Soldados de las Fuerzas Militares de Ucrania

Soldados de las Fuerzas Militares de UcraniaAFP

Defensa

Europa elige bando

La Unión Europea ha completado la arquitectura jurídica de su mayor préstamo a Ucrania. Con 90.000 millones en juego, la línea entre ayuda financiera y apoyo militar se vuelve cada vez más tenue

Hay una vieja distinción en el derecho internacional entre prestar dinero y financiar una guerra. La Unión Europea lleva meses esforzándose por mantener esa frontera en pie, con la retórica al menos, mientras la desvanece en la práctica. El 23 de abril de 2026, el Consejo de la UE anunció la adopción del marco jurídico que formaliza un préstamo de 90.000 millones de euros a Ucrania para los ejercicios 2026 y 2027. El instrumento no es nuevo —su arquitectura política fue acordada en el Consejo Europeo del 18 de diciembre de 2025— pero la aprobación legal de hoy es el último eslabón de una cadena que convierte una decisión política en dinero real y movilizable.

Conviene ser precisos. Lo que el Consejo ha sancionado no es un desembolso inmediato de noventa mil millones de euros. Es la pieza normativa que habilita a la Comisión Europea para comenzar a transferir fondos —previsiblemente en el segundo trimestre de 2026, según la propia institución— en el marco de un plan de desembolsos escalonados. El primer tramo operativo ya estaba prefigurado: el 31 de marzo de 2026, la Comisión propuso movilizar 45.000 millones correspondientes al ejercicio en curso. La mecánica es la propia de un instrumento de deuda soberana supranacional: la UE se financia en los mercados de capitales respaldándose en el margen presupuestario europeo y canaliza ese capital hacia Kiev en forma de préstamo concesional.

La Comisión presentó formalmente la propuesta legislativa el 13 de enero de 2026, tres semanas después del acuerdo político de diciembre. El proceso fue notablemente rápido para los estándares institucionales de Bruselas, señal de que existía voluntad política suficiente en el Consejo y el Parlamento Europeo para no dilatar una decisión que muchos capitales consideraban geopolíticamente urgente. En términos de velocidad legislativa, el instrumento rivaliza con los mecanismos de emergencia desplegados durante la pandemia de covid-19, un parangón que no pasa desapercibido en los círculos diplomáticos.

Lo verdaderamente significativo del instrumento no es su magnitud —aunque noventa mil millones de euros representen aproximadamente el doble del PIB de Eslovenia— sino la extensión deliberada de sus fines declarados. En la terminología habitual de la asistencia financiera macropresupuestaria, estos instrumentos sirven para sostener la balanza de pagos, financiar déficits presupuestarios o apoyar reformas estructurales. El préstamo a Ucrania hace todo eso, pero añade algo más: la documentación oficial de la UE especifica con claridad que los fondos pueden destinarse a la inversión en capacidad industrial de defensa y a la adquisición de equipamiento militar necesario.

El Tercio de Armada instruye a nuevos militares ucranianos en sus instalaciones de la provincia de Cádiz.

Militares ucranianos han llegado a la provincia de Cádiz para recibir instrucción a cargo de una nueva Unidad de Formación de Combate generada por la Brigada de Infantería de Marina Tercio de Armada, en el marco de la misión de asistencia militar de la Unión Europea en apoyo a Ucrania (Eumam-UA).

POLITICA 
ARMADA

El Tercio de Armada instruye a nuevos militares ucranianos en sus instalaciones de la provincia de Cádiz.Armada

Esta formulación es jurídica y políticamente relevante. Durante décadas, los tratados europeos y la cultura institucional de la UE delimitaron con celo la esfera de la defensa como dominio soberano de los Estados miembros. La Unión podía cooperar, coordinar, incluso financiar investigación dual, pero rara vez se implicaba directamente en la financiación de armamento. La guerra de Ucrania ha reconfigurado ese consenso con una velocidad que habría parecido impensable en 2021. Primero fue el Fondo Europeo de Apoyo a la Paz sufragando la entrega de material letal. Ahora es un préstamo presupuestario con ventanilla abierta para compras militares. La integración de la defensa europea, que académicos y europeístas llevaban décadas teorizando, se está produciendo, pero impulsada por la urgencia y no por el diseño.

El instrumento descansa sobre una lógica financiera que merece ser examinada sin eufemismos. La UE no tiene capacidad fiscal propia equiparable a un Estado; su presupuesto plurianual depende de las contribuciones de los Estados miembros y de unos recursos propios todavía modestos. Cuando se endeuda en los mercados para prestar a Ucrania, lo hace respaldándose en el margen disponible entre el techo de recursos propios y el gasto comprometido: ese colchón actúa como garantía implícita. Si Ucrania no devuelve el préstamo —un escenario que nadie en Bruselas enuncia en público, pero que cualquier analista de riesgo soberano incluye en sus modelos— la carga recaería sobre los contribuyentes europeos a través de mecanismos presupuestarios que todavía no están plenamente definidos.

Los defensores del instrumento arguyen, con cierta lógica, que el coste de no financiar a Ucrania sería incomparablemente mayor: una derrota militar ucraniana implicaría presiones migratorias, rearme acelerado de los Estados del flanco oriental y la señal estratégica más peligrosa posible para cualquier potencia revisionista. En ese marco, noventa mil millones de euros son, como suelen decir los funcionarios comunitarios en privado, un seguro barato. Pero los seguros baratos son baratos hasta que se activa la cláusula de siniestro, y las condiciones que rodean la recuperación económica de Ucrania —destrucción de infraestructuras, emigración de población activa, incertidumbre sobre el resultado final del conflicto— no invitan al optimismo a corto plazo.

Detrás de las cifras hay una geometría política que revela tanto las solidaridades como las tensiones dentro de la UE. El acuerdo de diciembre de 2025 y su posterior tramitación legislativa constituyen una victoria para los países del flanco oriental —Polonia, los Bálticos, Finlandia, Suecia— que llevan años exigiendo a sus socios occidentales un compromiso financiero y militar más robusto con Ucrania. Para estas capitales, el préstamo no es solo asistencia a un país vecino: es una inversión directa en su propia seguridad, en la disuasión frente a una Rusia que observa y calibra.

La posición de los grandes contribuyentes netos —Alemania, Francia, los Países Bajos— es más matizada. Berlín atraviesa su propia convulsión presupuestaria tras años de freno constitucional al endeudamiento; París gestiona una deuda pública que supera con creces el umbral del Tratado de Maastricht. Para estos gobiernos, el instrumento de préstamo tiene la virtud política de no aparecer directamente en sus presupuestos nacionales: la deuda la emite la UE, la garantía es colectiva, y la factura, si llega, se distribuye entre todos. Es una arquitectura que permite el apoyo sin el coste político inmediato de subirlo a los presupuestos domésticos. Los eurobonos soberanos encontraron su camino al mundo no a través del debate democrático, sino a través de la emergencia repetida.

Hungría, que durante meses bloqueó o ralentizó diversas iniciativas de apoyo a Ucrania invocando sus relaciones con Moscú y sus propios intereses nacionales, aparece en esta ocasión como actor secundario. La decisión de financiar el préstamo mediante deuda comunitaria, en lugar de contribuciones directas de los Estados, redujo el margen de veto de Budapest. No desapareció del todo —las instituciones europeas siguen requiriendo amplias mayorías en el Consejo para instrumentos de este calado— pero fue suficientemente limitado como para no impedir el avance.

Para el gobierno ucraniano, la noticia de hoy tiene un valor simbólico y operativo simultáneo. Simbólico porque confirma que la UE mantiene su apoyo financiero sostenido en el tercer año completo de la guerra a gran escala, disipando los temores de fatiga del donante que circulaban a finales de 2024. Operativo porque Ucrania necesita el dinero: su déficit presupuestario sigue siendo abultado, la reconstrucción de infraestructuras consume recursos que el Estado no genera en suficiente cantidad, y las necesidades de equipamiento militar son crónicas en un frente que se extiende por cientos de kilómetros.

La cuestión que Kiev vigila no es si llegará el dinero, sino cuándo y en qué condiciones. Los instrumentos de asistencia macro presupuestaria de la UE suelen ir asociados a condicionalidades de reforma —mejora del marco anticorrupción, fortalecimiento del Estado de derecho, ajustes fiscales— que en tiempos de guerra resultan políticamente complicadas de implementar. La UE ha sido pragmática al respecto: no ha exigido que Ucrania cumpla estrictamente los mismos criterios que aplicaría a un candidato en tiempo de paz, pero tampoco ha renunciado a la condicionalidad como palanca de largo plazo. En la mente de los funcionarios de la Dirección General de Vecindad y Ampliación, el préstamo y el proceso de adhesión están conectados: Kiev sabe que el dinero de hoy lleva atado el escrutinio de mañana.

Hay una pregunta más inoportuna que flota sobre toda esta construcción, y que pocos en Bruselas están dispuestos a responder con claridad: ¿cuál es el horizonte de fin de esta asistencia? El préstamo cubre 2026 y 2027. Pero la guerra, a día de hoy, no tiene fecha de conclusión visible. Si en diciembre de 2027 Ucrania sigue combatiendo —escenario que ningún analista serio descarta—, los socios europeos se enfrentarán de nuevo a la misma decisión, probablemente con un país más endeudado, más destruido y dependiente de la financiación exterior.

Un militar ucraniano es instruido en operaciones militares en terreno urbano en el marco de la misión de la UE de asistencia militar a Ucrania (EUMAM UA)

Un militar ucraniano es instruido en operaciones militares en terreno urbano en el marco de la misión de la UE de asistencia militar a UcraniaEstado Mayor de la Defensa

El préstamo de noventa mil millones no es el fin de nada; es la consolidación de una nueva normalidad. Europa se ha convertido en el principal sostén financiero de un Estado en guerra en su vecindad inmediata, y lo ha hecho asumiendo instrumentos —deuda colectiva, financiación de defensa, condicionalidades suspendidas— que habrían sido políticamente inimaginables hace cinco años. La integración avanza, como tantas veces en la historia europea, no por visión compartida sino por necesidad compartida. El precio de esa integración, y quién lo paga en última instancia, son preguntas que el calendario político todavía no ha puesto sobre la mesa con toda su crudeza.

Lo que el Consejo ha aprobado hoy no es un titular inflado ni un gesto vacío. Es la culminación de un proceso legislativo que convierte noventa mil millones de euros en capacidad de acción real: para pagar salarios de funcionarios ucranianos, para mantener hospitales, para comprar drones y munición. La UE ha cruzado, una vez más, una línea que juraba que no cruzaría. Lo ha hecho con la deliberación propia de una institución que desconfía de los grandes gestos. Y lo ha hecho, en el fondo, porque no ha encontrado ninguna alternativa mejor.

  • José A. Monago Terraza es portavoz adjunto del Grupo Popular en el Senado y miembro de las Comisiones de Seguridad Nacional y Defensa

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