aislamiento físico, que para el visitante es parte del encanto, para quien vive allí todo el año es un factor determinante en su día a día.

La vida más allá del verano

En invierno, cuando el turismo desaparece y el silencio vuelve a adueñarse de las calles, la isla recupera su auténtica dimensión humana. Viven en ella alrededor de 50 o 60 personas empadronadas que se conocen entre sí, que comparten rutinas y que habitan un casco urbano amurallado de casas encaladas donde apenas circulan vehículos. La vida discurre entre pequeños comercios, restaurantes cerrados a medio gas fuera de temporada, labores vinculadas al mar y una convivencia muy estrecha marcada por la tranquilidad.

Es precisamente esa realidad cotidiana, muy diferente a la imagen veraniega, la que ha empujado a los vecinos a reclamar mayor autonomía. Tras más de una década de reivindicaciones, la asociación vecinal logró el respaldo mayoritario de los residentes con 33 firmas de un censo que ronda las 59 personas para iniciar el proceso que permita a la isla gestionar directamente determinadas competencias y fondos. Los habitantes consideran que, con sus particularidades históricas, patrimoniales y medioambientales, Tabarca necesita un trato específico que, a su juicio, no ha llegado desde la administración municipal.

¿Por qué la independencia?

Entre sus quejas destacan la falta de avances en la mejora del transporte marítimo —una reivindicación aprobada en Les Corts en 2018 que, según denuncian, no se ha materializado— y la ausencia de decisiones claras sobre el futuro urbanístico y de conservación del enclave, pendiente de un Plan Especial que no termina de aprobarse. Para ellos, depender de una ciudad a la que solo se puede llegar en barco y que vive ajena a sus limitaciones diarias supone una desventaja que quieren corregir con autogestión.

Esa sensación de desconexión administrativa contrasta con el valor patrimonial y natural que concentra la isla. Tabarca fue declarada en 1986 la primera reserva marina de España, un hito del que este año se cumplen cuatro décadas y que la ha convertido en referencia internacional en la preservación del ecosistema marino. Bajo la superficie se extienden praderas de posidonia oceánica que mantienen el equilibrio ecológico y que permiten una visibilidad submarina que en días calmados supera con facilidad los veinte metros.

Reserva pesquera de Tabarca (Alicante)

Reserva pesquera de Tabarca (Alicante)Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación

Durante el verano, todo cambia. Donde en invierno reina el silencio, en julio y agosto desembarcan entre 3.000 y 5.000 personas al día. Los barcos llegan sin descanso desde Santa Pola y Alicante cargados de turistas que buscan calas transparentes, paseos entre murallas y arroz con caldero en las terrazas. La población se multiplica de forma desproporcionada para un territorio tan pequeño y la actividad económica se dispara, centrada en la hostelería, la pesca y los servicios ligados al mar. Esa explosión estacional genera riqueza, pero también presión sobre un espacio muy limitado y extremadamente sensible desde el punto de vista medioambiental.

Tabarca es, en apenas cuatro kilómetros de perímetro, un compendio de historia, naturaleza y vida comunitaria. Se puede recorrer entera a pie en poco más de una hora bordeando el mar, cruzándose con vecinos que se saludan por su nombre y con visitantes sorprendidos por la pureza del paisaje. Hay días del invierno en que parece que el número de gatos supera al de personas, una anécdota que ilustra la baja densidad humana y la calma del lugar fuera de temporada.

Esa mezcla de aislamiento, valor patrimonial, riqueza natural y rutina cotidiana es la que explica que sus habitantes hayan decidido intentar gobernar su propio destino. Para ellos, no se trata de una ruptura simbólica, sino de una cuestión práctica. Poder gestionar mejor los recursos, proteger su entorno y adaptar los servicios a una realidad que nada tiene que ver con la de la gran ciudad de la que dependen.

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