Calle de Tabarca.
Las dos batallas de Tabarca: del mapa de los 'países catalanes' a la exigencia de independencia
Nueva Tabarca no es solo la única isla habitada de la Comunidad Valenciana; es, hoy más que nunca, un territorio marcado por los contrastes. Sin embargo, los conflictos que la rodean suceden en planos temporales y motivacionales que rara vez se tocan. Mientras que hace unos años la isla fue objeto de un intento de anexión a un mapa identitario y lingüístico expansionista, hoy sus habitantes reales han iniciado una batalla mucho más pragmática: la independencia administrativa de Alicante para poder, sencillamente, gestionar su propia supervivencia.
El mapa contra la historia
El primer frente de este conflicto fue netamente simbólico y político. En el verano de 2021, bajo el mandato en la Generalitat Valenciana del socialista Ximo Puig, que gobernaba en coalición con los nacionalistas de Compromís, saltó la polémica. Publicaciones subvencionadas por el gobierno autonómico, como el semanario El Temps, situaron a Tabarca como una «singular isla catalana».
Bajo este prisma, impulsado en un contexto político muy favorable a las tesis de los 'países catalanes', la isla se convirtió en un trofeo lingüístico por el uso del valenciano, ignorando deliberadamente que su origen histórico no es ni catalán ni valenciano, sino ligur.
La historia es contundente frente a los mapas de despacho: en 1769, Carlos III rescató a 69 familias de origen genovés que estaban cautivas en la isla tunecina de Tabarka. Estos colonos, con apellidos como Parodi, Pianello o Luchoro, fundaron Nueva Tabarca. Aunque con el tiempo adoptaron la lengua del territorio peninsular más cercano -mezclada con términos genoveses-, su identidad primaria es la de una comunidad cosmopolita.
La batalla actual
A kilómetros de distancia de aquellos debates identitarios, los tabarquinos libran hoy su propia guerra, esta vez contra el Ayuntamiento de Alicante. En este caso, la palabra «independencia» carece de cualquier carga nacionalista; es un grito de auxilio en clave de gestión. Los residentes denuncian un estado de «abandono sistemático» por parte de la capital, de la que dependen administrativamente como una pedanía.
Vista aérea de la isla de Tabarca en el mar Mediterráneo.
La isla, que en verano soporta una asfixiante presión turística con miles de visitantes diarios, carece de la autonomía necesaria para gestionar sus recursos básicos. Lo que definen como un deficiente sistema de recogida de basuras, la falta de inversiones en infraestructuras hídricas y el mantenimiento casi inexistente de un patrimonio declarado Conjunto Histórico-Artístico en 1964 han colmado la paciencia de los vecinos.
Amparándose en la Ley de Régimen Local de la Generalitat, un movimiento ciudadano apela ahora a las vías legales para convertirse en una Entidad Local Menor. El argumento es económico y de servicios básicos: Tabarca genera ingresos suficientes a través del turismo y las tasas como para autofinanciarse, pero ese dinero, denuncian desde la isla, «se pierde en las arcas de Alicante» mientras sus calles se degradan.
Una isla, dos realidades
La paradoja es absoluta. Hace tres años, un sector político intentó «apropiarse» de la isla desde fuera por su supuesto valor simbólico en la construcción de una nación cultural; hoy, quienes tienen la responsabilidad legal y administrativa de cuidarla son acusados de darle la espalda.
Tabarca no quiso ser una nota a pie de página en el proyecto político de los nacionalistas, pero tampoco acepta ser una pedanía olvidada en la actualidad. Su lucha demuestra que, más allá de los mapas trazados en despachos autonómicos, la verdadera soberanía que reclama la isla de los genoveses es la de poder decidir cuántas veces se limpia su entorno y cómo proteger el frágil paraíso que flota frente al cabo de Santa Pola.