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El último café de Europa

El sabio Georg Steiner nos contó que, «de La Coruña a San Petersburgo», la historia del continente es la de sus caminos y la de esos locales donde todavía se juega al ajedrez

Tenía 15 años y la radio de la cocina estaba encendida. España acababa de ingresar en la Comunidad Económica Europea (CEE). El artilugio se llamaba igual que el antiguo puerto ballenero donde vivía mi abuelo Aquilino. Para chinchar a los de Corcubión, los de Cee presumían entonces de que el suyo era el municipio más europeo de la galaxia. Luego le cambiaron el nombre a la cosa —primero CE y luego UE— y en Caneliñas tuvieron que buscar otros argumentos para fastidiar a los del otro lado de la ría.

Pero estábamos en 1986 en una cocina de Peruleiro. La radio festejaba la entrada de España en la CEE. Se repetía mucho una frase que yo no entendía: «Ya somos europeos». ¿Qué habíamos sido hasta entonces? ¿Asiáticos? En el transistor se sucedían las entrevistas a personas célebres. A todos les preguntaban lo mismo y solo uno, cuyo nombre no recuerdo, atinó con la respuesta:

—¿Cuándo fue la primera vez que viajó usted a Europa?

—Pues la primera vez que viajé a Europa fue cuando nací. Porque, como todos los españoles, soy europeo de nacimiento.

A quienes todavía hoy confunden el continente con su aparato burocrático me gusta recordarles la idea del sabio George Steiner: la historia de Europa es la historia de sus cafés y además es una historia que se ha hecho caminando (aunque no necesariamente de café en café).

Cuando a Steiner le da por detallar estas dos cuestiones, lo primero que hace es sacar Santiago de su chistera literaria. Si hay un paradigma del europeo caminante es, por supuesto, el peregrino a Compostela, que cruza el continente andando con su Códice Calixtino en el bolsillo. El territorio europeo, al contrario que las inmensas y a menudo inhabitables extensiones de América o Asia, ha sido moldeado y humanizado durante siglos. Europa es un camino al que han añadido unos países al lado para adornar, igual que Coruña es Monte Alto con unos barrios que le han salido alrededor.

Vista de Coruña desde el Café Dársena

Vista de Coruña desde el Café Dársena

La otra clave del alma europea son los cafés. No son los bares de América, ni los pubs de Irlanda y el Reino Unido. Allí no hay tableros de ajedrez, ni barajas, ni periódicos para que lean los clientes. Aclara Steiner que en Moscú —para él, un suburbio de Asia— tampoco abundan estos locales, pero sí en la Odessa de Isaac Babel. Y en San Petersburgo, donde pone fin al continente cuando lo tiene que describir en una sola línea: «De La Coruña a San Petersburgo», resume Europa.

En una divertida escena de Mary Poppins, unos señores de traje y bombín proclamaban muy serios que Inglaterra existirá mientras exista el Banco de Inglaterra. Para Steiner, que no sé si era muy fan de Mary Poppins, Europa existirá mientras existan sus cafés. ¿Pero todavía hay cafés? En Coruña resisten los últimos de Filipinas.

Con la desaparición de La Barra, donde se practicaba el noble arte del parchís, nos queda el Dársena, todavía con sus tableros y sus periódicos. Me gusta sentarme en la terraza para contemplar esa película inacabable titulada Coruña. O, si toca interior, en la ventana. Justo debajo de la foto de Vari Caramés en la que retrató esa perspectiva de la ciudad enmarcada. En el Dársena uno es feliz a cualquier hora: lo mismo da un café mañanero que un largo aperitivo o una tarde estirada bajo el sol del Parrote. Pero si uno descubre cómo explota allá a lo lejos el crepúsculo, con Coruña tendida a sus pies, mientras los últimos clientes del tardeo apuran las bebidas, ya quiere quedarse a vivir para siempre en ese fulgor terminal del día en Occidente.

Recuerdo las palabras de Alexander von Humboldt en su diario al zarpar desde Coruña hacia América. Al pasar junto a las Sisargas, vio el farol de una humilde cabaña de pescadores frente a Malpica. «La última luz de Europa», anotó. Quien parta al anochecer desde nuestros muelles, al ver las lámparas todavía encendidas del Dársena, contemplará el último café de Europa.

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