Atlantic CityLuís Pousa

El mandilón de la abuela

Cuando alguien me habla de mujeres empoderadas, nunca pienso en las eurodiputadas de Podemos, sino en estas señoras con bata de cuadros

Act. 29 oct. 2025 - 06:55

Si tuviese que sobrevivir a un apocalipsis, no me arrimaría a Terminator ni a Rambo. Los ciborgs y los veteranos de las fuerzas especiales son muy resultones para decorar las explosiones de cartón piedra en las pelis de Hollywood. Pero si de verdad tienes que enfrentarte a un planeta arrasado por las ojivas nucleares o por una marabunta de zombis, no titubees. Lo que necesitas a tu lado es una abuela gallega. Las abuelas gallegas gastan más bíceps que un infante de marina y más recursos técnicos que un humanoide de última generación. Encima, siempre tienen una palabra amable en los labios y un plato caliente sobre la mesa.

Aunque ahora se han modernizado mucho y hay yayas urbanitas que visten las prendas más arriesgadas de Inditex y leen a Houellebecq en francés, en mi ingenua cabeza, esa nana idealizada es todavía un personaje de Faulkner trasplantado a una aldea gallega. Es esa mujer que, con las manos tatuadas de años, callos y cicatrices, sostiene ella sola su mundo y es capaz de hacer frente a cualquier desafío. Y no hablo de retos blandengues: a estas superabuelas lo mismo les puedes pedir que cocinen un cocido para 30 o que aniquilen un nido de velutinas. Saldrán airosas de cualquier trance. Bibiana Candia lo explicó hace años en un artículo delicioso (Una legión de señoras en bata).

Cuando alguien me habla de mujeres empoderadas, nunca pienso en las eurodiputadas de Podemos, sino en estas señoras con mandil de cuadros que saben hacer de todo y todo lo hacen bien. La matriarca gallega clásica solía ser viuda desde muy joven. Y si no era viuda de muerto, era viuda de vivo. El esposo ausente estaba en las mareas eternas del Gran Sol, o estaba emigrado en cualquier rincón de América para apilar unos ahorros. Sobre los hombros de esas heroínas cotidianas recaía todo el peso de la familia y de la casa.

Como soy de Peruleiro, siempre he sido más de Superlópez que de Superman. También prefiero las superabuelas a cualquier superhéroe de importación con mallas ajustadas. A la yaya gallega le pones su mandilón y ríete tú de los calzoncillos por fuera de Clark Kent. Se calza el uniforme de faena y no hay kryptonita que la detenga ni Lois Lane que la confunda. Y además de fulminar a los malignos sólo con la mirada, nuestra jefa es multitarea. En una sola jornada, ordeña las vacas, arregla las goteras del tejado, apaña las patatas, mata un par de conejos descoyuntándolos a mano, prepara la cena, hornea un bizcocho de propina y deja la casa más limpia que un quirófano.

Una de las propuestas de Miu Miu en la Semana de la Moda de París

Una de las propuestas de Miu Miu en la Semana de la Moda de ParísGTRES

Creo que sus superpoderes residen en ese delantal que ellas visten todo el año. Da igual si estamos en la temporada de primavera-verano o en la de otoño- invierno porque su look es inmutable. Lo de «no sé qué ponerme hoy» no va con ellas, que no tienen tiempo para frivolidades de influencers y que siempre llevan ropa de faena porque siempre están en plena faena.

Esa humilde bata —que se compra en el mercadillo el día de feria— ha llegado ahora a las pasarelas de alta costura. Lo cuenta Gema Conty en una reciente crónica en El Debate. La firma Miu Miu se la ha colgado a sus estilizadas modelos en la Semana de la Moda de París y los franceses se han quedado patidifusos con la procesión de delantales entre flashes. En sólo unos días, les han robado las joyas del Museo del Louvre, un expresidente ha entrado en prisión con El conde de Montecristo bajo el brazo y el rural gallego asalta sus pases de modelos. La Grandeur se desmorona.

Ya sé que los franceses son muy suyos y, como el engolado Macron, son más de terno gris que de mandil estampado. Pero, si los gurús del Elíseo me pidiesen consejo, les animaría a pensar muy en serio en esta humilde prenda. A fin de cuentas, cuando ellos eran los amos del cotarro con su prêt-à-porter, a un señor de aquí llamado Amancio le dio por ponerse a fabricar batas y, con las mismas, cambió la historia de la moda. No conviene tomarse las batas —ni mucho menos a las abuelas— en vano.

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