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Análisis económicoJosé Ramón Riera

El agujero patrimonial del Estado supera los 836.000 millones de euros

Los últimos datos de la Comisión Europea muestran que los pasivos financieros del Estado superan ampliamente a sus activos, con un deterioro continuo del balance público que refleja una pérdida de solvencia estructural año tras año

En el debate público español solemos movernos entre grandes cifras y conceptos que ya forman parte del paisaje económico: el PIB nominal o real, el paro oficial o efectivo, el déficit, la inflación… Todos ellos son indicadores que prácticamente todos los lectores de esta sección reconocen, aunque a veces cueste interpretarlos con precisión.

Sin embargo, existe una fotografía menos conocida, más silenciosa y, paradójicamente, mucho más reveladora sobre la salud real de un país: la riqueza financiera neta del Estado.

La Comisión Europea acaba de publicar los datos consolidados de 2024 y la imagen es realmente preocupante: –836.400 millones de euros. Una cifra negativa, muy negativa, que además sigue creciendo año tras año. En 2023 era de –797.193 millones. En 2022, de –746.150 millones. La tendencia no admite discusión. Cada año este país es más pobre y, por tanto, los ciudadanos también lo somos.

Lo más inquietante es que casi nadie habla de ello. No se sabe porque no se explica, y no se explica porque cuanto menos sepamos, mejor para algunos. Me temo que si se lo preguntáramos a María Jesús Montero, su cabeza empezaría a dar vueltas como la niña del exorcista. Y probablemente a la mayoría de los ministros también. Salvo quizá a Carlos Cuerpo, aunque con dudas.

La riqueza financiera neta es el patrimonio financiero real de un país, la diferencia entre lo que el Estado posee en activos financieros y lo que debe en pasivos financieros. Dicho de forma sencilla:

  • Riqueza financiera neta = activos financieros – pasivos financieros

Si el resultado es positivo, el Estado tiene más patrimonio financiero que deuda. Si es negativo, como ocurre en España, significa que la deuda supera ampliamente a los activos. Veamos primero qué tiene España.

Activos financieros del Estado

Préstamos concedidos (396.387 millones). Incluyen créditos otorgados a empresas, organismos públicos, instituciones internacionales y otras administraciones. En teoría son activos que deberían generar retornos, aunque en la práctica muchos tienen condiciones blandas, plazos largos o dudosa recuperación.

Participaciones y acciones (141.486 millones). Es el valor de las participaciones del Estado en empresas públicas y privadas, fondos y otros instrumentos de capital. Pueden generar dividendos, pero también pérdidas, y dependen en gran medida de la gestión política.

Depósitos y efectivo (60.080 millones). La «caja» real del Estado. Una cifra muy ajustada para un país cuyo gasto público supera los 725.000 millones anuales.

Otros activos financieros (109.969 millones). Un cajón de sastre que incluye derechos de cobro, derivados y créditos comerciales. Activos existentes, sí, pero con capacidad limitada para aliviar la deuda.

En total, 718.437 millones de euros en activos financieros. Un patrimonio importante, pero claramente insuficiente. Veamos ahora lo que debe España.

Pasivos financieros del Estado

Deuda emitida en bonos y obligaciones (1.382.400 millones).

Préstamos recibidos (69.665 millones).

Otras obligaciones financieras (97.409 millones).

Depósitos de terceros y avales (5.363 millones).

Total de pasivos financieros (1.554.837 millones).

Así tenemos que todas las deudas suman 1.554.837 millones. A partir de aquí, la operación es sencilla: restamos lo que tenemos de lo que debemos y el resultado es ese patrimonio financiero neto de –836.400 millones, que no deja de empeorar. Ese es el agujero patrimonial financiero del Estado español.

Y no es un dato puntual ni un problema estadístico que pueda maquillarse con encuestas o ajustes técnicos. Es un problema estructural que se agrava año tras año.

Es cierto que los activos financieros crecen, pero lo hacen a un ritmo muy inferior al de los pasivos. Además, buena parte de esos activos no genera retornos suficientes como para compensar el aumento constante de la deuda.

España está perdiendo solvencia financiera. No porque hoy no pueda pagar su deuda, sino porque cada vez depende más de seguir endeudándose mañana. Y en un contexto de tipos de interés elevados y crecimiento incierto, eso es especialmente peligroso.

La fotografía de 2024 es un auténtico aviso. Un aviso de que el agujero patrimonial crece en silencio mientras miramos hacia otro lado. Un aviso de que la solvencia no se pierde de golpe, sino poco a poco. Un aviso de que la responsabilidad fiscal no es una cuestión ideológica, sino una condición básica de estabilidad.

España necesita realismo. Y necesita, sobre todo, una conversación honesta sobre cómo revertir una tendencia que, si no se corrige, condicionará nuestro futuro económico durante décadas.

La riqueza financiera neta es, en definitiva, un recordatorio incómodo: España debe mucho más de lo que tiene. Y cada año un poco más.

Lo veremos en otro artículo, pero este gobierno ha empobrecido al país en casi 200.000 millones desde que Sánchez duerme en La Moncloa. Hay que parar esta sangría cuanto antes.

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